LA AMISTAD, DON DE DIOS

amigos

Ya no los llamo servidores, porque el servidor no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre.[1]

Celebramos hoy, en Argentina, el día del amigo. Es justo y necesario darle gracias a Dios por el don de la amistad y, sobre todo, porque Él se ha hecho nuestro amigo. No un amigo más, es el Amigo por excelencia. Sólo Dios nos ama en Jesús con un amor absoluto y eterno.

Muchas veces abusamos de la palabra amistad. Analógicamente podemos llamar amigos a mucha gente, pero en realidad los amigos son muy pocos. Estamos llamados a ser todos hermanos, la amistad es un acontecimiento espontáneo y voluntario que necesita cultivo, cuidado. Sean muchos los que te saludan, pero amigo íntimo, uno entre mil.[2]

La amistad consiste en amar a alguien que nos ama. La amistad es siempre un vínculo interpersonal. Es el encuentro de dos personas que se experimentan identificadas. Se funda en la semejanza de espíritu. No se trata de que ambos piensen o sientan igual ante todo; la amistad no es uniformidad, necesita la alteridad, al otro como distinto. Pero es como si se vibrara en un mismo tono. Hay una identificación de ideales, de proyectos, de concebir la vida, un encuentro en el afecto y en la mirada de la vida.

Se opone a la amistad, el utilitarismo: amar alguien por la utilidad que nos proporciona. La amistad descubre en la persona del otro un bien, gusta de estar en su compañía; no lo ama por la utilidad que nos proporciona sino porque  su misma persona es un bien para nosotros.

Es condición necesaria para la amistad,  la gratuidad. El amigo no exige, no es demandante, sabe convivir con los límites del otro y aprende a perdonar; ayuda a crecer, da sin especular respuesta. La amistad es lugar de maduración del amor. La amistad se funda en la libertad. Somos libres cuando la ausencia del amigo nos entristece pero no nos paraliza; cuando su presencia en nuestras vidas no nos aleja de los otros, cuando nos anima en nuestro camino vocacional, cuando nos ayuda a realizar el sueño que Dios tuvo de nosotros cuando nos llamó a la vida. La amistad crece cuando  superamos las actitudes posesivas; no somos dueños del otro, somos servidores de la vida. La amistad no es adulación, se compromete con el crecimiento del otro, encontrando la alegría en que el otro encuentre el verdadero bien. Es amigo el que busca siempre el bien del ser amado; por eso está siempre dispuesto a comprender y a perdonar las ausencias y las faltas. El amigo ama en toda ocasión.[3] No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.[4]

La amistad, dice el Siervo de Dios, Cardenal Eduardo Pironio[5], es un reencuentro consigo mismo en la persona del amigo. El amigo es como un “alter ego”, otro yo. Puedo hablar con él como si hablara conmigo mismo. Me experimento comprendido, aceptado. Esto no quita el grado de soledad que todos experimentamos. Las experiencias personales son incomunicables en su totalidad. El amigo es compañía, es contención, ayuda a decidir. El compartir siempre enriquece.

«Ningún hombre, aunque tuviera todos los bienes exteriores, elegirá vivir sin amigos» (Santo Tomás). La amistad nos humaniza, nos conduce a Cristo, el amigo por excelencia. La amistad es un tesoro «el hombre dichoso necesita de amigos» (Aristóteles). La  amistad es un don de Dios que tenemos que pedir, buscar y agradecer.

Jesús amó con un amor universal, sin excluir a nadie. También cultivó vínculos de amistad con personas concretas: el discípulo amado, Lázaro (Señor, tu amigo está enfermo)[6], Marta y María (Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro)[7].

Qué podamos cultivar siempre espacios de diálogo y comunión; sin comunión de vida no hay amistad. El principal acto de la amistad es la convivencia con el amigo.[8]

Decíamos que la amistad es un concepto analógico. Qué podamos construir la amistad social en nuestros pueblos y ciudades para que la casa común que todos habitamos sea un lugar de paz, respeto, solidaridad y justicia.

Un bendecido día del amigo,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

[1] Jn 15,15
[2] Eclo 6,6
[3] Prov 17,17
[4] Jn 15,13
[5] Pironio, Cardenal Eduardo Francisco. Escritos Pastorales. BAC, Madrid, 1975. Cap. XI.
[6] Jn 11,3
[7] Jn 11,5
[8] Aristóteles. VIII Ética, 5

¿IDEOLOGÍA O BIEN COMÚN?

Los otros días escuché una frase que me pareció muy iluminadora para este tiempo que estamos viviendo: la ideología es un conjunto de ideas que no te dejan pensar. Quien la comentó se la atribuyó al humorista Caloi. No pude verificar si le pertenecía a él o no; lo cierto es que me pareció maravillosa.

Qué bueno que podamos sistematizar nuestros pensamientos, relacionarlos, ir construyendo el paradigma de sociedad y de país que queremos. Qué bueno que podamos poner pasión en aquello que vemos como bueno para nosotros y para los demás. Dios nos creó semejantes a Él y, por eso, con capacidad de pensar, proyectar, soñar. En el ejercicio de la democracia somos invitados a opinar, criticar, controlar, pensar alternativas, defender proyectos. Una de las peores consecuencias de una dictadura es bloquear en nosotros, sobre todo en los jóvenes, la participación en la construcción del bien común.

Ahora, no hay construcción del bien común si no partimos de un diálogo sincero y genuino. Y no hay diálogo si no hay capacidad de escuchar, de modificar postura. Una escucha empática que nos permita descubrir lo que hay de verdad en el otro, sin, por eso, renunciar a lo que nosotros vemos como verdad.

Ideologia

El peligro de la ideología es cerrarnos en un esquema de ideas que defendemos a capa y espada, sin pensar en la posibilidad de matices, alternativas, reciprocidades, complementariedades, de rearmar pensamientos. La ideología pretende convertir un conjunto de ideas en  verdad absoluta. Esto niega la posibilidad de verdad en el que piensa diferente y, por eso, menosprecia al otro como ser pensante. De ahí que la absolutización de la verdad que pretende una ideología (cualquiera de ellas) anula al que piensa distinto.

Los Obispos Latinoamericanos, reunidos en Puebla en 1979 nos dicen en los números 535 y 536 del Documento Conclusivo de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano: Toda ideología es parcial, ya que ningún grupo particular puede pretender identificar sus aspiraciones con las de la sociedad global. Una ideología será, pues, legítima si los intereses que defiende lo son y si respeta los derechos fundamentales de los demás grupos de la nación. En este sentido positivo, las ideologías aparecen como necesarias para el quehacer social, en cuanto son mediaciones para la acción. Las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que proponen y la estrategia que promueven.

Eugene Ionesco (dramaturgo rumano, miembro de la Academia Francesa) decía que las ideologías nos separan, los sueños y las angustias nos unen. Esta frase me hizo pensar si este no era el camino de unidad para los argentinos. Venimos de tiempos de mucho dolor. Nuestra Patria nació dividida y a lo largo de la historia nos hemos ido atrincherando en bandos antagónicos. ¿No es la hora de recoger nuestros sufrimientos y ver que sin una auténtica amistad social nos seguiremos destruyendo como nación? ¿No es la hora de encontrarnos en nuestros sufrimientos y desde ahí convertir el dolor en una sabiduría que nos permita soñar un país diferente?

La ciencia actual le da un lugar muy destacado a las emociones. Ellas hacen a nuestra salud y a nuestras actitudes, a nuestro placer y a nuestro dolor ¿No será el momento de salir de la trinchera de nuestros pensamientos y empezar a contemplar lo que de verdad hay en el otro y en mí y, desde ahí buscar coincidencias animados por ese sueño que es común a todos: una Argentina en justicia y paz? Decía José Ortega y Gasset: Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral.

 Diálogo

No quiero ser ingenuo. No basta el diálogo.  Hay proyectos de nación que parten de intereses económicos y de poder. En el escenario político, me parece, hay mucho de intereses personales que se anteponen al bien común. ¿Pero, es esta la realidad de la mayoría de los argentinos? No hace falta sólo dialogar, es necesario, también, retomar los auténticos valores que nos saquen del individualismo y de la construcción de una sociedad en donde lo que se busca es el marco para ganar más y con menos esfuerzo, enriquecerse a costa del dolor de los otros, sumar capital mientras una gran mayoría no tiene comida, trabajo, vivienda, salud y educación. Sin renuncia a los intereses de poder y de tener desmedido, tampoco podremos construir la nación que deseamos. No nos damos cuenta que cuando una sociedad no vive los valores que nos construyen como persona, podrán enriquecerse unos pocos pero los hijos de esos pocos seguirán viviendo en un mundo amenazado por la violencia y la muerte, en el mundo del sin sentido y de la nada, del vacío existencial, fruto del materialismo y del egoísmo, del consumismo adictivo y de la idolatría de la genitalidad. Cuando no se construye el bien común, el bien individual siempre está amenazado. La corrupción de los gobernantes, legisladores y jueces, las injusticias de todo tipo, el enriquecerse empresarial a costa del dolor del otro, las indiferencias ante el sufrimiento, una economía que no busque el bien común, la pérdida de la cultura del trabajo, la idolatría de la sexualidad y la fiebre consumista, todo esto es generador de violencia y muerte. Los valores que nos permiten crecer como personas, como ser social, cuya vida cobra sentido en función del bien común, son los que nos van a permitir construir un mundo en paz. Ya lo decía el Beato Papa Pablo VI: si quieres la paz, trabaja por la justicia. Esto implica un estado que trabaje por el bien común, una sociedad solidaria con el que sufre y una familia que forme en los auténticos valores.

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

JUNTOS VIVIERON, JUNTOS MURIERON. HOY SON LUZ Y VIDA

Se cumplen cuarenta y un años de la entrega martirial de nuestros cinco Siervos de Dios: Pedro Dufau, Alfredo Leaden, Alfi Kelly, Salvador Barbeito, Emilio Barletti. 

Compartimos con ustedes párrafos de la homilía pronunciada en la misa de aniversario, en el año 2013.

En los años 60 y 70 vivimos un profundo espíritu de renovación en la Iglesia, un ambiente de primavera eclesial. El Concilio Vaticano II, los Documentos finales de Medellín (II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano), Juan XXIII, Pablo VI… Una Iglesia, pueblo de Dios, donde todos somos el cuerpo de Cristo, llamados a crecer en la santidad. Una Iglesia que renovó su forma de celebrar, que revalorizó la Palabra como fuente de vida, una Iglesia que profundizó el diálogo con la cultura, la política, el arte, la ciencia, el diálogo interreligioso, el ecumenismo. Un Concilio que nos habló de un Reino de Dios que se iba tejiendo en la historia de los hombres y sólo en la historia de los hombres; en donde el Evangelio aportaba una esperanza motora: la utopía de una sociedad basada en la justicia y en la inclusión de todos; el ideal del Reino que Cristo hizo presente en la historia de los hombres y que un día llevará a su plenitud. Una Iglesia despojada de todo aquello que históricamente en sus estructuras y vínculos entorpecía la frescura del Evangelio, la aventura apasionante de la Fe, el compromiso de un amor que se hace signo visible en el respeto a la vida de todos y en la protección de los más débiles. Una Iglesia que comenzó a beber en su Padres y en sus Santos, en una historia martirial y profética.

Nos dijo el Concilio en la Gaudium et Spes, uno de los documentos conciliares más iluminadores: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. …La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia… el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente…. Cuanto atenta contra la vida cuanto viola la integridad de la persona humana…cuanto ofende a la dignidad humana…es totalmente contrario al honor debido al Creador (Cfr, 1 y 27).

En este contexto y sólo en este contexto pos conciliar es que podemos entender la entrega martirial de nuestros cinco hermanos, Siervos de Dios. Descontextualizar, es vaciar de contenido. Ellos no murieron accidentalmente. Murieron porque en un momento en donde la vida no era respetada, en donde unos pocos se sentían dueños de la vida y de la verdad, dijeron con la palabra y los gestos: sólo Dios es el dueño de la vida. Animados e iluminados por el Magisterio Conciliar, por Medellín, por el Documento de San Miguel de la Conferencia Episcopal Argentina, animados por los vientos de primavera que se vivían en la Iglesia, comprometieron su vida de fe con la defensa de la vida humana, tornándose una voz profética.

Unos días antes de la masacre, tuvimos nuestra periódica reunión comunitaria. Era un día frío y lluvioso. Fue en el salón de la casa parroquial que da a la calle; biblioteca, en aquel entonces, de la comunidad. Comentamos lo que se comenzaba a percibir en el país: personas que desaparecían, detenciones clandestinas, torturas. Surgió una pregunta: ¿ante tal situación, tenemos que seguir en esta línea pastoral que señala y acentúa el valor de la vida y de la justicia como camino de respeto a la misma? Y la respuesta fue: Sí, porque debemos ser fieles a Dios antes que a los hombres, a los poderosos de este mundo. Sabían que esa respuesta podía traer consecuencias duras pero optaron por ser fieles a Cristo en la certeza de que quien da la vida, gana la vida en Él. Esto hace de esas muertes, muertes martiriales.  Y en el contexto de una Iglesia que iba descubriendo aquello que luego nuestros Obispos argentinos nos recuerdan, en Líneas pastorales para la Nueva Evangelización, cuando señalan que no hay anuncio de la Fe, no hay evangelización, donde no hay compromiso con la vida, con la dignidad humana. Nuestros cinco Siervos de Dios fueron testigos de la fe porque se comprometieron en la defensa de la vida.

Descontextualizar, encierra otro peligro: querer entender las respuestas a la luz del hoy y no a la luz del ayer. El Concilio y Medellín, nos sorprendió. Surgieron diferentes respuestas, fue un tiempo de búsqueda, de diálogo animoso, de discernimiento muchas veces marcado por el enfrentamiento, fue un tiempo de aprendizaje.

Lo cierto es que algo en común marcó la vida de los cinco, con personalidades y maneras de pensar diferentes: querer ser fiel a Jesucristo, defendiendo y promoviendo el valor de la vida.

¡Cuánto hemos aprendido de ellos, tanto aquellos que los conocimos personalmente como quienes los conocieron por el testimonio nuestro! ¡Cuántas veces nos ayudaron a iluminar realidades difíciles de superar! ¡Cuántas veces fueron para nosotros luz y ánimo en el camino de la vida! ¡Cuántas veces hicieron presente en nuestras vidas la Palabra de Dios! ¡Cuántas veces nos alimentaron con la Eucaristía y nos dieron la paz del perdón! De nada valdría una memoria, incluso agradecida, si no bebiéramos de la riqueza de sus vidas y de su entrega final.

Martires Palotinos

¿Qué nos dice hoy la vida y la entrega de ellos?

Esa paz casi sobrenatural que transmitía Alfredo Leaden, nos vuelve a decir que la única violencia válida es aquella que subvierte nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne, la violencia del Espíritu que nos vuelve al proyecto original del Padre y, por eso, nos trae la alegría y la paz de la conversión.

La búsqueda apasionada de la voluntad de Dios de Dios que caracterizaba fuertemente a Alfi Kelly, nos vuelve a decir que no hay misionalidad sin discipularidad, no hay compromiso con la vida sin la contemplación orante del Señor de la vida. En esos días previos, Alfi, pasó largas horas en el oratorio. Parecía que su fuerte temperamento se había transformado, gozaba y transmitía una serenidad significativa junto a la preocupación por la campaña difamatoria que se armaba en las tinieblas contra él. Pudo, en esa circunstancia difícil, subir a la montaña del Señor para escuchar la voz providente de Dios.

La evangélica humildad de Pedro nos habla hoy de una Iglesia que se ha de despojar de toda vanidad o autorrenferencialidad, como suele decir nuestro Papa Francisco, para poder ser servidora a ejemplo de Cristo servidor. El Papa, en la misa de inicio de su ministerio, al presentarnos a San José como custodio de la vida, nos decía: ¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende…

El amor a los jóvenes y la opción por una vida comunitaria fundada en Jesucristo que Salvador nos transmitió, nos hablan hoy de la necesidad de una conversión que nos permita superar los esquemas individualistas y negadores del mal. Fui testigo cercano de su deseo de santidad. Su anhelo por el ministerio sacerdotal es una voz que hoy le dice a muchos jóvenes: el sacerdocio y la consagración son caminos de plenitud humana cuando responden al llamado del Señor.

La sonrisa de Emilio hoy habla al corazón de los jóvenes y le dice que sólo poniendo la mirada en ideales que nos trascienden podemos vivir en plenitud la vida que nos Dios nos regaló. Que hay que darlo todo para ganar todo.

Decía el entonces Cardenal Bergoglio en la misa de la celebración de los veinticinco años del martirio: Quiero dar gracias a Dios porque todavía hoy, en medio de una ciudad turbulenta, llena de vida, de ansiedad, llena de fuerza, llena de esperanza, llena de problemas, llena de trabajo, quiso darnos una señal. Hay gente que todavía quiere vivir no para sí. Y el Señor permite que haya gente que en esa coherencia muera no para sí, sino para dar vida a otro.

Y decía en esa misma misa: 

Esta Parroquia ungida por la decisión de quienes juntos vivieron, ungida por la sangre de quienes juntos murieron, nos dice algo a esta ciudad, algo que cada uno tiene que recoger en su corazón y hacerse cargo. Despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó. Yo soy testigo, porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte de lo que era la vida de Alfie Kelly: Sólo pensaba en Dios. Y lo nombro a él porque soy testigo de su corazón, y en él a todos los demás.  Simplemente ruego para tener la gracia de la memoria, que nos haga agachar la cabeza y pedir perdón, usando las palabras de Jesús “porque no saben lo que hacen”, por quienes desgarraron esta ciudad con este hecho.

Queridos hermanos,  al contemplar la alfombra en donde entregaron sus vidas, testigo silenciosa de su entrega final, ungida por la sangre de los cinco, ellos nos dicen que tenemos que ser apasionados buscadores de la verdad. Sólo ella nos hace libres. Promotores constantes de la justicia. Sin ella una sociedad sucumbe. Por eso, desde el Evangelio denunciamos todo intento de impunidad, de un silencio cómplice de la muerte, de aquí no pasó nada, de esto no hablemos más… A la vez, le pedimos al Señor que nuestra búsqueda de la verdad y nuestro anhelo de justicia esté siempre movido por el amor que busca el bien de todos y, por eso, la conversión de todos.

San Vicente Pallotti nos dice que nadie ama al otro si no busca la salvación del otro. La justicia brota de un corazón sanado y redimido cuando busca el bien hasta de aquellos que nos hicieron mal. Sin esta dimensión de perdón, que no es negación de la verdad y de la justicia, no seremos fieles a ellos.

Las llagas que provocaron las balas en sus cuerpos, hoy son llagas gloriosas. Intentemos imaginar sus rostros gloriosos, llenos de la alegría del encuentro con el Señor.

Le pedimos al Señor que pronto la Iglesia los reconozca oficialmente como nuestros intercesores y modelos.

Ellos nos hablan hoy tanto por sus vidas como por su entrega final. Esta muerte es para la vida porque alimenta nuestra vida de fe. Ellos hoy son fuente de vida porque nos hacen presente que vale la pena entregar la vida, que sólo dándola se la recibe en plenitud. Que nadie se cuida si no cuida la vida del otro. Fuimos llamados a la vida para amar como Jesús nos ama.

Decía el Papa Francisco en la misa de inicio de su ministerio: para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Hoy, con los cinco, volvemos a proclamar la Palabra del Señor que en el libro del Génesis nos dice: no pongas tus manos sobre el niño, no pongas tus manos sobre tu hermano, sobre ninguno de tus hermanos.

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

 

 

LA IGLESIA MÁS ALLÁ DE NUESTRAS FRONTERAS. INCULTURACIÓN Y PROFECÍA.

Nos puede pasar, que la inserción en las realidades más cercanas, las que vemos y vivimos cotidianamente, nos estrechen nuestra percepción de la realidad. ¡Qué bien nos hace mirar la universalidad de la Iglesia y contemplar a la humanidad más allá de nuestra cultura o geografía conocida! El Evangelio se hace presente en la diversidad de culturas y naciones, generando una riqueza insondable. Dice San Gregorio Magno: “La Escritura crece con quien la lee”. El Evangelio, encarnado en la diversidad de las culturas, expresa una abanico riquísimo de experiencias de vida cristiana.

El encuentro del Evangelio con una cultura provoca una verdadera renovación cultural. La inculturación del Evangelio consiste en anunciar a Jesucristo partiendo de la realidad cultural con la que se encuentra el evangelizador. El Evangelio siempre aporta novedad, siempre cultiva valores (muchas veces ya existentes en la cultura); el Evangelio nos lleva a discernir y transformar aspectos culturales que no son humanizantes. Se trata de una recreación cultural en donde la cultura se transforma por el Evangelio.

Esto implica respeto por la cultura, aculturación, entrar en la cultura del otro, sin perder nuestra raíz cultural, en una dimensión de interculturalidad  (toda cultura posee valores, límites,  aspectos no humanizantes) en un verdadero diálogo cultural.

Esta tarea evangelizadora se realiza a través del  testimonio profético de muchos cristianos. Somos un pueblo profético. El día de nuestro bautismo, cuando fuimos ungidos con el Santo Crisma, se nos dijo que quedábamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey.

Pienso en este momento en  nuestros hermanos en Siria, en Cisjordania y en varios países del África, en nuestra historia como Iglesia en Latinoamérica (bajo gobiernos dictatoriales), en los inicios de la evangelización en Europa, en el anuncio del Evangelio en países de regímenes totalitarios y en el secularismo actual.

El profeta no es sólo aquel que anuncia la Palabra. El profeta es el que asume la realidad, intentando ver en ella los desafíos a los cuales Dios nos invita a dar respuesta desde la Fe, en un momento y lugar concreto de la historia. Desde que el hijo de Dios se hizo hombre, la historia de los hombres se llenó, de una manera especial, de la presencia de Dios. Dios se manifiesta en cada acontecimiento de la humanidad. El profeta es el que contempla la realidad con ojos de fe, intentando descubrir la presencia de Dios en la realidad cotidiana y anunciar, desde esa realidad, el Evangelio que le da sentido a todo lo que vivimos.

La profecía es anuncio de la Palabra que ilumina, abre perspectivas y ubica cada situación y momento dentro del gran plan de salvación que Dios tiene por la humanidad.

Una actitud profética implica denunciar todo aquello que deshumaniza y nos lleva por caminos de muerte. El profeta está llamado a tener la libertad que sólo un amor profundo por Jesús y la humanidad nos puede dar.

El profeta trabaja por la justicia. Una justicia inspirada siempre en la caridad y, por eso, que busca el verdadero bien. La justicia que ve en la denuncia y en la sanción del mal un camino de conversión para todos, que busca la verdad y la pone al servicio del amor, es la que nos conduce por caminos de verdadera reconciliación.

Pensar la universalidad de la Iglesia y rezar por todo el Pueblo de Dios, nos amplía el corazón y nos permite contemplar el paso de Dios en las diferentes manifestaciones culturales.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Profeta

AMAR SÍ… PERO CÓMO

AMAR SÍ… PERO CÓMO

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

Los otros días escuché una frase que me dejó pensando: no me ama, invierte en mí.

La asocié inmediatamente con el himno a la caridad, en 1 Cor 13, donde dice: puedo hacer muchas cosas por el otro, darlo todo, hasta entregar mi cuerpo a las llamas, pero si no tengo amor, de nada me sirve.

Inmediatamente me pregunté, ¿qué es lo que yo busco cuando ayudo a alguien, cuando hago algo bueno por el otro?

Lo cierto es que podemos hacer grandes y heroicas cosas, grandes sacrificios, laudables renuncias pero… qué buscamos detrás de todo lo que realizamos. Hasta qué punto, muchas veces, detrás de grandes entregas, no se esconde una búsqueda de uno mismo, amando al otro para ser estimado, reconocido, tenido en cuenta, amado por el otro. Cuántas veces damos cosas y nos damos a nosotros mismos, sabiendo que en algún momento eso va a ser un bien para mí. Es como engordar el ternero que después vamos a comer. Invertimos tiempo, esfuerzo, bienes, nos sacrificamos por los demás pero en el fondo lo que buscamos es que el otro crezca para que en algún momento su bien sea una utilidad para mí. Quizá, muchos gestos de supuesta generosidad tenga que ver con mantenerlo al otro a mi servicio, o al servicio de mi empresa o actividad. Es el llamado utilitarismo, a veces muy disfrazado de generosidad.

Ahora, me pregunto: está mal buscar mí bien en la vida. Y me respondo: el que busca su mal ciertamente está enfermo y el masoquismo entró en su estructura vital. Fuimos creados, para ser felices, para vivir en el bien. Porque aquí también puede haber una distorsión del verdadero amor; como si amar significara buscar siempre el dolor, la negación de la felicidad, la prohibición de vivir en el gozo de la paz… el reducir el amor a la renuncia a todo aquello que me provoque gozo, paz y profunda alegría. A veces puede subsistir en nosotros aquello de que cuánto más sufrimiento mejor.

El Papa Benedicto XVI nos aporta mucha luz en esto, sobre todo en su primer encíclica, Deus Carita est (Dios es amor). Él señalada dos dimensiones del amor. El amor de eros o de complacencia por el cual disfrutamos al otro como un bien. No lo amamos por su utilidad sino porque su persona es un bien para nosotros. Gustamos estar con esa persona; compartimos con ella nuestra intimidad, disfrutamos el encuentro. Es el amor de amistad y el amor que lleva al matrimonio. Hay una segunda dimensión del amor, llamado amor de ágape, en donde encontramos el gozo de hacer el bien, independientemente de lo que el otro signifique para nosotros. Fuimos creados a imagen de un Dios que es amor y, por eso, cuando nuestra vida está centrada en la búsqueda del bien del otro, con gratuidad y desprendimiento, como en Dios, nuestro ser se realiza en plenitud. Es el amor que incluye el perdón, el hacer el bien al que me es indiferente o me ha hecho algún daño, el amor que no reclama nada. Este amor nos da una profunda libertad porque nuestra entrega no está condicionada por aquello que el otro puede retribuirme. Ser libre es buscar el bien en mi vida con independencia de las actitudes de los demás.

Cruz y corazón 3

Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. (Jn13,34).  Jesucristo es el modelo de amor que nos realiza plenamente como personas. Por lo tanto, no se trata de renunciar al bien, ni al gozo que ese bien nos proporciona sino de encontrarlo donde verdaderamente está.

Amar no es invertir en el otro, es superar toda autorreferencialidad, descentrándonos de nuestro yo y poner el centro de nuestra existencia en el bien de los demás. Oyeron que les dije que me voy y volveré a visitarlos. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre (Jn 14,28). Amar es no poseer al otro sino alegrarme de su bien, es dejarlo partir, dejarlo crecer, dejar que Dios realice en él su designio de amor. Amar es alegrarme con el bien del otro aunque no sea yo el causante de ese bien, porque el verdadero gozo no está en lo que yo hago sino en que el bien crezca en las personas y el mundo. Qué bien nos hace contemplar lo bueno que existe en la creación, especialmente en cada persona, y alabar a Dios, fuente de todo bien.

En  una oportunidad se encontraron en una esquina de la ciudad dos amigos que hacía tiempo que no se veían. Se pusieron a charlar y prolongaron la charla mientras uno de ellos iba a tomar el ómnibus que lo llevaba a su trabajo y el otro lo acompañaba. En un momento, antes de llegar a la parada, se detuvieron; el que iba a su trabajo compró el diario donde lo hacía cada día. El otro contempló como el vendedor lo trató de muy mala manera; su amigo, en cambio, le habló con respeto y utilizando modales de cortesía. El amigo le preguntó si todos los días compraba el diario en ese lugar y si el vendedor siempre lo trataba tan mal. Si, le respondió su amigo. Y vos siempre lo tratás tan bien. Trato de hacerlo, le dijo. ¿No entiendo nada… él te trata mal, vos seguís comprando el diario aquí y lo tratás tan bien? Mirá, le dijo, yo amo la libertad; ser libre es actuar sin dejarse condicionar por las actitudes de los demás.

Es libre el que ama independientemente de ser amado, el que encuentra su bien en amar y no en la demanda de ser amado. Es libre el que se deja amar y disfruta el amor del otro, sin nunca exigirlo. Es feliz el que le lava los pies al otro y se deja lavar los pies por el otro, sin nunca reclamarlo. Es libre el que da aunque el otro no me dé nada.  Sólo el amar como Jesús nos da la verdadera alegría  y paz.

Es en el encuentro cotidiano con Jesús en donde nuestro corazón se va haciendo semejante al suyo.

LA VIOLENCIA QUE A TODOS NOS PREOCUPA

Violencias y atropellos se escuchan en la ciudad (Jr 6,7)… violencia en el país.

Vivimos, a nivel mundial, un clima preocupante de violencia que provoca ciento de muertes cada día: guerras, atentados, terrorismo; con grave secuelas de orfandad infantil, refugiados en condiciones paupérrimas, familias destruidas, vidas jóvenes truncadas, culturas destrozadas.  En nuestros países de  América Latina hay una situación de violencia política sorprendentemente coincidente; la palabra “grieta” ha cobrado una presencia significativa en nuestros pueblos latinoamericanos.

En nuestro país, se vive un clima de violencia que nos tiene que ocupar y ante el cual no podemos dejar de reaccionar, positivamente, para superarlo.   Muchos de los últimos encuentros masivos, políticos y artísticos, concluyeron con violencias. Hubo palabras y gestos violentos hasta en aquellos que protestaban contra la violencia. Vemos como, muchas veces, la violencia se convierte en metodología para imponer espacios de poder.  Nos encontramos atemorizados por la acción delictiva que crece cada día en nuestras ciudades sin implementarse, hasta ahora, ninguna estrategia eficaz para reducirla. Vivimos en el miedo continuo de no saber si nuestros seres queridos llegarán con vida a nuestras casas. Vemos una agresividad y anomia alarmante en el tránsito que provoca uno de los índices más elevados de mortalidad. Somos partícipes de la intolerancia callejera. Hay violencia con armas y sufrimos la violencia de la injusticia o de una justicia demasiado largamente esperada. Hemos hecho de nuestras ideas un arma de ataque al otro, con imposibilidad, muchas veces, de buscar la verdad,  pensando distinto. Nos expresamos como poseedores absolutos de la verdad, sin reconocer nada de verdad en lo que el otro dice. Nos encontramos con la violencia de los grupos económicos que sólo buscan acrecentar su lucro, generando desempleo y elevando los precios de una forma impúdica.  Nos sentimos desbordados en nuestra comprensión ante acontecimientos de violencia en la vida familiar, con una cantidad alarmante de femicidios y de menores que se convierten en testigos presenciales de la agresividad, hasta homicida, de sus padres. La escena en un club del gran Buenos Aires en donde el tío de un chico que estaba participando de un evento deportivo le quita la vida al director técnico, ambos siendo vecinos de la misma ciudad y delante de todos los menores ahí presente, es terrible.

Los que pasamos los sesenta años, hemos sido testigos de muchos momentos de violencia en nuestro país, a los cuales no queremos volver. También hemos vivido en una Argentina en donde podíamos dejar la puerta de calle abierta y en donde no existían rejas. Una Argentina en donde no nos mirábamos como potenciales agresores y podíamos, las noches de verano, disfrutar el fresco de la vereda, compartiendo el diálogo amistoso con nuestros vecinos. Hemos vivido una infancia en donde nuestros padres no sentían miedo cuando salíamos a andar en bicicleta por el barrio porque todo el barrio nos cuidaba. La Argentina de la gauchada, de la palabra dada, del fiado, del pregúntale a la vecina si necesita algo de la feria. Una Argentina que cuando se producía un hecho delictivo llenaba nuestras conversaciones durante días porque no estábamos acostumbrados a eso y porque no habíamos perdido la capacidad de horrorizarnos. Una Argentina que hasta el que robaba tenía sus límites y sus códigos.

¿Qué nos pasó? Quizá, muchas cosas. La realidad es siempre compleja y multicausal.  Pienso en algunas causas como fuente de violencia que se entrelazan entre sí y que comparto con ustedes como un pequeño aporte a la superación de esta situación que nos daña enormemente. Causas que se convierten en desafíos a ser superados.

Violencia

  1. El narcotráfico.

Emparentado indefectiblemente con la corrupción de políticos, legisladores, jueces, fuerzas de seguridad y demás autoridades. Sin corrupción política, judicial y de fuerzas de seguridad, en ningún país puede existir el narcotráfico. El tráfico de drogas ha tomado cuenta de partes de nuestras ciudades y ha tornado especialmente violentos espacios concretos de nuestro territorio. La droga mata y lleva a matar.

  1. La pérdida de la cultura del trabajo.

El desempleo no es sólo una cuestión económica, hace a la dignidad de la persona. Trabajar nos realiza en nuestra dignidad. El trabajo es una escuela de vida en donde aprendemos a valorar los bienes y participamos de la obra creadora de Dios. El asistencialismo, necesario muchas veces, sin promoción de la persona, destruye a la persona. Una de la primeras tareas de un gobierno, que piensa en el bien común, es promover fuentes de trabajo, en donde se paguen salarios dignos y se respeten la condición humana del trabajador, en donde haya capacidad de un sano progreso y en donde se promueva los dones que cada persona posee.

  1. El autoritarismo de los poderes económicos

Existen poderosos grupos económicos que, muchas veces, manejan los espacios comunicacionales, generando modelos de vida deshumanizantes y que contribuyen a  hacer, de las personas, consumidores dependientemente enfermizos. Los planes económicos son perversos cuando no provocan el acceso de todos a los bienes esenciales de la salud, la educación, el trabajo, el descanso, la vivienda, el alimento, la práctica libre de la fe. También la economía se torna perversa cuando  presenta el fundamento de la felicidad en la posesión de bienes materiales o en un proyecto individualista y egoísta de la vida. Como dice San Gregorio Magno: dejamos de poseer bienes para dejarnos poseer por ellos. Decía el Beato Papa Pablo VI, ya en 1975: La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría (GD8). La distribución de la riqueza se torna cada vez más injusta. No es real que los que poseen fortunas siempre lo hicieron con su trabajo y que, los pobres lo son, por no trabajar. Muchas veces la acumulación de dinero y bienes materiales es fruto de relaciones injustas de explotación y negociados. Y, muchas veces, los que quisieran ganarse el pan con el sudor de su frente, no encuentran trabajo. No se trata sólo de aumentar las inversiones sino también de controlar los abusos, limitar los lucros injustos y velar por justas retribuciones.  Cuando la economía no tiene como fin último el bien común y no practica la justicia social, termina generando la violencia de la deshumanización. La única economía sana es la que genera trabajo honesto y justamente retribuido, la que piensa en el bien social y construye espacios humanización para todos.

  1. La pérdida de la auténtica vocación política.

Para Santo Tomás de Aquino, la política es el grado más alto de la caridad porque es la ocupación al servicio del bien común. El apetito desenfrenado de dominio de muchos de nuestros políticos genera indefectiblemente violencia social. Perder el sentido del actuar político genera un vacío peligroso para una sociedad e impone modelos autorreferenciales y ególatras de comportamiento. La corrupción, generadora indiscutible de violencia, se instala cuando se deja de ver la política como la construcción del bien común y el camino de edificación de una “polis” en donde todos encuentren el espacio necesario para vivir la vocación social, dimensión esencial de nuestro ser persona. El divorcio entre bien personal y bien común, el no entender que el bien de la persona está en la construcción de espacios comunitarias, genera la pérdida del sentido de la política.

  1. La pérdida del sentido de la vida.

Es la pérdida del sentido de la vida la que conduce a las adiciones. Tenemos que llenar un vacío existencial y cuando lo queremos hacer con el alcohol, la droga, el exceso de actividad, el juego, la compra compulsiva o cualquier otra adición, el vacío aumenta. La vida es un don que hemos recibido y cobra sentido cuando la vivimos como don hacia los demás. Somos imagen y semejanza de un Dios que es comunión de persona; una comunión fundada en el amor. Sólo en la realización de esa semejanza, nuestra vida se carga de sentido. La adición, generadora de violencia, es fruto de haber perdido la verdadera comunicación, el encuentro vivencial en donde somos contenidos y podemos contener, en donde somos amados y podemos amar. El gran pensador, Romano Guardini, dice en su libro: La Aceptación de sí mismo, algo sencillamente maravilloso: una vez que yo existo, ya no hay en absoluto un mundo en que yo no existiera. Si uno de nosotros no existiera, el mundo sería diferente. Es por eso que, lo que cada uno de nosotros puede aportar, no lo puede aportar otro. Somos un sueño único, irrepetible, original de Dios. Y nuestra vida cobra sentido cuando donamos nuestra originalidad al mundo. No somos enemigos que tenemos que competir por un espacio, somos seres viviendo en reciprocidad en donde cada uno tiene un espacio para construir el conjunto social. Nos necesitamos unos a otros, para vivir en plenitud nuestra vida. El bien del otro es bien para mí porque enriquece el colectivo social. De ahí que, cuánto más encarnamos los valores auténticos, más persona somos y más tenemos para entregar. Cuánto más entregamos más crecemos porque es el amor lo que nos personaliza, el que  nos lleva a vivir en plenitud nuestra identidad.

  1. Heridas del pasado no sanadas

El pecado y nuestras heridas confunden en nosotros el sentido del amor; no nos permiten amar con un amor sanante. Además de nuestras heridas personales y familiares, los argentinos venimos de una historia de heridas en el amor. Somos bisnietos, nietos o hijos de hombres y mujeres que sufrieron la guerra. Nosotros hemos vivido y vivimos aún las consecuencias de la guerra de las Malvinas. Nacimos como Nación con enfrentamientos que continuaron a lo largo de nuestra historia (monárquicos-republicanos, unitarios-federales, radicales-conservadores, peronistas-antiperonistas, azules-colorados, provincianos-porteños, Boca-River, Ford-Chevrolet…). Vivimos golpes de estados con la interrupción de los procesos democráticos y con una violencia que llevó a la pérdida de muchas vidas. Cargamos las heridas de la violencia de los años setenta, el terrorismo de estado y la guerrilla. Sufrimos la inseguridad de la inflación y las tomas violentas de los años ochenta; los despojos del noventa (privatizaciones-corralito- exclusión de la educación y la salud). Fijémonos en la letra de los tangos en donde el dolor es una constante: abandono, muerte, frustración. Necesitamos reconciliarnos con nosotros y entre nosotros. La reconciliación no es una mala palabra; por el contrario, es la condición necesaria para vivir en paz. Reconciliación que no es sinónimo de olvido e impunidad. Sólo hay reconciliación cuando buscamos la verdad y la justicia. Una justicia motivada en la búsqueda del bien de todos, en donde la sanción tiene que procurar la corrección y la protección social. Cuando separamos la justicia de la búsqueda del bien social, caemos en la venganza y hacemos de ella un arma expresiva de nuestros rencores. Perdonar no es justificar el mal. Una nación que niega el mal y no lo sanciona, construye sobre arena. Una nación que no supera los odios nunca vive en paz.

  1. La pérdida del auténtico diálogo.

El diálogo no es simplemente el ejercicio por el cual pactamos una convivencia. El diálogo es el camino por el cual buscamos la verdad, que es lo único que nos hace libres. Nadie es dueño de la verdad, somos buscadores y poseedores parciales de esa verdad. Dialogar es descubrir lo que hay de verdad en el otro y ofrecer lo que yo experimento como verdad, en la búsqueda de una verdad superadora. No se trata de consensuar, de acordar simplemente un código de convivencia sino de discernir aquello que es verdaderamente un bien para cada uno y para todos. El pensamiento es una herramienta de búsqueda no un arma letal contra los demás. No es posible que el pensar diferente nos divida. No es posible que no podamos dialogar serenamente en familia y respetar la opinión de cada uno. Nos vamos alineando detrás de ideas y de liderazgos no para construir sino para imponer y menospreciar al que piensa diferente. Esta es la grieta: cuando todo lo de un partido es bueno y todo lo del otro partido es malo. Ahí partimos a la sociedad, porque no vemos la parte en función del todo. Los conflictos existen y son la oportunidad para buscar la verdad y el bien común. Generar conflictos como metodología de alcanzar ganancias,  imponer ideas y obtener derechos, es terrorismo. Imponer la verdad desde la generación de la división,  es siempre generar terror. El terrorismo es  fruto del fundamentalismo: absolutizo mi verdad y la impongo a costa de cualquier medio. Decía Atahualpa Yupanqui, que hasta un reloj descompuesto, cuyas agujas no se mueven, dos veces al día coincide con la verdad. En todos hay algo de verdad. Necesitamos superar esa visión maniqueista de la historia por la cual en una ideología o partido político, todo es verdad o todo es mentira; de esa manera, hacer política va ser siempre destruir al otro. Para un cristiano, Jesucristo es la verdad y el  diálogo es el camino para ver plasmada esa verdad en cada situación  y vínculo que la vida nos presenta. 

  1. No generar espacios de crecimiento personal.

El vivir siempre fuera de nosotros mismos, en función de la tarea, conectados enfermizamente con la realidad, nos lleva a perder espacios de maduración personal y crecimiento en la serenidad. Se violenta nuestro ser cuando no vamos conformando nuestra propia identidad, desde el conocimiento y a la aceptación de nosotros mismos. Esto implica espacios de silencio, de encuentro con nuestra interioridad, con Dios, fuente y origen de nuestra vida.  No soportamos no estar “conectados”, al tanto de todo, enterados de lo último. Tememos perder el control de la realidad, lo queremos controlar todo como si todo dependiera de nosotros. Nos ponemos en lugar de Dios, del absoluto, del que tiene que responder a todo y a todos, siempre. Esta violencia de nuestro ser, nos lleva a ser violentos con los demás. Quien no está en paz consigo mismo, quien no se descubre a si mismo desde el valor de su ser, no puede valorar al otro. ¿Somos capaces de mirar nuestras conductas y descubrir nuestros gestos, a veces sutiles, de violencia en relación a los demás? No será la cuaresma y la semana santa, que ya se acerca, un tiempo propicio para eso. Qué bien nos hace, hacer silencio interior y mirar nuestra conducta cotidiana, poder descubrir nuestros  egoísmos, intolerancias, discriminaciones, indiferencias; poder descubrir su origen y dejarnos entusiasmar por un proceso de cambio personal, el cual todos tenemos necesidad de realizar. Poder gustar el crecer como personas, confiando en la presencia de un Dios que transforma siempre nuestro corazón. En nosotros también puede haber pequeñas violencias, rupturas, intolerancias que no nos permiten vivir en paz y construir la paz. Cuando algo del otro nos enoja mucho es que algo tenemos que cambiar en nosotros; hay una fibra de nuestro ser no curada que se irrita en demasía ante determinadas situaciones.  Es interesante vernos caminar por las calles de nuestras ciudades. Se hace necesario colocar semáforos en el suelo porque caminamos mirando hacia abajo, hacia el celular. Hemos perdido la alegría de mirarnos a los ojos, reconocernos como don de Dios, saludarnos como vecinos de una misma ciudad. Somos don para los demás y sólo desde esa donación, encontraremos la paz. Decía Ghandi: no hay caminos para la paz, la paz es el camino.

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

RETIRO: LA PASCUA COMO CLAVE DE VIDA predicado en el Centro de Espiritualidad.

 

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

  1. PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan    21, 1-19

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.

Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.»

Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»

Ellos respondieron: «No.»

El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!»

Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»

De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

 

  1. ¿QUÉ DICE LA PALABRA?

En este texto se retoma el tema de la vocación, ya presente en el Evangelio según san Juan, pero ahora desde la perspectiva de la Resurrección.

Los discípulos tiran las redes, vuelven a lo que hacían antes, vuelven atrás. Es una gran tentación: ante el fracaso, la crisis, los inconvenientes, las incomprensiones, podemos volver a atrás, abandonar el camino, no perseverar en aquello que Dios nos mostró y pidió.

No lo invocan a Jesús, ponen su confianza sólo en ellos. Lo hacían de noche, la hora más propicia para la pesca, pero también la hora de la oscuridad; lo oscuro en el lenguaje bíblico nos habla de la ausencia de Dios. El trabajo se torna infecundo, no pescaron nada. En el amanecer, cuando sale la luz, se les presenta Jesús y los orienta con su palabra. Ellos obedecen su indicación y la actividad se torna fecunda. Sólo es fecunda nuestra vida, sólo producimos frutos evangélicos, si estamos unidos al Señor y obedecemos a su Palabra. Es la actitud fundamental en la vida de un discípulo: seguir al Maestro, dejar que su Palabra oriente y anime nuestra vida.

Jesús se les presenta como aquel que pide algo para comer (tuve hambre y me dieron de comer). Cuando Él aparece en la escena, el discípulo amado lo reconoce y Pedro se tira al agua. Los otros discípulos se esfuercen para llevar la barca a la orilla. El que les pedía de comer, les sirve la comida. Comparten lo que tienen. En todo necesitado está presente el Señor, independientemente de su condición moral; en el que sufre está Dios. Somos invitados a vivir un encuentro personal con el que sufre, descubriendo en él, la presencia de Jesús. Todo vínculo verdadero implica recibir lo que Dios me quiere regalar en la persona del otro y entregarle al otro el don de nuestra vida.

Luego de la mesa compartida, Jesús mantiene un diálogo personal con Pedro. No sólo lo llama por su nombre, lo identifica en su origen: Simón, hijo de Juan. Establece un diálogo íntimo, personal, profundo. No le recrimina nada, a pesar de negación en el momento más duro de la vida del Señor. Lo interroga acerca de sus sentimientos y afectos más profundos. Le encomienda su misma misión. Apacienta mis ovejas. Las ovejas son de Él; se las confía a Pedro. Jesús pone en sus manos a los que Él ama. Dios siempre nos perdona y nos da una nueva oportunidad. Asumir la misión que Él nos  encomienda es acoger su perdón.

Tres veces le pregunta si lo ama; tres veces Pedro le responde que sí. Tres fueron sus negaciones. El Señor le da la oportunidad de sanar la herida que seguramente provocó en él, si triple negación. Jesús no le exige sacrificios ni penitencias corporales para superar su pecado. Jesús le pide dos cosas: que lo ame y que cuide de sus hermanos. Jesús lo invita a volver al primer amor.  Somos perdonados cuando volvemos al amor de Dios, lo amamos y entregamos nuestra vida al servicio de la Iglesia, el pueblo de Dios, cuerpo de Cristo; cuando asumimos su misión como nuestra misión.

Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero. Sólo Dios conoce hasta lo más profundo de nuestro corazón. Él conoce nuestros pecados, las veces que lo negamos; también conoce cuánto lo amamos.

Jesús une el amor a Él con el cuidado a los hermanos. No se lo puede amar a Él sin cuidar la vida de los demás. Sólo cuidamos verdaderamente la vida cuando amamos al autor y señor de la vida.

Jesús lo invita a seguirlo. Pero a dónde lo va a seguir si Jesús no va a ningún lado, desaparece. La resurrección de Jesús nos dice que seguirlo a Él es vivir la vida del Resucitado. El discípulo es el que vive por Jesús, con Él y en Él. Seguirlo es amarlo y cuidar de la Iglesia: la familia de Dios.

Jesús nos invita a volver al primer amor, a amarlo con todo nuestro corazón, a amarlo sobre todas las personas y las cosas, a amarlo en todo y en todos. Jesús nos vuelve a confiar  la vida de nuestros hermanos. ¿Qué hiciste con tu hermano?

 

A la luz de este Evangelio: ¿Qué significa vivir la vida clave pascual?

La Pascua, el triunfo de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal, ilumina toda nuestra vida, le da sentido trascendente a todo lo que vivimos.

Esto implica:

  1. Descubrir la presencia de Dios en cada acontecimiento de muerte, sabiendo que de él, el Señor saca vida: muerte corporal, fracaso, pérdida, frustración. De un Pedro soberbio y cobarde, Dios saca un Pedro humilde (Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras) y mártir; de un Pedro que no asume el compromiso del amor, Dios saca un Pedro que manifiesta su amor al Señor y a la comunidad no sólo con palabras sino dando su propia vida.
  2. Mirar la historia como un aprendizaje que nos permite abrirnos a la conversión para empezar siempre una vida nueva. El Señor cambia nuestras miradas y nuestro corazón, no hace nuevos cada día. Encasillarnos a nosotros mismos y encasillar a los otros, es negar la acción de la Gracia. Dios le permite a Pedro, sanar su herida, le perdona su pecado, le confía una misión. Asumir la misión que Él nos encomienda, redime nuestro pasado y llena de sentido nuestro presente. “La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante.” El pasado es aprendizaje, el presente es el momento de la respuesta, el futuro se ilumina desde la promesa del Señor: no tengan miedo, yo he vencido a la muerte
  3. Comprometernos en el cuidado de la vida. Dos cosas le pide a Pedro: que lo ame y que cuide la vida de sus hermanos. Es cuidando la vida de los otros que nuestra propia vida encuentra su sentido. Fuimos creados para amar.

 

  1. ¿QUÉ NOS DICE LA PALABRA?

Leamos este texto bíblico nuevamente, de forma lenta. Cuando alguna palabra, frase o imagen, nos dice algo, nos toca el corazón, nos llama la atención, quedémonos unos instantes contemplando esa imagen o idea.

 

  1. ¿QUÉ LE RESPONDEMOS A LA PALABRA?
  • Dejemos que el Señor nos llame por nuestro nombre y nos pregunte: ¿me amás? Respondámosle con sinceridad y confianza, dejemos hablar a nuestro corazón, digámosle todo aquello que espontáneamente nos surge.
  • Contemplemos a las personas que Dios pone a nuestro lado, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo o de estudio, nuestros vecinos… ¿Vivimos la alegría de cuidar la vida de cada uno de ellos?
  • Contemplemos tantos rostros de dolor: enfermos, chicos en la calle, víctimas de la violencia, del narcotráfico, de la injusticia, ancianos abandonados, personas que le han perdido el sentido a la vida: ¿nos comprometemos en el cuidado de algunas de esas vidas?
  • Miremos nuestra vida: nos cuidamos, cuidamos nuestra salud corporal, psíquica. Nos cuidamos espiritualmente, viviendo la vida en dimensión generosa de entrega a los demás…

 

Biblia