SANTA ROSA DE LIMA

Santa Rosa de Lima

PATRONA DE AMÉRICA LATINA

Santa Rosa nació en Lima (Perú) en 1586; murió en la misma ciudad el 24 de agosto de 1617. Mujer laica, que consagró su vida en virginidad, formando parte de la tercera Orden de Santo Domingo.

Apasionada de amor por Dios, lo sirvió en sus hermanos más pobres. Anunció con entusiasmo el mensaje de salvación que dio sentido pleno a su vida.

Que ella interceda por nuestra América Latina tan sufriente por causa de la injusticia, la violencia y la exclusión. Que podamos compartir las riquezas naturales y humanas de nuestras tierras de tal modo que a nadie le falte lo necesario para la vida. Que podamos encontrar en Jesús el verdadero tesoro que ilumina nuestra existencia.

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RECORDAMOS A SAN VICENTE PALLOTTI

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Su fiesta litúrgica es el 22 de enero. Cada día 22 le damos gracias a Dios por su vida. A través de él hemos recibido un carisma que enriquece a todo el pueblo de Dios.

San Vicente sostenía que Jesús nos dejó el precepto del amor como el más importante y el que sintetiza todos los mandamientos. El amor nos mueve a buscar el bien de los demás como nuestro propio bien. El don más grande que tenemos es la Fe. Amar implica, por lo tanto, comunicar este don precioso a los demás. Porque para nosotros es nuestro bien mayor, tenemos que compartirlo, ofrecerlo, anunciarlo. Esto es lo que llamamos apostolado. Fundados en el mandamiento del amor, todos tenemos el deber y el derecho del apostolado.

Por el bautismo, que nos unió a Cristo para siempre, todos participamos de la misión evangelizadora de Cristo y de la Iglesia.

Que, por intercesión de San Vicente Pallotti, el Señor nos regale la alegría de una vida comprometida con la misión evangelizadora de toda la Iglesia, para que cuanto antes llegue ese momento tan deseado de la unidad, en el que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

LA AMISTAD, DON DE DIOS

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Ya no los llamo servidores, porque el servidor no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre.[1]

Celebramos hoy, en Argentina, el día del amigo. Es justo y necesario darle gracias a Dios por el don de la amistad y, sobre todo, porque Él se ha hecho nuestro amigo. No un amigo más, es el Amigo por excelencia. Sólo Dios nos ama en Jesús con un amor absoluto y eterno.

Muchas veces abusamos de la palabra amistad. Analógicamente podemos llamar amigos a mucha gente, pero en realidad los amigos son muy pocos. Estamos llamados a ser todos hermanos, la amistad es un acontecimiento espontáneo y voluntario que necesita cultivo, cuidado. Sean muchos los que te saludan, pero amigo íntimo, uno entre mil.[2]

La amistad consiste en amar a alguien que nos ama. La amistad es siempre un vínculo interpersonal. Es el encuentro de dos personas que se experimentan identificadas. Se funda en la semejanza de espíritu. No se trata de que ambos piensen o sientan igual ante todo; la amistad no es uniformidad, necesita la alteridad, al otro como distinto. Pero es como si se vibrara en un mismo tono. Hay una identificación de ideales, de proyectos, de concebir la vida, un encuentro en el afecto y en la mirada de la vida.

Se opone a la amistad, el utilitarismo: amar alguien por la utilidad que nos proporciona. La amistad descubre en la persona del otro un bien, gusta de estar en su compañía; no lo ama por la utilidad que nos proporciona sino porque  su misma persona es un bien para nosotros.

Es condición necesaria para la amistad,  la gratuidad. El amigo no exige, no es demandante, sabe convivir con los límites del otro y aprende a perdonar; ayuda a crecer, da sin especular respuesta. La amistad es lugar de maduración del amor. La amistad se funda en la libertad. Somos libres cuando la ausencia del amigo nos entristece pero no nos paraliza; cuando su presencia en nuestras vidas no nos aleja de los otros, cuando nos anima en nuestro camino vocacional, cuando nos ayuda a realizar el sueño que Dios tuvo de nosotros cuando nos llamó a la vida. La amistad crece cuando  superamos las actitudes posesivas; no somos dueños del otro, somos servidores de la vida. La amistad no es adulación, se compromete con el crecimiento del otro, encontrando la alegría en que el otro encuentre el verdadero bien. Es amigo el que busca siempre el bien del ser amado; por eso está siempre dispuesto a comprender y a perdonar las ausencias y las faltas. El amigo ama en toda ocasión.[3] No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.[4]

La amistad, dice el Siervo de Dios, Cardenal Eduardo Pironio[5], es un reencuentro consigo mismo en la persona del amigo. El amigo es como un “alter ego”, otro yo. Puedo hablar con él como si hablara conmigo mismo. Me experimento comprendido, aceptado. Esto no quita el grado de soledad que todos experimentamos. Las experiencias personales son incomunicables en su totalidad. El amigo es compañía, es contención, ayuda a decidir. El compartir siempre enriquece.

«Ningún hombre, aunque tuviera todos los bienes exteriores, elegirá vivir sin amigos» (Santo Tomás). La amistad nos humaniza, nos conduce a Cristo, el amigo por excelencia. La amistad es un tesoro «el hombre dichoso necesita de amigos» (Aristóteles). La  amistad es un don de Dios que tenemos que pedir, buscar y agradecer.

Jesús amó con un amor universal, sin excluir a nadie. También cultivó vínculos de amistad con personas concretas: el discípulo amado, Lázaro (Señor, tu amigo está enfermo)[6], Marta y María (Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro)[7].

Qué podamos cultivar siempre espacios de diálogo y comunión; sin comunión de vida no hay amistad. El principal acto de la amistad es la convivencia con el amigo.[8]

Decíamos que la amistad es un concepto analógico. Qué podamos construir la amistad social en nuestros pueblos y ciudades para que la casa común que todos habitamos sea un lugar de paz, respeto, solidaridad y justicia.

Un bendecido día del amigo,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

[1] Jn 15,15
[2] Eclo 6,6
[3] Prov 17,17
[4] Jn 15,13
[5] Pironio, Cardenal Eduardo Francisco. Escritos Pastorales. BAC, Madrid, 1975. Cap. XI.
[6] Jn 11,3
[7] Jn 11,5
[8] Aristóteles. VIII Ética, 5

¿IDEOLOGÍA O BIEN COMÚN?

Los otros días escuché una frase que me pareció muy iluminadora para este tiempo que estamos viviendo: la ideología es un conjunto de ideas que no te dejan pensar. Quien la comentó se la atribuyó al humorista Caloi. No pude verificar si le pertenecía a él o no; lo cierto es que me pareció maravillosa.

Qué bueno que podamos sistematizar nuestros pensamientos, relacionarlos, ir construyendo el paradigma de sociedad y de país que queremos. Qué bueno que podamos poner pasión en aquello que vemos como bueno para nosotros y para los demás. Dios nos creó semejantes a Él y, por eso, con capacidad de pensar, proyectar, soñar. En el ejercicio de la democracia somos invitados a opinar, criticar, controlar, pensar alternativas, defender proyectos. Una de las peores consecuencias de una dictadura es bloquear en nosotros, sobre todo en los jóvenes, la participación en la construcción del bien común.

Ahora, no hay construcción del bien común si no partimos de un diálogo sincero y genuino. Y no hay diálogo si no hay capacidad de escuchar, de modificar postura. Una escucha empática que nos permita descubrir lo que hay de verdad en el otro, sin, por eso, renunciar a lo que nosotros vemos como verdad.

Ideologia

El peligro de la ideología es cerrarnos en un esquema de ideas que defendemos a capa y espada, sin pensar en la posibilidad de matices, alternativas, reciprocidades, complementariedades, de rearmar pensamientos. La ideología pretende convertir un conjunto de ideas en  verdad absoluta. Esto niega la posibilidad de verdad en el que piensa diferente y, por eso, menosprecia al otro como ser pensante. De ahí que la absolutización de la verdad que pretende una ideología (cualquiera de ellas) anula al que piensa distinto.

Los Obispos Latinoamericanos, reunidos en Puebla en 1979 nos dicen en los números 535 y 536 del Documento Conclusivo de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano: Toda ideología es parcial, ya que ningún grupo particular puede pretender identificar sus aspiraciones con las de la sociedad global. Una ideología será, pues, legítima si los intereses que defiende lo son y si respeta los derechos fundamentales de los demás grupos de la nación. En este sentido positivo, las ideologías aparecen como necesarias para el quehacer social, en cuanto son mediaciones para la acción. Las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que proponen y la estrategia que promueven.

Eugene Ionesco (dramaturgo rumano, miembro de la Academia Francesa) decía que las ideologías nos separan, los sueños y las angustias nos unen. Esta frase me hizo pensar si este no era el camino de unidad para los argentinos. Venimos de tiempos de mucho dolor. Nuestra Patria nació dividida y a lo largo de la historia nos hemos ido atrincherando en bandos antagónicos. ¿No es la hora de recoger nuestros sufrimientos y ver que sin una auténtica amistad social nos seguiremos destruyendo como nación? ¿No es la hora de encontrarnos en nuestros sufrimientos y desde ahí convertir el dolor en una sabiduría que nos permita soñar un país diferente?

La ciencia actual le da un lugar muy destacado a las emociones. Ellas hacen a nuestra salud y a nuestras actitudes, a nuestro placer y a nuestro dolor ¿No será el momento de salir de la trinchera de nuestros pensamientos y empezar a contemplar lo que de verdad hay en el otro y en mí y, desde ahí buscar coincidencias animados por ese sueño que es común a todos: una Argentina en justicia y paz? Decía José Ortega y Gasset: Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral.

 Diálogo

No quiero ser ingenuo. No basta el diálogo.  Hay proyectos de nación que parten de intereses económicos y de poder. En el escenario político, me parece, hay mucho de intereses personales que se anteponen al bien común. ¿Pero, es esta la realidad de la mayoría de los argentinos? No hace falta sólo dialogar, es necesario, también, retomar los auténticos valores que nos saquen del individualismo y de la construcción de una sociedad en donde lo que se busca es el marco para ganar más y con menos esfuerzo, enriquecerse a costa del dolor de los otros, sumar capital mientras una gran mayoría no tiene comida, trabajo, vivienda, salud y educación. Sin renuncia a los intereses de poder y de tener desmedido, tampoco podremos construir la nación que deseamos. No nos damos cuenta que cuando una sociedad no vive los valores que nos construyen como persona, podrán enriquecerse unos pocos pero los hijos de esos pocos seguirán viviendo en un mundo amenazado por la violencia y la muerte, en el mundo del sin sentido y de la nada, del vacío existencial, fruto del materialismo y del egoísmo, del consumismo adictivo y de la idolatría de la genitalidad. Cuando no se construye el bien común, el bien individual siempre está amenazado. La corrupción de los gobernantes, legisladores y jueces, las injusticias de todo tipo, el enriquecerse empresarial a costa del dolor del otro, las indiferencias ante el sufrimiento, una economía que no busque el bien común, la pérdida de la cultura del trabajo, la idolatría de la sexualidad y la fiebre consumista, todo esto es generador de violencia y muerte. Los valores que nos permiten crecer como personas, como ser social, cuya vida cobra sentido en función del bien común, son los que nos van a permitir construir un mundo en paz. Ya lo decía el Beato Papa Pablo VI: si quieres la paz, trabaja por la justicia. Esto implica un estado que trabaje por el bien común, una sociedad solidaria con el que sufre y una familia que forme en los auténticos valores.

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

JUNTOS VIVIERON, JUNTOS MURIERON. HOY SON LUZ Y VIDA

Se cumplen cuarenta y un años de la entrega martirial de nuestros cinco Siervos de Dios: Pedro Dufau, Alfredo Leaden, Alfi Kelly, Salvador Barbeito, Emilio Barletti. 

Compartimos con ustedes párrafos de la homilía pronunciada en la misa de aniversario, en el año 2013.

En los años 60 y 70 vivimos un profundo espíritu de renovación en la Iglesia, un ambiente de primavera eclesial. El Concilio Vaticano II, los Documentos finales de Medellín (II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano), Juan XXIII, Pablo VI… Una Iglesia, pueblo de Dios, donde todos somos el cuerpo de Cristo, llamados a crecer en la santidad. Una Iglesia que renovó su forma de celebrar, que revalorizó la Palabra como fuente de vida, una Iglesia que profundizó el diálogo con la cultura, la política, el arte, la ciencia, el diálogo interreligioso, el ecumenismo. Un Concilio que nos habló de un Reino de Dios que se iba tejiendo en la historia de los hombres y sólo en la historia de los hombres; en donde el Evangelio aportaba una esperanza motora: la utopía de una sociedad basada en la justicia y en la inclusión de todos; el ideal del Reino que Cristo hizo presente en la historia de los hombres y que un día llevará a su plenitud. Una Iglesia despojada de todo aquello que históricamente en sus estructuras y vínculos entorpecía la frescura del Evangelio, la aventura apasionante de la Fe, el compromiso de un amor que se hace signo visible en el respeto a la vida de todos y en la protección de los más débiles. Una Iglesia que comenzó a beber en su Padres y en sus Santos, en una historia martirial y profética.

Nos dijo el Concilio en la Gaudium et Spes, uno de los documentos conciliares más iluminadores: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. …La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia… el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente…. Cuanto atenta contra la vida cuanto viola la integridad de la persona humana…cuanto ofende a la dignidad humana…es totalmente contrario al honor debido al Creador (Cfr, 1 y 27).

En este contexto y sólo en este contexto pos conciliar es que podemos entender la entrega martirial de nuestros cinco hermanos, Siervos de Dios. Descontextualizar, es vaciar de contenido. Ellos no murieron accidentalmente. Murieron porque en un momento en donde la vida no era respetada, en donde unos pocos se sentían dueños de la vida y de la verdad, dijeron con la palabra y los gestos: sólo Dios es el dueño de la vida. Animados e iluminados por el Magisterio Conciliar, por Medellín, por el Documento de San Miguel de la Conferencia Episcopal Argentina, animados por los vientos de primavera que se vivían en la Iglesia, comprometieron su vida de fe con la defensa de la vida humana, tornándose una voz profética.

Unos días antes de la masacre, tuvimos nuestra periódica reunión comunitaria. Era un día frío y lluvioso. Fue en el salón de la casa parroquial que da a la calle; biblioteca, en aquel entonces, de la comunidad. Comentamos lo que se comenzaba a percibir en el país: personas que desaparecían, detenciones clandestinas, torturas. Surgió una pregunta: ¿ante tal situación, tenemos que seguir en esta línea pastoral que señala y acentúa el valor de la vida y de la justicia como camino de respeto a la misma? Y la respuesta fue: Sí, porque debemos ser fieles a Dios antes que a los hombres, a los poderosos de este mundo. Sabían que esa respuesta podía traer consecuencias duras pero optaron por ser fieles a Cristo en la certeza de que quien da la vida, gana la vida en Él. Esto hace de esas muertes, muertes martiriales.  Y en el contexto de una Iglesia que iba descubriendo aquello que luego nuestros Obispos argentinos nos recuerdan, en Líneas pastorales para la Nueva Evangelización, cuando señalan que no hay anuncio de la Fe, no hay evangelización, donde no hay compromiso con la vida, con la dignidad humana. Nuestros cinco Siervos de Dios fueron testigos de la fe porque se comprometieron en la defensa de la vida.

Descontextualizar, encierra otro peligro: querer entender las respuestas a la luz del hoy y no a la luz del ayer. El Concilio y Medellín, nos sorprendió. Surgieron diferentes respuestas, fue un tiempo de búsqueda, de diálogo animoso, de discernimiento muchas veces marcado por el enfrentamiento, fue un tiempo de aprendizaje.

Lo cierto es que algo en común marcó la vida de los cinco, con personalidades y maneras de pensar diferentes: querer ser fiel a Jesucristo, defendiendo y promoviendo el valor de la vida.

¡Cuánto hemos aprendido de ellos, tanto aquellos que los conocimos personalmente como quienes los conocieron por el testimonio nuestro! ¡Cuántas veces nos ayudaron a iluminar realidades difíciles de superar! ¡Cuántas veces fueron para nosotros luz y ánimo en el camino de la vida! ¡Cuántas veces hicieron presente en nuestras vidas la Palabra de Dios! ¡Cuántas veces nos alimentaron con la Eucaristía y nos dieron la paz del perdón! De nada valdría una memoria, incluso agradecida, si no bebiéramos de la riqueza de sus vidas y de su entrega final.

Martires Palotinos

¿Qué nos dice hoy la vida y la entrega de ellos?

Esa paz casi sobrenatural que transmitía Alfredo Leaden, nos vuelve a decir que la única violencia válida es aquella que subvierte nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne, la violencia del Espíritu que nos vuelve al proyecto original del Padre y, por eso, nos trae la alegría y la paz de la conversión.

La búsqueda apasionada de la voluntad de Dios de Dios que caracterizaba fuertemente a Alfi Kelly, nos vuelve a decir que no hay misionalidad sin discipularidad, no hay compromiso con la vida sin la contemplación orante del Señor de la vida. En esos días previos, Alfi, pasó largas horas en el oratorio. Parecía que su fuerte temperamento se había transformado, gozaba y transmitía una serenidad significativa junto a la preocupación por la campaña difamatoria que se armaba en las tinieblas contra él. Pudo, en esa circunstancia difícil, subir a la montaña del Señor para escuchar la voz providente de Dios.

La evangélica humildad de Pedro nos habla hoy de una Iglesia que se ha de despojar de toda vanidad o autorrenferencialidad, como suele decir nuestro Papa Francisco, para poder ser servidora a ejemplo de Cristo servidor. El Papa, en la misa de inicio de su ministerio, al presentarnos a San José como custodio de la vida, nos decía: ¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende…

El amor a los jóvenes y la opción por una vida comunitaria fundada en Jesucristo que Salvador nos transmitió, nos hablan hoy de la necesidad de una conversión que nos permita superar los esquemas individualistas y negadores del mal. Fui testigo cercano de su deseo de santidad. Su anhelo por el ministerio sacerdotal es una voz que hoy le dice a muchos jóvenes: el sacerdocio y la consagración son caminos de plenitud humana cuando responden al llamado del Señor.

La sonrisa de Emilio hoy habla al corazón de los jóvenes y le dice que sólo poniendo la mirada en ideales que nos trascienden podemos vivir en plenitud la vida que nos Dios nos regaló. Que hay que darlo todo para ganar todo.

Decía el entonces Cardenal Bergoglio en la misa de la celebración de los veinticinco años del martirio: Quiero dar gracias a Dios porque todavía hoy, en medio de una ciudad turbulenta, llena de vida, de ansiedad, llena de fuerza, llena de esperanza, llena de problemas, llena de trabajo, quiso darnos una señal. Hay gente que todavía quiere vivir no para sí. Y el Señor permite que haya gente que en esa coherencia muera no para sí, sino para dar vida a otro.

Y decía en esa misma misa: 

Esta Parroquia ungida por la decisión de quienes juntos vivieron, ungida por la sangre de quienes juntos murieron, nos dice algo a esta ciudad, algo que cada uno tiene que recoger en su corazón y hacerse cargo. Despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó. Yo soy testigo, porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte de lo que era la vida de Alfie Kelly: Sólo pensaba en Dios. Y lo nombro a él porque soy testigo de su corazón, y en él a todos los demás.  Simplemente ruego para tener la gracia de la memoria, que nos haga agachar la cabeza y pedir perdón, usando las palabras de Jesús “porque no saben lo que hacen”, por quienes desgarraron esta ciudad con este hecho.

Queridos hermanos,  al contemplar la alfombra en donde entregaron sus vidas, testigo silenciosa de su entrega final, ungida por la sangre de los cinco, ellos nos dicen que tenemos que ser apasionados buscadores de la verdad. Sólo ella nos hace libres. Promotores constantes de la justicia. Sin ella una sociedad sucumbe. Por eso, desde el Evangelio denunciamos todo intento de impunidad, de un silencio cómplice de la muerte, de aquí no pasó nada, de esto no hablemos más… A la vez, le pedimos al Señor que nuestra búsqueda de la verdad y nuestro anhelo de justicia esté siempre movido por el amor que busca el bien de todos y, por eso, la conversión de todos.

San Vicente Pallotti nos dice que nadie ama al otro si no busca la salvación del otro. La justicia brota de un corazón sanado y redimido cuando busca el bien hasta de aquellos que nos hicieron mal. Sin esta dimensión de perdón, que no es negación de la verdad y de la justicia, no seremos fieles a ellos.

Las llagas que provocaron las balas en sus cuerpos, hoy son llagas gloriosas. Intentemos imaginar sus rostros gloriosos, llenos de la alegría del encuentro con el Señor.

Le pedimos al Señor que pronto la Iglesia los reconozca oficialmente como nuestros intercesores y modelos.

Ellos nos hablan hoy tanto por sus vidas como por su entrega final. Esta muerte es para la vida porque alimenta nuestra vida de fe. Ellos hoy son fuente de vida porque nos hacen presente que vale la pena entregar la vida, que sólo dándola se la recibe en plenitud. Que nadie se cuida si no cuida la vida del otro. Fuimos llamados a la vida para amar como Jesús nos ama.

Decía el Papa Francisco en la misa de inicio de su ministerio: para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Hoy, con los cinco, volvemos a proclamar la Palabra del Señor que en el libro del Génesis nos dice: no pongas tus manos sobre el niño, no pongas tus manos sobre tu hermano, sobre ninguno de tus hermanos.

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

 

 

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO

Pedro y Pablo

Rezamos en el Prefacio de la misa de hoy:

Porque en los Apóstoles san Pedro y san Pablo
nos das un motivo de gran alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe,
Pablo, el insigne maestro que la interpretó;
aquél formó la primera Iglesia con el resto de Israel,
éste la extendió entre los paganos llamados a la fe.

Ambos congregaron, por diversos caminos,
a la única familia de Cristo
y, coronados por un mismo martirio,
son igualmente venerados por tu pueblo.

 

Pedro fue el primer Papa de la Iglesia. Su sucesor, Francisco, como Obispo de Roma, es el pastor de la Iglesia universal. Hoy rezamos especialmente por nuestro Papa. Que el Señor le conceda las gracias necesarias para animar a sus hermanos en la fe.

Pablo fue el gran evangelizador que llevó la Palabra más allá del pueblo de Israel.

Ambos fueron muy distintos. Pedro, un pescador en las orillas del lago de Galilea; Pablo era un gran conocedor de la Ley, nacido en Tarso, una importante ciudad en aquel tiempo. Pedro conoció a Jesús durante su vida terrenal, no así Pablo. Ambos entregaron su vida por Cristo, derramando la sangre por confesar su nombre.

Que por intercesión de ambos podamos vivir la alegría de ser Iglesia, pueblo de Dios, sacramento universal de salvación, llamados a vivir la misión evangelizadora que el Señor nos encomienda. Hoy, el Evangelio de Jesucristo llegará a la vida de los hombres si nosotros, como Pedro y Pablo, lo anunciamos con humildad, alegría y valentía.

¡Renovemos en este día nuestra misión evangelizadora!

SAN JUAN BAUTISTA

24 de junio

San Juan Bautista, es el único santo (además de la Virgen y de Jesús) que se conmemora el día de su nacimiento, porque fue santificado en el vientre de su madre por la visita del Salvador. Por lo general, celebramos el día en que los santos pasaron de este mundo a la vida plena en Dios, el día del nuevo nacimiento. El nacimiento de Juan es motivo de inmensa alegría para la humanidad por el anuncio que trae de la próxima Redención. El arcángel Gabriel anunció a Zacarías que su mujer estéril, iba a concebir y agregó: «Le darás el nombre de Juan y será para ti objeto de júbilo y alegría; muchos se regocijarán por su nacimiento puesto que será grande delante del Señor». Al nacer, Zacarías, su padre, proclamó el «Benedictus».

El nacimiento de Juan se celebra seis meses antes del nacimiento de Jesús. Estableciéndose un paralelo interesante (ambos nacimientos son celebrados con expresiones de alegría). Juan es la voz que anuncia la Palabra, Jesucristo. La celebración de su nacimiento  coincide con el inicio del invierno en nuestras regiones, en donde comienza a prolongarse el día y disminuir la noche. Por eso, muchos pueblos originarios celebran en este día al año nuevo. Con Juan se ensambla lo nuevo con lo antiguo: culmina el antiguo testamento porque es el último de los profetas y se abren la puerta a la nueva alianza, sellada en Cristo. En las regiones en donde nace Jesús, comienzan a prolongarse los días coincidiendo con el nacimiento del Salvador: la luz verdadera que ilumina a todos los pueblos.

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