MISA DE NTRA. STA. DE LUJÁN EN LA ARQUIDIÓCESIS DE BUENOS AIRES

43 º Peregrinación juvenil a pie a Luján

30 de septiembre y

1 de octubre  de 2017

 

“MADRE, ENSEÑANOS A CONSTRUIR LA PAZ”.

 

Jn 19, 25-27

 Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.

¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra. El Beato Papa Pablo VI, cuando declaró a María madre de la Iglesia, en medio del Concilio Vaticano II, nos recordaba que María no es sólo la mujer del pasado sino también la mujer que actúa en el presente con su amor maternal en la vida de cada uno de nosotros.

María, mujer de paz, nos lleva por los caminos de la paz. Esa paz que, al decir de San Juan Pablo II, es don y tarea. Un regalo de Dios que tenemos que cuidar y cultivar, construir entre todos.

Construimos la paz cuando superamos la corrupción y la injusticia, cuando valorizamos el diálogo sereno y fraterno en búsqueda de la verdad y cuando nos encontramos con el verdadero sentido de nuestras vidas. El beato Pablo VI decía en uno de los lemas de las jornadas mundiales de la paz: Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Sólo ella es garantía de la verdadera paz en el mundo.

Somos un pueblo peregrino que alaba a Dios por su acción en nuestra vida y que camina hacia la plenitud de la felicidad en el encuentro definitivo con el Padre y la comunión plena y universal con toda la creación. La gloria de Dios manifestada en el camino de la vida, llegará a su plenitud en la resurrección final, de la cual María es anticipo y vínculo con Aquel que es el Camino a la Vida, Jesucristo, Señor de la historia.

¡Un bendecido domingo!

Virgen de Luján

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XXVI DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 21,28-32 

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

    «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue.

    ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

    «El primero», le respondieron.

    Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

 

Para los ancianos y los sumos sacerdotes escuchar que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ellos al Reino de Dios, era durísimo; se trataba de los más impuros, despreciados y pecadores del pueblo. A nosotros también nos puede desconcertar. Pero, observemos bien el texto. Jesús no los alaba por su pecado sino por su apertura a la conversión.

Con mucha facilidad, todos nosotros, laicos, consagrados, sacerdotes, podemos caer en la práctica de un cristianismo formal, en donde cumplimos con lo legal, lo establecido, lo ritual. Pero quizá no nos preguntamos en los diferentes momentos de nuestra vida qué es lo que el Señor quiere de nosotros.

Esta parábola hace referencia a dos dimensiones fundamentales de nuestra vida: la conversión y la fidelidad a la voluntad del Padre. El cristiano, seguidor de Jesús, es aquel que escuchando la voluntad del Padre, la realiza en lo concreto de cada día.

En este proceso, el primer paso es el encuentro con Jesús. Necesitamos momentos fuertes de encuentro con Él. Contemplar sus dones y a la luz de su bondad infinita, somos invitados a preguntarnos hasta qué punto estamos siendo fieles a esos dones. Preguntarle al Señor qué espera de nosotros en este momento de nuestra vida. Discernir no es sólo optar por lo bueno sino preguntarnos cuál es el bien que el Señor quiere que realicemos en este momento concreto, cuál es su llamada. El discernimiento nos lleva siempre a la conversión. Seguir el camino que el Padre quiere para nosotros implica dejar algo y asumir algo nuevo.

El discernimiento y la conversión necesitan una actitud sincera ante Dios y una confianza en su actuar en nuestra vida. Como dice San Agustín, Dios siempre nos concede aquello que nos pide. Es importante, también, dejarnos acompañar en los momentos de discernimiento por aquellas persona que, desde su experiencia de fe, pueden ayudarnos a encontrarnos con la voluntad del Padre.

 

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos momentos de encuentro con el Señor para discernir su voluntad? ¿Nos abrimos a la alegría de la conversión?

¡Un bendecido domingo!

Mateo 21,28-32

COMENTARIO AL EVANGELIO

43 º Peregrinación juvenil a pie a Luján

30 de septiembre y

1 de octubre  de 2017

“MADRE, ENSEÑANOS A CONSTRUIR LA PAZ”.

Virgen de Luján

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan (19, 25-27) 

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Los invitaría a contemplar un instante la escena: Jesús está pasando por el momento más doloroso de su vida. Es despreciado, insultado, escupido, calumniado. El sufrimiento físico y moral es muy intenso. En ese momento, clavado en la cruz, mira a su madre. Cuánto dolor habrá experimentado la madre al ver así a su hijo. Cuánto dolor habrá experimentado el hijo al ver el sufrimiento de su madre ¡Cómo duele el dolor del otro cuando el amor al otro es grande!

Jesús usa el término “mujer”. No se lo habíamos oído desde que lo usó, al inicio del Evangelio según San Juan, en las bodas de Caná. Ahí no había llegado la hora. En este momento, cuando la hora llegó, la hora de la entrega total, la hora de la redención, la hora de la plenitud del amor sacerdotal, la hora en la que el mal, el pecado y la muerte son vencidos, vuelve a utilizar el término mujer. María es la “mujer” bíblica que da a luz al Mesías y que se convierte en Madre que da vida a la Iglesia, presencia sacramental de Cristo. En esa hora, culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, Jesús entrega su madre  al discípulo amado y este  la recibe. Nosotros somos los discípulos amados del Señor que recibimos su madre como nuestra propia madre. Este episodio no describe sólo un acto de piedad filial de Jesús hacia su madre, sino una verdadera revelación de su maternidad espiritual. María se convierte en la madre no sólo del discípulo amado, sino también de todos aquellos a quienes él representa, el conjunto de los creyentes. María es madre de la vida de Jesucristo, suscitándola en todo discípulo a quien Jesús ama.

Es en esa hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos; hay una mujer que es madre, esposa y amiga que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza. ¡Qué grande es el amor de Jesús! No le bastó darnos la vida, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra. El Beato Papa Pablo VI, cuando declaró a María madre de la Iglesia, en medio del Concilio Vaticano II, nos recordaba que María no era sólo la mujer del pasado sino también la mujer que actúa en el presente con su amor maternal en la vida de cada uno de nosotros.

María, mujer de paz, nos lleva por los caminos de la paz. Esa paz que, al decir de San Juan Pablo II, es don y tarea. Un regalo de Dios que tenemos que cuidar y cultivar, construir entre todos.

Construimos la paz cuando superamos la corrupción y la injusticia y cuando nos encontramos con el verdadero sentido de nuestras vidas.

Cuando en una sociedad los que tienen que velar especialmente por el bien común no lo hacen siempre se generan situaciones de violencia. La corrupción de la injusticia genera violencia. Esa justicia, “largamente esperada”, serena los ánimos, da seguridad a la sociedad y encauza el apetito de venganza en sanciones que buscan siempre el bien de todos, que protegen a la sociedad y encauza la corrección del que delinquió. Cuando los que tienen que administrar justicia no lo  hacen en tiempo y en forma, generan situaciones de irritación y, en muchos casos, de búsqueda de una “justicia” por manos propias que termina generando nuevos males. La corrupción de la clase dirigente, en muchos casos, se hace cómplice con su no actuar honesto, del narcotráfico, trata y desaparición de personas, permisividad ante lo ilícito y tantos otros males que siempre son generadores de violencia. La corrupción mata porque se descuida el cuidado del bien en común en función de intereses individuales de poder económico  y político.

El beato Pablo VI decía en uno de los lemas de las jornadas mundiales de la paz: Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Sólo ella es garantía de la verdadera paz en el mundo. La acumulación de bienes, el crecimiento económico en base a la explotación de personas, la deshonestidad en los precios, los salarios injustos, la brecha creciente entre ricos y pobres, la omisión de la responsabilidad del estado, la acciones escrupulosas de los que detentan el poder económico, son siempre generadores de violencia social. Es violencia no reconocer en el otro un ser humano, sujeto de derechos inviolables, es generadora de violencia la indiferencia que se niega a ser sensible ante el dolor de los otros.

Cuando reducimos la búsqueda de la felicidad al consumo, al uso esquizofrénico de la genitalidad, a la evasión de la realidad, nace en cada ser humano y en la sociedad, situaciones de violencia. Al buscar la plenitud en aquello que no lo puede dar surgen sentimientos de frustración que en muchos casos son generadores de violencia y auto violencia. Somos imagen de un Dios que es la plenitud del amor. Sólo viviendo la vida en clave de amor, nuestra vida encuentra su sentido más profundo.

Hoy, nuestra Madre nos señala el camino de una vida plena, capaz de proclamar la alegría de un Dios misericordioso que mira nuestra pobreza y hace en nosotros y, a través nuestro, grandes cosas. María es mujer de paz, generadora de paz, porque encontró en la fidelidad a Dios el sentido más profundo de su existencia. María encontró la paz en su entrega incondicional a la voluntad del Padre, amando, en su Hijo, a la humanidad entera.

Somos un pueblo peregrino que alaba a Dios por su acción en nuestra vida y que camina hacia la plenitud de la felicidad en el encuentro definitivo con el Padre y la comunión plena y universal con toda la creación. La gloria de Dios manifestada en el camino de la vida, llegará a su plenitud en la resurrección final, de la cual María es anticipo y vínculo con Aquel que es el Camino a la Vida, Jesucristo, Señor de la historia.

 

Un bendecido próximo domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO                                           Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)

R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡gloria al Señor!


«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.

Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. R.

Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.» R.

Basilica de Luján

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXVI  domingo durante el año

CICLO A

1 de octubre  de 2017

 

Cristo de San Juan de la Cruz-Dalí, 1951

Cristo de San Juan de la Cruz. Salvador Dalí.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        21, 28-32 

    Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

    «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue.

    ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

    «El primero», le respondieron.

    Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Jesús utiliza, con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, un método conocido en la época entre los estudiosos de la ley: presentar una o más situaciones y ver cómo habría que resolverlas. En ese diálogo con ellos, Jesús pronuncia una de sus frases más fuertes. Para los ancianos y los sumos sacerdotes escuchar que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ellos al Reino de Dios, era durísimo; se trataba de los más impuros, despreciados y pecadores del pueblo. A nosotros también nos puede desconcertar. Pero, observemos bien el texto. Jesús no los alaba por su pecado sino por su apertura a la conversión.

Con mucha facilidad, todos nosotros, laicos, consagrados, sacerdotes, podemos caer en la práctica de un cristianismo formal. En algún momento le hemos dicho que sí al Señor en nuestras vidas o fuimos viviendo el ser cristiano como una cuestión heredada de nuestra familia, como parte de nuestra cultura, de nuestras costumbres. Un cristianismo en donde cumplimos con lo legal, lo establecido, lo ritual. Pero quizá no nos preguntamos en los diferentes momentos de nuestra vida qué es lo que el Señor quiere de nosotros.

Esta parábola hace referencia a dos dimensiones fundamentales de nuestra vida como cristianos: la conversión y la fidelidad a la voluntad del Padre. No basta ser buenos o cumplir con los mandamientos y preceptos. El cristiano, seguidor de Jesús, es aquel que escuchando la voluntad del Padre, la realiza en lo concreto de cada día. El cristiano es aquel que se abre a la conversión que Dios nos ofrece. Son las dos actitudes señaladas por Jesús en esta parábola: una actitud de conversión y una vida fundada en la voluntad de Dios.

En los evangelios encontramos muchos ejemplos de conversión: Zaqueo, el publicano, la mujer pecadora, el llamado buen ladrón.

En todos los casos, el primer paso es el encuentro con Jesús. No es posible vivir nuestra fe cristiana si no partimos de ese encuentro personal con aquel que hace presente en nuestras vidas el amor y la obra salvadora del Padre. Necesitamos momentos fuertes de encuentro con Jesús, con su persona, con la Palabra. Momentos de escucha y contemplación. La fe nace de la predicación, del encuentro con la Palabra.

Encontrarlo, también, al Señor en lo cotidiano de la vida, en todo aquello que Él nos regala día a día; reconocer su amor, manifestado en tantos dones que de Él hemos recibido. Contemplar su obra en nuestra historia. Contemplar todo lo que el Señor nos regala para que podamos hacer el bien a los demás. Verlo presente en los momentos de tentación, fortaleciendo nuestra fe En las alegrías y tristezas cotidiana, Él está a nuestro lado y en cada acontecimiento nos está hablando.

A la luz de esa bondad infinita, somos invitados a preguntarnos hasta qué punto estamos siendo fieles a sus dones. Preguntarle al Señor qué espera de nosotros en este momento de nuestra vida. Discernir no es sólo optar por lo bueno sino preguntarnos cuál es el bien que el Señor quiere que realicemos en este momento concreto, cuál es su llamada. El discernimiento nos lleva siempre a la conversión. Seguir el camino que el Padre quiere para nosotros implica dejar algo y asumir algo, abrirnos al actuar de Dios que transforma nuestras actitudes, nos da una nueva mirada de la realidad, una mirada de Fe. El actuar de Dios sana nuestras vidas y del mal saca el bien. Convertirse es dejar que el Señor nos regale un corazón y un mirar más parecido al de Él.

El discernimiento y la conversión necesitan una actitud sincera ante Dios y una confianza en su actuar en nuestra vida. Como dice San Agustín, Dios siempre nos concede aquello que nos pide. Es importante, también, dejarnos acompañar en los momentos de discernimiento por aquellas persona que, desde su experiencia de fe, pueden ayudarnos a encontrarnos con la voluntad del Padre.

Quizá muchas veces hemos puesto resistencias al querer de Dios. Lo importante es que en algún momento de nuestro proceso de fe nos reencontremos con su voluntad y nos dispongamos a vivirla con alegría, sabiendo que Dios nos ama más de lo que nosotros nos amamos y que sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestra vida en el momento presente.

 

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos momentos de encuentro con el Señor para discernir su voluntad? ¿Nos abrimos a la alegría de la conversión?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                            Sal 24, 4-9 (R.: 6a)
R. Acuérdate, Señor, de tu compasión.

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi salvador,
y yo espero en ti todo el día. R.

Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:
por tu bondad, Señor, acuérdate de mí según tu fidelidad. R.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
Él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres. R.

 

 

XXV DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 19,30 – 20,16

 

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.

    Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

    Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

    Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

    Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

    El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

    Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

 

Dios tiene una lógica, muchas veces, diferente a la nuestra. Los pensamientos de ustedes no son los míos, dice el Señor, en la primera lectura de la misa de este domingo (Is 55, 6-9). El actuar de Dios no se reduce a la práctica de la justicia distributiva. No niega la justicia, la supera.  Él obra movido por un amor gratuito y misericordioso. No nos da conforme a nuestros méritos sino a su gran bondad. La “recompensa”, como acción salvífica de Dios, es un acto libre de su amor. Nadie compra el amor de Dios. Por eso llamamos “gracia” (gratis) a su actuar en nuestras vidas.

 

Nuestra lógica está marcada, muchas veces, por una mentalidad mercantilista.  Desde esta perspectiva, no toleramos que Dios sea bueno con todos ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?, dice el Señor. Algunas veces nos cuesta aceptar que Él se muestre bondadoso con aquel que no lo merece. El Señor nos invita a  alegrarnos siempre del bien que nuestros hermanos reciben aunque no lo merezcan. Es propio  del amor alegrarse por el bien del otro.  Jesús nos invita a superar una mera relación mercantilista y a abrirnos a vínculos fundados en el amor gratuito y misericordioso. Estamos llamados a amar sin dejarnos condicionar por el mérito o la respuesta de los otros. Condicionar nuestro amor a la acción de los demás es perder la libertad. Es libre el que ama sin esperar recompensa por aquello que entregó. La Palabra de Dios nos comunica, cada día, el sentir y el mirar de Dios. Y esto… ¡nos hace mucho bien!

 

Nos preguntamos: ¿Fundo mi fe en el amor gratuito de Dios o vivo con Él una relación mercantilista? ¿Dejo que mi justicia esté animada por un amor universal y gratuito? ¿Me alegro del bien de los demás?

 

¡Un bendecido domingo!

Mateo 20, 1-16