COMENTARIO AL EVANGELIO

Transfiguración del Señor

CICLO A

30 de julio de 2017

La Transfiguración-G. Bellini

La Transfiguración de G. Bellini

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo          17, 1-9 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Esta escena, conocida como la Transfiguración, tiene una gran importancia para los evangelistas, ya que aparece en los tres sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La tiene también para nosotros, porque nos señala el rumbo de nuestra vida cristiana.

Jesús toma la iniciativa y los lleva a un monte elevado, lugar del encuentro con Dios. El único que se transfigura, llenándose de luz, es Él: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz… una nube luminosa los cubrió. En el Antiguo Testamento, la gloria de Dios la vemos manifestarse, generalmente, de forma luminosa. También, en el Antiguo Testamento, la nube está presente, como aquí, en las diversas teofanías (manifestaciones de Dios).

Aparecen Moisés y Elías, figuras que representan la Ley y los Profetas; los dos caminos por los cuales Dios se fue comunicando con su pueblo. Los dos habían subido a la montaña del Horeb-Sinaí para hablar con el Señor.

La expresión de Pedro, ¡qué bien estamos aquí!, manifiesta el gozo de la experiencia vivida. Una alegría tan grande que hace con que Pedro quiera quedarse ahí: levantaré aquí mismo tres carpas.

¡Qué experiencia fuerte para Santiago, Juan y Pedro!

Todos hemos tenido en nuestras vidas momentos de luz, de serenidad, de paz. Momentos en los cuales quisimos quedarnos para siempre, armar la carpa para permanecer. Momentos en los que sentimos gozo profundo, alegría verdadera. Esta visión que tienen los tres discípulos revela una experiencia divina, difícil de traducir en palabras. Todo habla de un anticipo de la resurrección y de la manifestación gloriosa del Señor. La Transfiguración del Señor sucede días después del anuncio de la pasión a sus discípulos. Los tres apóstoles, que lo acompañan en esta experiencia, lo acompañarán, también, la última noche, en la angustiosa oración del Monte de los Olivos. Es importante la coincidencia entre estas escenas; la Transfiguración nos recuerda que la muerte no es la última palabra sino que es camino a la Gloria. Es interesante observar que Pedro lo llama a Jesús con el nombre de “Señor”, el mismo que usan los primeros cristianos para hablar de Cristo resucitado.

Pedro los equipara a los tres, a Jesús, Moisés y Elías; quiere hacer tres carpas. El Padre, en cambio, concentra la atención en Jesús. Se escucha su voz que dice: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.” En ese momento desaparecen Moisés y Elías. Ahora el Padre nos habla a través de Cristo. La Ley y la Profecía llegan a su plenitud en Él. En Cristo está todo lo que el Padre tiene para decirnos. La alianza del Sinaí llega a su plenitud en Cristo, nueva y eterna alianza.

La fiesta de la Transfiguración nos invita a contemplar cotidianamente la Palabra de Dios; Jesucristo es la Palabra hecha carne, es la visibilidad del amor absoluto del Padre por cada uno de nosotros.

Cuando le abrimos el corazón a la Palabra y contemplamos a Cristo en sus gestos y mensajes, en su presencia real en medio de nosotros, nuestra vida se ilumina y hacemos la experiencia anticipada de la resurrección.

Así como la vida tiene momentos de luz y gozo, también lo tiene de tiniebla y dolor. La Palabra ilumina las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, dando sentido a lo que cotidianamente vivimos. Es la Palabra que nos toca con ternura y nos dice: ánimo, levántate, camina. La experiencia auténtica de la contemplación nos pone en movimiento y nos permite caminar en medio del dolor y de las dificultades, animados por la esperanza. El Señor es fiel a su promesa. Un día, todos participaremos de su resurrección gloriosa, un día todo será plenitud de alegría y paz.

Necesitamos momentos para estar a solas con el Señor, para escuchar la voz del Padre que se manifiesta en Él. Esto, como en Jesús, nos permite encontrar a Dios en cada hermano. La contemplación de la Palabra nos lleva al encuentro de nuestros hermanos con un renovado espíritu de amor y de entrega; nos permite ver a Dios en todo y en todos; especialmente, en los que más sufren. La experiencia de Dios nos permite poder tocarlos con la ternura de Jesús y decirles también a ellos: “Levántense, no tengan miedo.”

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos tiempo para subir al monte y encontrarnos con Jesús? ¿Contemplamos la gloria de Dios, viendo en ella lo que un día será la plenitud de nuestra vida? ¿El encuentro con Dios nos lleva a salir al encuentro de los que sufren?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                       Sal 96, 1-2. 5-6. 9 (R.: Cf. 1a y 9a)

R. El Señor reina, altísimo por encima de toda la tierra.

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,
regocíjense las islas incontables.
Nubes y Tinieblas lo rodean,
la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.

Las montañas se derriten como cera
delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú, Señor, eres el Altísimo:
estás por encima de toda la tierra,
mucho más alto que todos los dioses. R.

XVII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 13, 44-52 

    Jesús dijo a la multitud:

    «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

    El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

    Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

    «¿Comprendieron todo esto?»

    «Sí», le respondieron.

    Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo». 

En la primera de estas tres parábolas se nos habla de un tesoro escondido; en la segunda, de una perla de gran valor. Sólo podemos participar del Reino de Dios cuando nos damos cuenta del valor fundamental que él tiene para nuestras vidas. Es tan valioso que vale la pena vender todo, dejar todo, para poder poseerlo. Ninguno de nosotros va a entregar su vida por algo que no le reporta la felicidad que todos buscamos; ninguno quiere el mal para sí, todos buscamos el bien. El problema se plantea cuando equivocamos lo que es bueno y lo que es malo. O, también, cuando optamos por “pequeños” bienes que nos alejan de los grandes bienes. Pertenecer al Reino de Dios es nuestro gran bien.  En ambas parábolas aparece el tema de la alegría. La participación viva en el Reino nos permite realizarnos plenamente como personas. Podemos decir que fuimos creados para vivir la misma vida de Dios porque somos su imagen y semejanza. Dejar que esta vida se haga vida en nosotros es un camino de profunda realización personal.

Nos preguntamos: ¿Son Jesús, su Reino y su Palabra, los valores absolutos de nuestra vida? ¿Qué tengo que “vender”, dejar en mi vida, para participar con más plenitud de la alegría del Reino?

¡Un bendecido domingo!

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SAN VICENTE PALLOTTI Y LA UNIÓN DEL APOSTOLADO CATÓLICO

San Vicente Pallotti funda, en 1835, la Unión del Apostolado Católico. En ella reúne laicos y clérigos con el fin de despertar en todo  el pueblo de Dios la vocación apostólica. Partiendo del mandamiento del amor, afirma que nadie ama realmente sino busca para el otro el mismo bien que para sí. El bien mayor es el de la fe. Amar implica transmitir ese don de la fe. La misión evangelizadora, el anuncio del amor de Dios es tarea de todo aquel que quiera vivir este mandamiento. El bautismo nos unió a Cristo y, por eso, a su  misión evangelizadora.

Hace veinticinco años, nuestros hermanos palotinos de Santa María, Brasil, fundaron el ISEP (Instituto Sudamericano de Estudios Palotinos). Varios argentinos han participado de sus cursos.

En esta oportunidad le pedimos al Profesor Pablo Fernández Conde, docente del Instituto San Vicente Pallotti de Turdera, que nos comparta algo de lo vivido y aprendido en el curso que se desarrolló en este mes de Julio. En el mismo participaron doce laicos de Argentina.

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Experiencia del ISEP 2017

Una vez más nos encontramos algunos, que nos sentimos convocados por San Vicente Pallotti, para vivenciar juntos unos días de estudio, reflexión, espiritualidad y vivencia del carisma palotino.

Este año se celebraban 25 años del comienzo del Instituto Sudamericano de Estudios Palotinos por el que han pasado para vivir este modo de ser Iglesia 1041 participantes. El tema de esta tercera etapa era “Pallotti y la misión” y “espiritualidad palotina”.

Empezamos los días de estudio reflexionando sobre la “espiritualidad” con el acompañamiento del Padre Salvador Leandro Barbosa, luego la vicepresidente del consejo nacional de la UAC, en Brasil, la señora Deyze Barros, nos habló sobre la misión de la UAC y por último el padre Ángelo Lóndero nos compartió su “Mosaico palotino”, un texto sobre la misión y el apostolado en Pallotti. La hermana Inés Burín, nos acompañó en un día de silencio y la hermana Marinés Pivatto con unos días de integración Acá van algunas líneas espirituales de nuestra reflexión:

La espiritualidad es una dimensión del ser humano, una apertura a lo sagrado que no es patrimonio cristiano. El Espíritu, para nosotros, designa el centro de la existencia cristiana. Y la vida espiritual es una experiencia vivida. Necesitamos una correcta comprensión y articulación de la vida espiritual. Tenemos en nosotros el deseo de Dios. Por nuestra constitución intuimos (nosotros que nos reconocemos limitados) que hay algo mejor  lo que debemos ir, y no porque seamos algo malo, sino porque podemos siempre ser mejor. Hay un deseo de buscar lo bello, lo bueno y Dios lo es.

El ser humano es un ser de relaciones (consigo, con otro, con Dios). La persona debe salir de sí para poder ser feliz, si se queda encerrada en sí misma no puede. La vida Cristiana, entones, no es aislada. El ser humano debe trascenderse. La comunión será la llave para comprender la espiritualidad, ya que el sentido mismo de la existencia se revela en el encuentro con otra persona.

El ser humano no consigue vivir sin amor, permanece para sí, incomprensible. El amor abre para la donación de sí, tenemos muchos ejemplos claros en la Biblia, por ejemplo la del profeta Oseas, o Tobías. Quienes se pueden abandonar a sí mismos en el encuentro con el otro. El papa Benedicto XVI nos lo recuerda en “Deus cáritas est”

El seguimiento de Jesús es el centro de nuestra espiritualidad. Hablar de espiritualidad, en la perspectiva cristiana, no será otra cosa que hablar de la experiencia del Espíritu de Jesús de Nazaret, Apóstol del eterno Padre.

Pallotti, entiende que si Jesús es enviado, entonces él, poca cosa, también lo es. Como se siente llamado entonces convocará a todos para la misma misión. Lo siente a Cristo como nuestro hermano común, mayor, enviado para salvar al mundo. Nosotros, que queremos seguirlo, debemos continuar esa misión.

Es entonces que, la obra que crea, la UAC, no trata de realizar un nuevo movimiento, sino reunir, convocar. Para Pallotti lo importante es la cooperación. Y esto es posible porque tenemos los mismos sentimientos de Jesús, la vida de Jesús sea mía dirá en sus escritos[1]. Se propone imitar con humildad y confianza todas las obras públicas y privadas de Jesús. Por eso la espiritualidad palotina es dinámica y universal (acoge todo lo que hay para cooperar).

En la vida de Pallotti no se puede separar el apostolado de la vida espiritual. O el apostolado de su vida mística. Él siente un amor de Dios hacia el mismo que es incomprensible, por eso ve dos caminos, seguimiento radical y participación en su obra de apostolado. Y nos deja en el cuadro de “María, Reina de los Apóstoles, no una imagen de devoción, sino un programa de apostolado. El cenáculo no se trata, entones, de la construcción de un santuario, sino de una experiencia teológica. Porque es el lugar donde se hace el paso del miedo al coraje, de la tristeza a la alegría, del intimismo a la creatividad apostólica. Del aislamiento al discurso apasionado del evangelio que hace Pedro. El cenáculo es un programa espiritual y apostólico. Del cenáculo se sale al apostolado y del apostolado se debe volver al cenáculo. Por eso para el palotino lo fundamental es convertirse en discípulo y enviado.

Ala luz del Documento de Aparecida, reflexionamos que para ser cristianos debemos tener un encuentro con Jesús, convertirnos en discípulos. Nosotros creemos en el amor de Dios, de este modo podemos imprimir en nosotros la opción fundamental de nuestra. Al inicio del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con una persona, con un acontecimiento que le da a mi vida un horizonte nuevo y de esta forma un rumbo decisivo.  Este encuentro con Jesús lo podemos tener en nueve lugares privilegiados, que no son los únicos:

La comunidad eclesial

La sagrada escritura

La sagrada litúrgia

El sacramento de la reconciliación

La oración personal y comunitaria

Los pobres afligidos y enfermos

La piedad popular

La piedad mariana

La devoción a los santos

Luego de reflexionar sobre estos lugares teologales, y de contemplar sobre la alegría del discípulo tomamos conciencia de ser enviados a nuestras comunidades a continuar el apostolado al que somos llamados para que cuanto antes haya un solo rebaño bajo un solo pastor.

 

[1] OOCC. X p .161-162

COMENTARIO AL EVANGELIO

XVII  Domingo   durante el año

CICLO A

30 de julio de 2017

El tesoro escondido

El tesoro escondido. Rembrandt (1630)

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         13, 44-52

 

    Jesús dijo a la multitud:

    «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

    El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

    Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

    «¿Comprendieron todo esto?»

    «Sí», le respondieron.

    Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Continuamos meditando las siete parábolas sobre el Reino de Dios, reunidas en este capítulo trece del Evangelio según san Mateo. En este domingo, decimoséptimo durante el año, se proclaman las tres últimas.

En la primera de estas tres se nos habla de un tesoro escondido; en la segunda, de una perla de gran valor. Sólo podemos encontrar, participar y disfrutar el Reino de Dios cuando nos damos cuenta del valor fundamental que él tiene para nuestras vidas. Es tan valioso que vale la pena vender todo, dejar todo, para poder poseerlo. Ninguno de nosotros va a entregar su vida por algo que no le reporta la felicidad que todos buscamos; ninguno quiere el mal para sí, todos buscamos el bien. El problema, me parece, se plantea cuando equivocamos lo que es bueno y lo que es malo. O, también, cuando optamos por “pequeños” bienes que nos alejan de los grandes bienes. Es ahí cuando nos afanamos por poseer determinadas cosas, dejando de lado aquello que le da sentido al vivir y que hace de nuestra vida un camino de eterna felicidad. Entrar en el Reino, dejarlo entrar en nuestro corazón, pertenecer a él y entregarle la vida, es el bien mayor que podamos encontrar en la vida.

En ambas parábolas tuvieron que vender  bienes, dejar cosas, para poder poseer el bien mayor. Sólo en la medida en que superemos nuestras pequeñas y cotidianas idolatrías, sólo en la medida en que no nos afanemos tanto por aquello que nos da un bien pasajero, sólo en la medida en que seamos libres de lo que poseemos, podremos disfrutar del Reino de Dios.

En la primera parábola, el Reino es comparado a un tesoro; en la segunda, a un negociante. El Reino es un bien que Dios nos regala; también somos nosotros cuando sabemos optar por ese bien. A veces lo encontramos providencialmente, como en el primer caso; otras veces, es fruto de una búsqueda, a veces larga y hasta penosa, como en la segunda parábola. Lo cierto que el Reino se hace presente cuando dejamos que Dios reine en nuestra vida, que su Palabra sea la fuente inspiradora de todo lo que hacemos. El Reino se hace presente cuando, al descubrir la paternidad amorosa de Dios, nos miramos unos a otros como hermanos. El Reino, cobra vida en cada gesto de perdón y en cada compromiso con la verdad y la justicia, en cada acción solidaria y en cada encuentro interpersonal. El Reino es don de Dios porque el amor es posible cuando Él vive en nosotros. El Reino es también conversión, búsqueda, dones puestos al servicio de los demás. Ese Reino que pedimos cada día en el Padre Nuestro, cobra vida cuando la clave de nuestra vida está en hacer de nuestro día una entrega total a Dios y a los hermanos.

En ambas parábolas aparece el tema de la alegría. La participación viva en el Reino nos permite realizarnos plenamente como personas. Podemos decir que fuimos creados para vivir la misma vida de Dios porque somos su imagen y semejanza. Dejar que esta vida se haga vida en nosotros es un camino de profunda realización personal.

En la tercera parábola se nos  habla de lo viejo y lo nuevo. Recordemos que el autor de este Evangelio  escribe a cristianos procedentes del pueblo de Israel. El escriba-cristiano es el ideal del Evangelio según san Mateo. Jesús no viene a anular la ley ni la primera alianza, viene a darle plenitud. No necesitamos dejar los valores heredados o de nuestra cultura para entrar en el Reino. Cristo Jesús lleva a plenitud los valores culturales, nos ayuda a discernir los aspectos de  nuestra cultura que no humanizan y amplía los límites culturales. El encuentro con el Evangelio implica siempre un proceso de recreación cultural, en donde la cultura y la historia de vida no son destruidas sino recreadas. Se nos  habla de toda clase de peces. El Reino es universal: Dios no hace acepción de personas.

El Reino implica capacidad de discernimiento; saber discernir entre donde está el bien y dónde está mal. La Gracia de Dios presente en nuestras vidas nos permite  arrojar lejos de nosotros todo pez malo y quedarnos con aquello, nuevo o viejo, que responde a la voluntad de Dios para nosotros. En la certeza absoluta que un día disfrutaremos de la plenitud de ese Reino que ya comenzó. Un día el mal será definitivamente quemado y el bien absoluto tendrá la última palabra de la historia.

 

Nos preguntamos: ¿Son Jesús, su Reino y su Palabra, los valores absolutos de nuestra vida? ¿Qué tengo que “vender”, dejar en mi vida, para participar con más plenitud de la alegría del Reino?

 

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL          Sal 118, 57. 72. 76-77. 127-130 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

El Señor es mi herencia:
yo he decidido cumplir tus palabras.
Para mí vale más la ley de tus labios
que todo el oro y la plata. R.

Que tu misericordia me consuele,
de acuerdo con la promesa que me hiciste.
Que llegue hasta mí tu compasión, y viviré,
porque tu ley es toda mi alegría. R.
 
Yo amo tus mandamientos
y los prefiero al oro más fino.
Por eso me guío por tus preceptos
y aborrezco todo camino engañoso. R.

Tus prescripciones son admirables:
por eso las observo.
La explicación de tu palabra ilumina
y da inteligencia al ignorante. R.

 

XVI DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 13,24-30

        «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

    Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.

    Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

    “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”». 

Es importante tener en claro que ninguna persona se identifica plenamente con el bien o plenamente con el mal. Tanto uno como el otro están presentes en todo corazón humano; aunque haya personas especialmente tomadas por el mal. Si quisiéramos eliminar al “malo” de una comunidad o de la sociedad, no quedaría ninguno, ya que en todos está el mal, también en nosotros. No nos toca a nosotros pronunciar sentencia sobre las personas y su tiempo de conversión. Nos toca, distinguir entre el bien y el mal, alimentar el bien, ayudarnos unos a otros a crecer en él.

Es interesante observar que el brote de la cizaña es muy parecido al brote del trigo; al comienzo cuesta distinguirlos. Recién cuando la cizaña crece se la puede identificar. Estamos llamados a ser hombres y mujeres de discernimiento;  en donde, a la luz de la Palabra, podamos distinguir en cada momento de nuestras vidas por dónde pasa el bien y por dónde pasa el mal, qué es lo que el Señor quiere de nosotros. Hacer la voluntad de Dios es encontrar el verdadero bien.

En el juicio final, el mal será definitivamente vencido y podremos disfrutar eternamente del bien. Este es el fundamento de nuestra esperanza.

Nos preguntamos: ¿Soy  hombre o mujer de discernimiento? ¿Comprometo mi vida al servicio del bien? ¿Ayudo a crecer a los otros en el bien? ¿Hago presente el Reino de Dios en la sociedad?

¡Un bendecido domingo!

The Tares-Eugene Burnand

LA AMISTAD, DON DE DIOS

amigos

Ya no los llamo servidores, porque el servidor no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre.[1]

Celebramos hoy, en Argentina, el día del amigo. Es justo y necesario darle gracias a Dios por el don de la amistad y, sobre todo, porque Él se ha hecho nuestro amigo. No un amigo más, es el Amigo por excelencia. Sólo Dios nos ama en Jesús con un amor absoluto y eterno.

Muchas veces abusamos de la palabra amistad. Analógicamente podemos llamar amigos a mucha gente, pero en realidad los amigos son muy pocos. Estamos llamados a ser todos hermanos, la amistad es un acontecimiento espontáneo y voluntario que necesita cultivo, cuidado. Sean muchos los que te saludan, pero amigo íntimo, uno entre mil.[2]

La amistad consiste en amar a alguien que nos ama. La amistad es siempre un vínculo interpersonal. Es el encuentro de dos personas que se experimentan identificadas. Se funda en la semejanza de espíritu. No se trata de que ambos piensen o sientan igual ante todo; la amistad no es uniformidad, necesita la alteridad, al otro como distinto. Pero es como si se vibrara en un mismo tono. Hay una identificación de ideales, de proyectos, de concebir la vida, un encuentro en el afecto y en la mirada de la vida.

Se opone a la amistad, el utilitarismo: amar alguien por la utilidad que nos proporciona. La amistad descubre en la persona del otro un bien, gusta de estar en su compañía; no lo ama por la utilidad que nos proporciona sino porque  su misma persona es un bien para nosotros.

Es condición necesaria para la amistad,  la gratuidad. El amigo no exige, no es demandante, sabe convivir con los límites del otro y aprende a perdonar; ayuda a crecer, da sin especular respuesta. La amistad es lugar de maduración del amor. La amistad se funda en la libertad. Somos libres cuando la ausencia del amigo nos entristece pero no nos paraliza; cuando su presencia en nuestras vidas no nos aleja de los otros, cuando nos anima en nuestro camino vocacional, cuando nos ayuda a realizar el sueño que Dios tuvo de nosotros cuando nos llamó a la vida. La amistad crece cuando  superamos las actitudes posesivas; no somos dueños del otro, somos servidores de la vida. La amistad no es adulación, se compromete con el crecimiento del otro, encontrando la alegría en que el otro encuentre el verdadero bien. Es amigo el que busca siempre el bien del ser amado; por eso está siempre dispuesto a comprender y a perdonar las ausencias y las faltas. El amigo ama en toda ocasión.[3] No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.[4]

La amistad, dice el Siervo de Dios, Cardenal Eduardo Pironio[5], es un reencuentro consigo mismo en la persona del amigo. El amigo es como un “alter ego”, otro yo. Puedo hablar con él como si hablara conmigo mismo. Me experimento comprendido, aceptado. Esto no quita el grado de soledad que todos experimentamos. Las experiencias personales son incomunicables en su totalidad. El amigo es compañía, es contención, ayuda a decidir. El compartir siempre enriquece.

«Ningún hombre, aunque tuviera todos los bienes exteriores, elegirá vivir sin amigos» (Santo Tomás). La amistad nos humaniza, nos conduce a Cristo, el amigo por excelencia. La amistad es un tesoro «el hombre dichoso necesita de amigos» (Aristóteles). La  amistad es un don de Dios que tenemos que pedir, buscar y agradecer.

Jesús amó con un amor universal, sin excluir a nadie. También cultivó vínculos de amistad con personas concretas: el discípulo amado, Lázaro (Señor, tu amigo está enfermo)[6], Marta y María (Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro)[7].

Qué podamos cultivar siempre espacios de diálogo y comunión; sin comunión de vida no hay amistad. El principal acto de la amistad es la convivencia con el amigo.[8]

Decíamos que la amistad es un concepto analógico. Qué podamos construir la amistad social en nuestros pueblos y ciudades para que la casa común que todos habitamos sea un lugar de paz, respeto, solidaridad y justicia.

Un bendecido día del amigo,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

[1] Jn 15,15
[2] Eclo 6,6
[3] Prov 17,17
[4] Jn 15,13
[5] Pironio, Cardenal Eduardo Francisco. Escritos Pastorales. BAC, Madrid, 1975. Cap. XI.
[6] Jn 11,3
[7] Jn 11,5
[8] Aristóteles. VIII Ética, 5