COMENTARIO AL EVANGELIO

II domingo

durante el año

CICLO B

14 de enero de 2018

El Salvador. El Greco

El Salvador. El Greco.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 35-42 

    Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

    Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»

    Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

    «Vengan y lo verán», les dijo.

    Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

    Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

    Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro. 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Finalizado el tiempo de Navidad, comenzamos con toda la Iglesia el tiempo litúrgico llamado durante el año. En este domingo iniciamos la segunda semana de este tiempo.

Los invito a que fijemos nuestra atención en la escena del Evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo. Está Juan Bautista, con dos de sus discípulos, mirando a Jesús. Cuando este pasa, Juan Bautista lo señala y ellos lo dejan y siguen a Jesús. De esta forma, se muestra la superioridad de Jesús sobre Juan. A partir de aquí, el centro del Evangelio se desplaza hacia el Señor.

Juan, el día anterior, según nos transmite el mismo evangelista, dijo de Jesús que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora se los señala a ellos como ese Cordero del que les había hablado. El Cordero representaba muchas cosas para el pueblo de Israel: era el animal que se ofrecía diariamente en el templo, a la mañana y al tarde, implorando la expiación de los pecados; representaba la imagen, brindada por Isaías, del manso servidor del Señor que se ofreció en sacrificio por los pecados; recordaba el animal que fue ofrecido en sacrificio en lugar de Isaac; era, también, el animal sacrificado al salir de Egipto, cuya sangre los salvó de la muerte y que se sacrificaba y  comía en cada pascua. Lo cierto es que, ahora, este cordero, tiene el poder de quitar el pecado. Ya no solamente se ofrece mansamente por los pecados, sino que su mansa obediencia lo lleva a quitar el pecado del mundo.

Jesús les pregunta a los dos discípulos que lo siguen: ¿Qué quieren? Ellos les responden reconociéndolo como maestro (Rabí) y queriendo saber dónde vivía. Conocer la casa de una persona es conocer su intimidad, es saber quién es, cómo vive. Lo interesante es que Jesús no les responde con datos, indicaciones, conceptos, definiciones. Los invita a ir con él: Vengan y lo verán. Luego de pasar un día con Él, ya no lo llaman Maestro sino Mesías.

¿Qué queremos nosotros de Jesús?

Como ellos, nosotros somos invitados a entrar en la intimidad de Jesús. Es la vivencia de comunión con Él lo que nos permite conocerlo cada vez más. Cuando se escribió este Evangelio, había una corriente de pensamiento que acentuaba el conocimiento intelectual de Jesús como el camino para crecer en la fe. Es necesario conocer su mensaje, saber aquello que nos revela, conocer las verdades de nuestra fe; pero esto no basta. La fe implica una relación personal, íntima y creciente con el Señor. Dejar que cada día Él entre en nuestra intimidad y entrar nosotros, cada día más, en su intimidad. La fe implica un conocimiento vivencial; hacer la experiencia cotidiana y creciente del amor de Jesús

Como en el Evangelio de hoy, Él siempre toma la iniciativa. Llega a nosotros a través de testigos de la fe. Juan dio testimonio del Señor ante los dos primeros discípulos; Andrés lo hizo ante su hermano Simón. Es por el testimonio que nos dan otras personas que podemos seguir al Señor. Es por nuestro testimonio que muchos podrán seguirlo.

El encuentro con Jesús los llena de alegría, la palabra griega que se utiliza para expresar el encuentro es: «eurekamen»: «¡Lo hemos encontrado!» Es una expresión de alegría, de felicidad.

Encontrar el Señor y vivir con Él es la mayor alegría que podemos experimentar. En Jesús encontramos la salvación porque en Él encontramos el sentido a la vida, en Él hallamos luz y fortaleza, en Él descubrimos la eternidad de nuestra existencia. Hoy Jesús nos vuelve a llamar para que compartamos su vida y seamos sus discípulos.

A esta altura del año, en la que se alternan momentos de trabajo y de descanso, qué importante es que nos planteemos el sentido cotidiano de nuestra vida. Muchas veces volvemos de las vacaciones con mal humor porque hay que retomar la tarea cotidiana. Muchas veces queremos que llegue el fin de semana y la rutina laborable se nos vuelve una pesada carga. Otras veces, hasta el descanso nos agobia. Es cierto que son muchos los inconvenientes que enfrentamos en nuestro diario vivir. También es cierto que todo cambia de color y de ánimo cuando nos damos cuenta que nuestra vida tiene un sentido nuevo cuando todo lo que hacemos, lo hacemos como discípulos del Señor, partícipes de su misión salvadora. Como a Pedro, el Señor nos da un lugar en su reino para que compartamos su misión redentora. En la comunión con Jesús encontramos nuestro lugar en el mundo. El hacerlo todo por amor a Él y a nuestros hermanos cambia el sentido cotidiano de nuestra vida. El esfuerzo del trabajo, los inconvenientes diarios, todo lo que nos toca vivir, se llena de sentido cuando nuestra vida es seguimiento del Señor; desde la certeza absoluta de saber que cuando Él nos invita a seguirlo nos da todo lo necesario para que podamos serle fiel en el  camino que nos traza. 

 

Nos preguntamos: ¿Mantengo con Jesús una relación cotidiana y creciente de amistad? ¿Me descubro llamado por Él a compartir su vida y a ser su discípulo? ¿Voy descubriendo, en el diálogo con Él, cuál es mi misión en el mundo?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                        Sal 39, 2. 4ab. 7-10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor:
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.

 

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COMENTARIO AL EVANGELIO

EL BAUTISMO DEL SEÑOR.

CICLO B

7 de enero de 2018

El Bautismo de Cristo-Verrocchio

El bautismo de Cristo. Verrocchio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos    1, 7-11

Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.» 

Palabra del Señor

 

Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. La liturgia toma tres acontecimientos como la manifestación (la epifanía) del Dios hecho hombre al mundo: la visita de los magos de oriente (Dios se manifiesta a todos los pueblos), el bautismo del Señor (el Padre lo presenta como su hijo amado y el Espíritu Santo desciende sobre Él) y las bodas de Caná (primer signo).

Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado; por eso, el signo del bautismo de agua como ritual penitencial y de purificación. No surgían profetas. Resonaba fuertemente en ellos la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por todo esto es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.

Tratemos de imaginarnos qué experiencia fuerte habrá sido para Jesús. El Padre se dirige a él llamándolo su hijo y diciendo que tiene puesta en Él, toda su predilección; a ninguna otra persona, Dios llamó de esta manera. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación. Es el aliento de Dios que da vida y hace de Jesús un servidor de la vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). De hecho, a partir del bautismo, Jesús inicia su misión profética de anuncio y comienza el camino hacia el momento culminante de la salvación. Tuvo que haber sido para Jesús una vivencia muy fuerte de su filialidad y de la acción del Espíritu Santo en Él.

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.

Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Podemos decir, sin lugar a duda, que por el bautismo estamos en Dios, en la intimidad de la comunión divina y que la divinidad está presente en nosotros para siempre. Nuestra humanidad es divinizada en el bautismo y comienza a participar de la vida divina. Por eso somos bautizados en el nombre de la trinidad. Nosotros también, viviendo en Cristo y participando de la vida trinitaria, podemos llamar a Dios de Abba, término cariñoso que expresa nuestra real filialidad.

El bautismo nos revela un padre que nos ama con amor eterno y nos sostiene en todos los momentos de nuestra vida. Un padre que no excluye a nadie de su amor; no es el padre de un pueblo o de determinado número de personas, es padre de todos. Un padre que nos hace hermanos entre nosotros. Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades.

Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Por el bautismo somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Por el bautismo somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. Jesús, luego de ser bautizado no volvió a su casa de Nazaret ni se quedó con los discípulos de Juan, fue a anunciar el amor del Padre y hacer presente con signos concretos la misericordia de Dios en el mundo.

En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.

Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                           Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6

R. Sacarán agua con alegría
de las fuentes de la salvación.

Este es el Dios de mi salvación:
yo tengo confianza y no temo,
porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación. R.

Den gracias al Señor,
invoquen su Nombre,
anuncien entre los pueblos sus proezas,
proclamen qué sublime es su Nombre. R.

Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
¡que sea conocido en toda la tierra!
¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R.

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

Octava de Navidad. Jornada mundial de la paz.

CICLO B

1 de enero de 2018

Maria y Jesus

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 16-21 

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

 Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

 Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción. 

Palabra del Señor 

 

Ya, desde muy antiguo, se celebraba una fiesta en honor a la maternidad de la Virgen, dentro del tiempo de la Navidad. El Papa Pío XI, en 1931, al cumplirse 1500 años de la celebración del Concilio de Éfeso (431), en el que se aprobó solemnemente el título de Madre de Dios (Theotókos), aplicado a la Virgen, estableció la celebración de esta fiesta el día 11 de octubre para toda la Iglesia en occidente, en recuerdo del mencionado Concilio. Con la reforma litúrgica, que tuvo su origen en el Concilio Vaticano II, se volvió a celebrar esta fiesta en el tiempo de Navidad, siguiendo la antigua tradición. Con la fiesta de la maternidad divina de la Virgen María, concluye la octava de Navidad e iniciamos un nuevo año civil.

El Concilio de Éfeso nos enseña que Jesucristo es todo hombre y todo Dios; en la misma persona se dan ambas naturalezas, la humana y la divina. Por lo tanto, María, al ser la madre de esa única persona, es correctamente llamada Madre de Dios.

Qué título tan grande para una creatura: ¡Madre de Dios! Siendo creatura es la madre del Creador, siendo mujer es la madre del Redentor. El Señor tomó de ella su carne y su sangre. Sin embargo, San Agustín nos dice: “Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo”.

¿Qué significa ser discípula, discípulo, de Cristo? El discípulo es el que sigue al maestro y encuentra en Jesucristo el sentido último de su vida. El Evangelio que se proclama en esta fiesta nos muestra a María contemplando todo lo sucedido y meditándolo en su corazón. Hoy se habla mucho de “meditación”. Quizá en una sociedad tan marcada por el ruido y la abundancia de palabras, en donde se destina mucho tiempo a conectarnos con los medios de comunicación masiva y las redes sociales, estamos necesitando tiempo de encuentro con nosotros mismos. Poder mirarnos a nosotros, a los demás y a los acontecimientos cotidianos con ojos de Fe; descubriendo en nuestro interior, en las personas y en lo que nos sucede cada día, la presencia viva de Jesucristo. Él es la Palabra que nos revela el amor de Dios. En Jesucristo, en su vida y en sus palabras, está todo lo que Dios tiene para decirnos. El encuentro personal con Él, llena de significado todo lo que vamos viviendo en el transcurso de nuestra vida. María fue la mujer abierta a la Palabra. Una Palabra que nos llega a través de la Biblia y también en los desafíos que la vida nos va presentando. Palabra que se hace mensaje actualizado en cada acontecimiento que nos toca vivir. Mirar la vida con ojos de Fe, es contemplar la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida. Él se hace presente en el dolor y en la alegría, en el esfuerzo cotidiano y en el reposo; en el ruido de la ciudad, con sus rostros de dolor y ansiedad, con sus conflictos, indiferencias y soledades. Se hace presente también en la intimidad familiar o en el diálogo de amigos. Se hace presente en nuestra soledad y en el encuentro con nuestras virtudes y defectos.

Qué diferente puede ser este nuevo año que comenzamos si nos proponemos, como María y los pastores, asumir una actitud más contemplativa de la vida. Qué diferentes serían nuestros vínculos si pudiéramos contemplar, en cada persona, la presencia de Dios en ella, aquello que el Señor nos quiere regalar en cada ser, único y original, que Él pone en nuestro camino. Qué bien nos haría el poder dejarnos en este año que iniciamos, momentos fuertes de encuentro con la Palabra. Esa Palabra que serena, anima y llena sentido nuestra vida. Esa Palabra que nos trae el perdón y, por eso, nos devuelve la paz. Qué diferentes podrían ser los días de este año si los comenzamos y finalizamos reconociendo los cotidianos regalos de Dios, todo el bien que Él hace en nosotros y, a través nuestro, en los demás. La actitud contemplativa nos lleva al agradecimiento y a la alabanza. Los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído Es esta actitud de alabanza la que nos lleva a madurar en la fe, a crecer en la relación con Aquel que nos ama con amor absoluto.

Desde el tiempo del Beato Papa Pablo VI, se celebra en este día la Jornada por la Paz. Todos los años el Papa nos envía un mensaje con un lema. En este año, el Papa Francisco nos propone como lema: «Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz.» En el número 3 de su mensaje, el Papa nos invita a tener una mirada contemplativa. Nos dice:

La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir». Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.

Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»; en otras palabras, realizando la promesa de la paz.

Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.

Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad», es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.

Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.

Un bendecido año para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                     Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 2a)

R. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra. R.

 

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

SAGRADA FAMILIA. Jesús, María y José.

CICLO B

31 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia, Francisco de Goya

La Sagrada Familia. Francisco de Goya.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas      2, 22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.  

Palabra del Señor

 

Fieles a la Ley de Moisés, María y José cumplen con los rituales establecidos al nacer un niño: la purificación de la madre, la circuncisión del niño (por la cual quedaba incorporado al pueblo de la Alianza, era el momento en el cual se le ponía el nombre) y la presentación en el templo.

¿En qué consistía la Presentación? Todo animal o hijo primogénito debía ser consagrado a Dios. En el caso de los animales, se lo ofrecía en sacrificio en el mismo templo. En el caso de los hijos, se los rescataba y se los presentaba al templo; en ese momento, debía reemplazarse su sacrificio por el de animales. En el momento de la presentación aparecen en escena los ancianos Simeón y Ana. Ellos señalan y alaban a Dios porque en Jesús se ha hecho presente la salvación de los hombres.

En esta fiesta de la Sagrada Familia, fijemos nuestra atención en María y José, presentando al niño. Jesús es aquel que asume en sí toda la humanidad, redime a los hombres y le entrega la humanidad al Padre. Es el verdadero sumo y eterno sacerdote; todo hombre y todo Dios, establece una comunión definitiva entre los hombres y Dios. Él es el auténtico sacrificio cultual que nos reconcilia con el Padre. Ya no se trata de la sangre de animales. Los hombres, en Cristo, nos reconciliamos y nos consagramos a Dios; en Él nos convertimos en hijos de Dios y en Él rendimos el culto verdadero y eterno: el de la obediencia filial al Padre. Nuestra humanidad, en Cristo, fue rescatada, liberada del pecado y ofrecida al Padre.

María y José, participan de esta ofrenda significada en la ceremonia de la Presentación. La familia de Jesús colabora de una manera especial en la obra de la salvación. Toda familia está llamada precisamente a esto: a realizar en Cristo, con Cristo y por Cristo, la obra salvadora de la humanidad.

La gran familia de Dios que es la Iglesia se convierte, en cada familia, en una Iglesia doméstica. Toda familia está llamada a alimentar su fe en el vínculo con Dios presente en ella. Toda familia está llamada a anunciar esa fe al mundo. Toda familia, por la presencia de Jesús en ella y por la acción del Espíritu Santo, participa de la familia trinitaria y es presencia de la Trinidad en el mundo.

El niño crecía y se fortalecía en sabiduría y en gracia. Es la familia el lugar del crecimiento en la fe. Para esto son necesarias tres cosas: el diálogo, la oración en común, el vínculo del amor.

Dialogar no es sólo comunicar ideas y sentimientos; dialogar es buscar juntos la verdad y crecer en obediencia a ella. Dialogar es entender al otro desde su realidad y poner nuestra vida al servicio del crecimiento del otro. El diálogo no es el camino de una simple búsqueda del consenso. Dialogar es decirle al otro que Dios tiene una misión reservada para él. El diálogo implica el respeto al lugar que cada uno tiene en la familia. Es misión de los padres educar y, por eso, junto al diálogo, poner límites, orientar, señalar rumbos y caminos. El diálogo no anula el valor de la autoridad, necesario en todo proceso educativo. Poner límites, generar estilos de vida, corregir y alentar, son signos de amor paternal y maternal hacia aquellos a quienes Dios les confió como hijos.

Orar juntos es discernir la voluntad de Dios; es dejar que la presencia de Dios nos ilumine y anime. Rezar es dejar que el Señor nos transmita su Espíritu de amor. La familia es el lugar en donde nuestra vida cobra sentido al servicio de la vida del otro.

Toda familia está llamada a construir la gran familia de los hijos de Dios.

 

Nos preguntamos: ¿Cultivo en mi familia espacios de diálogo, oración y crecimiento en el amor?

Una bendecida fiesta de la Sagrada Familia para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                          Sal 104, 1b-6. 8-9

R. El Señor, se acuerda eternamente de su Alianza.

¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas! R.

¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder,
busquen constantemente su rostro! R.

Recuerden las maravillas que él obró,
sus portentos y los juicios de su boca.
Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido. R.

Él se acuerda eternamente de su alianza,
de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham,
del juramento que hizo a Isaac. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

NATIVIDAD DEL SEÑOR.

CICLO B

25 de diciembre de 2017

La Natividad-Fra Angélico

La Natividad, de Fra Angélico.

Les presentamos los comentarios a los Evangelios que serán proclamados en la misa de la noche (24 de diciembre) y en la misa del día (25 de diciembre): 

 

MISA DE LA NOCHEBUENA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 1-14

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. 

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: 

« ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» 

Palabra del Señor 

 

En la noche en la que nace el Emanuel, el Dios con nosotros, en la que la presencia de Dios se manifiesta en nuestra humanidad, una multitud del ejército celestial, junto al Ángel, proclama: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»

Qué necesidad tenemos de encontrar la paz. Miramos, como sobrepasados por la realidad, tantas muertes en el mundo como consecuencia de la violencia. Nos conmueve las heridas y las muertes de niños inocentes, ver tantas familias destruidas y tantas pérdidas de seres queridos. En nuestra Patria hemos visto en estos días escenas de violencia que nos entristecen y preocupan. Nos duele la violencia en los hogares y en las ciudades, nos atemoriza la violencia delictiva, fruto de un narcotráfico que actúa con la impunidad que brinda la complicidad de parte de nuestros dirigentes políticos y nuestros administradores de justicia.

No sólo es violencia el derramamiento de sangre. Es violencia la situación de nuestros mayores que, luego de haber trabajado durante toda la vida, no reciben ni siquiera lo necesario para cubrir por unos días sus necesidades básicas. Es violencia la brecha que se establece entre las diferentes asignaciones, cuando en muchos casos el que menos cobra es el que más trabajó. Es violencia que todavía sigan existiendo tantos lugares de prostitución, emparentados con la trata de personas. Son expresiones de violencia la cantidad de tantos chicos desnutridos o viviendo en la calle, cuando lo producido en la Argentina nos podría llevar en poco tiempo a la pobreza cero, si hubiera una mayor equidad y justicia social. Son violentos los talleres clandestinos y la injusta retribución de las riquezas. Es violencia el difícil acceso a la salud, a la vivienda y a la educación. Toda injusticia, exclusión y marginación es una forma de violencia.

Nos recordaba el Beato Papa Pablo VI en los lemas de dos jornadas mundiales de la paz (1972 y 1977): Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si quieres la paz, defiende la vida.

Esa paz que el niño Dios nos trae en esta noche, es confiada a cada uno de nosotros. Como decía San Juan Pablo II, la paz es un don de Dios, confiado a los hombres. La recibimos como don y es, a la vez, tarea nuestra alimentar ese don y transmitirlo a los demás. La paz no es mágica, hay que recibirla, buscarla, encontrarla, alimentarla y transmitirla.

Esa paz que no es ausencia de conflicto, sino que surge cuando se asumen los conflictos con espíritu de diálogo. Sólo dialoga el que escucha y valora lo que de verdad hay en el otro. Esa paz que sólo se hace presente en nuestra sociedad cuando vamos dando pasos no sólo de crecimiento económico sino también de justa retribución de las riquezas. Esa paz que brota en el corazón de aquel que trabaja por la vida y por todas las vidas, del que no se apodera de los bienes que nos fueron dados por Dios para todos.

Fuimos creados para vivir en paz. Jesús antes de partir nos dejó no sólo la paz sino su paz. Esa paz que sólo Él nos puede dar.

En esta noche en la que la historia de los hombres cambió para siempre, el Evangelio nos revela cómo encontrar esa paz.

En primer lugar, aceptando con gozo y humildad el regalo de esta noche. Dios es ese regalo. Él quiere habitar en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Hecho carne en nuestra carne, permanece para siempre con nosotros. Nuestra fealdad y nuestro pecado no lo aleja de nuestras vidas; por el contrario, quiere estar en nosotros para perdonarnos y sanarnos desde lo más íntimo de nuestro ser. Su presencia misericordiosa y cargada de ternura es la fuente de nuestra paz.

Jesús nace pobre y débil. Al inicio de este relato hay dos escenas que contrastan entre sí. Por un lado, el poder dominador de César Augusto, el hombre más poderoso de su tiempo, gobierna un inmenso imperio y todos le obedecen; es casi el rey del mundo. El emperador de Roma era temido y cuando sus órdenes no se cumplían las represalias no conocían límites. Por otro lado, María y José, dos desconocidos que viven en un lugar desconocido para muchos, la Galilea; ellos, obedeciendo al decreto del emperador, inician un viaje penoso y dificultoso, sobre todo para una mujer embarazada; en condiciones normales ese viaje dura cuatro días de caminata. Jesús nace en un pesebre porque no había lugar para ellos en una habitación. Cuando los profetas anunciaban algo de parte de Dios tenían que probar la veracidad de sus revelaciones con algún signo extraordinario; en este caso se trata de revelaciones hechas a través de un Ángel y referida nada menos que al Salvador del mundo. El signo tenía que ser espectacular. Sin embargo, no tiene nada de eso, la señal dada es la debilidad de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Dos escenas contrapuestas: la de César Augusto y la de Jesús. Escenas que nos transmiten dos imágenes antagónicas: poder y debilidad. Dios opta por la debilidad, nace en la debilidad. Para muchos la historia pasa por los poderosos; en cambio, para Dios, la historia de la salvación se hace presente en lo sencillo y despreciado. No son nuestras actitudes de dominación y atropello, no es nuestro poder humano, no son nuestros éxitos autorreferenciales, no son las conquistas de espacios de poder o nuestra dureza de corazón ante una ofensa recibida, los que nos conducirán por el camino de la paz. Sólo una vida vivida en el amor generoso, gratuito y misericordioso, nos darán la verdadera paz. En Jesús, Dios vino a traer el perdón y la reconciliación. Sólo en el perdón encontraremos la libertad interior que nos conduce a la paz. Cuando no perdonamos, seguimos esclavos de situaciones y personas, de angustias y dolor; eso nos quita la paz. Cuando nos afirmamos en nuestro dominio sobre el otro, nos hacemos esclavos de ese dominio. El perdón y el servicio a los demás, nos liberan de las cadenas que nos impiden realizar aquello para lo cual fuimos creados.

Los primeros en recibir la noticia no son los poderosos especialistas en la Ley o en las Escrituras, no se les revela en primer lugar a los escribas ni a los fariseos ni a los sacerdotes; la revelación la reciben sencillos pastores, hombres sin prejuicios, receptivos, humildes, no tenidos en cuenta. Dios ha elegido lo débil de este mundo, dice San Pablo. Dios se pone al lado de los débiles, opta por ellos. Brota la paz en nuestro corazón cuando le abrimos el corazón y tendemos la mano a aquellos que la sociedad excluye. Lo que hacemos por el más pequeño, el más despreciado, es por Dios que lo hacemos. Nace la paz cuando somos capaces de abrirle el corazón al que sufre y nos dejamos convertir en instrumento de consuelo y fortaleza.

A partir de esta noche, quizá nada o pocas cosas cambien fuera nuestro. Todo puede cambiar en nuestro interior si nos abrimos a la paz que el mismo Dios nos trae. Él es nuestra paz. El amor que todo lo perdona, es el camino hacia esa paz. La mano tendida hacia el que sufre, por cualquier motivo, es el espacio y lugar en donde Dios quiere nacer hoy en nuestras vidas; ahí está el auténtico pesebre navideño.

 

SALMO RESPONSORIAL                                                       Sal 95, 1-3. 11-13

R. Hoy nos ha nacido un Salvador:
el Mesías, el Señor.


Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Alégrese el cielo y exulte la tierra,
resuene el mar y todo lo que hay en él;
regocíjese el campo con todos sus frutos,
griten de gozo los árboles del bosque. R.

Griten de gozo delante del Señor,
porque él viene a gobernar la tierra
él gobernará al mundo con justicia
y a los pueblos con su verdad. R.

 

MISA DEL DÍA DE LA NAVIDAD

Principio del santo Evangelio según san Juan     1, 1-18 

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz,
sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Este es aquel del que yo dije:
El que viene después de mí
me ha precedido,
porque existía antes que yo.»

De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre.

Palabra del Señor. 

 

Todos los domingos de Navidad, la Iglesia nos presenta este Evangelio conocido como el prólogo del Evangelio según san Juan. Posiblemente se trate de la adaptación de un himno rezado por la comunidad cristiana y que fue adaptado y ubicado al inicio del Evangelio.

Nunca las palabras podrán expresar en plenitud el misterio que hoy celebramos. Quizá la poesía, género literario al que pertenece este prólogo del Evangelio, sea el medio por el cual se pueda expresar con más profundidad el misterio de Dios hecho hombre entre los hombres. El misterio nunca es oscuridad; es una luz tan intensa y profunda que nuestra mente humana nunca podrá explicar en plenitud. Somos llamados a contemplar el misterio, a dejarnos iluminar por él, a dejarnos conducir por él.

En este himno se lo presenta al hijo de Dios como la Palabra hecha carne.

Qué haríamos los hombres si no tuviéramos palabras para expresarnos. Cuando decimos palabra, queremos señalar todo aquello con lo cual comunicamos nuestros sentimientos, nuestras ideas; palabras son también nuestros gestos y silencios, nuestra mirada y nuestras posturas. Con la palabra nos comunicamos a nosotros mismos; con la palabra nos hacemos presentes en el mundo y en la vida de los otros, con ella damos visibilidad a nuestra existencia. Con la palabra podemos ayudar a otros a encontrar la luz, con la palabra podemos animar, dar vida, reencender el entusiasmo. Cuando nuestra palabra es portadora de la Palabra de Dios, nuestra palabra realiza grandes cosas.

Jesucristo es la presencia viva de Dios en la vida de los hombres. Esto es lo que hoy celebramos. Hoy hacemos memoria de la venida de Dios al mundo en el seno de la Virgen. Hoy celebramos la esperanza de saber que el Señor volverá lleno de gloria en la plenitud de los tiempos a dar pleno cumplimiento a la promesa del Padre. Hoy  celebramos también la presencia cotidiana de Dios en la vida, en la carne, en el cuerpo de cada uno de nosotros. Somos seres habitados por Dios. Nuestro ser humano se ha llenado de la presencia de Dios. Y, en cada Navidad, esa presencia se hace más viva en nuestra existencia.

La Palabra es presencia de luz que viene a iluminar nuestras tinieblas. La Palabra visibiliza el amor del Padre. En Jesús se hace visible la misericordia de Dios. Vivimos muchas veces sumergidos en las tinieblas de nuestros miedos, de nuestras incertidumbres, de nuestros pecados. Necesitamos la luz que da sentido a todo lo que vivimos, la luz que ilumina y permite ordenar todo nuestro ser hacia su fin último: amar y servir al Señor.

Esta Palabra no sólo ilumina, es la Palabra que realiza en nosotros aquello que pronuncia. La Palabra que nos da vida, vida nueva, vida en el amor. Es la Palabra que sana nuestras heridas y nos permite perdonar. Es la Palabra que reconcilia, que nos fortalece, que permite que el amor se haga carne en nuestra carne. Es la Palabra que nos convierte en hijas e hijos de Dios. Es el Hijo que se unió para siempre a nuestra carne y que nos convirtió en hijos de Dios. En Cristo hemos recibido la más grande de las dignidades. Y, porque somos hijos de un mismo Padre, la Palabra nos hace hermanos de todos.

Necesitamos de esta Palabra para que cada día todo cobre sentido: el esfuerzo, los momentos de dolor y alegría, el descanso, la vida que llega y la vida que parte. Es la Palabra que purifica nuestra vida del pecado, que nos convierte cada día, devolviéndonos el gozo de vivir en Gracia de Dios.

 

SALMO  RESPONSORIAL                                                               Sal 97, 1-6

R. Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.


Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.

Canten al Señor con el arpa
y al son de instrumentos musicales;
con clarines y sonidos de trompeta
aclamen al Señor, que es Rey. R.

 

Una bendecida Navidad para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

IV domingo de Adviento 

Ciclo B 

24 de diciembre de 2017

La anunciación-Fra Angélico

La anunciación. Fra Angélico.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas      1, 26-38 

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

En este último domingo del Adviento, la Iglesia nos invita a contemplar la figura de María en la escena de la Anunciación. Este relato, en su sencillez, encierra una riqueza muy grande en cuanto a contenidos de nuestra Fe.

María y José están en el período llamado desposorio: sus padres ya han arreglado todo, se han comprometido en matrimonio, ya son esposos, pero todavía cada uno vive en su casa, con obligación de fidelidad, esperando el momento, según la costumbre en su tiempo, en donde el esposo va a buscar a su esposa y se inicia, recién ahí, la convivencia matrimonial. Este período podía durar varios días y hasta meses.  Por eso, María dice que no convive con ningún hombre.

Lucas ubica la escena en Nazaret. Se trata de una ciudad de la periferia, lejos de Jerusalén, el centro de la vida política y religiosa del pueblo. Se da el anuncio en una casa simple de una sencilla aldea. Está destinado a una mujer que como tal ocupaba un lugar de exclusión en aquellos tiempos y en aquellas culturas. Dios elige a una mujer simple de pueblo; no a alguien perteneciente a la clase sacerdotal o a los notables de la nación. Se trata de un acontecimiento que se da en la sencillez de lo cotidiano. El poder de Dios actúa en lo débil y en la precariedad humana.

El ángel la saluda llamándola: la llena de gracia; utiliza, para ello, una palabra griega (kejaritomene) que no se usa en ninguna otra oportunidad. Esto indica que la gracia de Dios se hizo presente en María de una forma singular. Es la poseída por la Gracia, toda ella está llena de la gracia de Dios. Nuestra confianza está ahí: la gracia de Dios actúa en nuestra debilidad, realizando incluso lo que humanamente es imposible. María confía en aquello que el Ángel le dice: no hay nada imposible para Dios.

José pertenece a la familia de David. El Mesías esperado debería ser un descendiente de David capaz de ocupar su trono. En Jesús se cumple la promesa. El ángel Gabriel es aquel que en el Antiguo Testamento anuncia los tiempos mesiánicos. Muchas veces los profetas recurrieron a la imagen de la mujer joven para hablar de Israel, una mujer muchas veces infiel. Pero cuando hablan de los tiempos mesiánicos dicen que la mujer joven ya no merecerá reproches porque conservará su virginidad. Al hablar el texto de la mujer virgen está diciendo que ese nuevo pueblo ya tiene su origen. Comienzan los nuevos tiempos de la historia. El misterio de la encarnación señala un nuevo tiempo para la humanidad. Ahora, la vida y la historia de los hombres cuenta para siempre con la presencia de Dios. El eterno comienza a vivir en nuestra temporalidad; el todo poderoso, en nuestra debilidad.

Jesús es hijo de David (de donde tenía que nacer el Mesías) y es hijo de Dios. Cuando los profetas hablan de que el Mesías recibirá el título de hijo de Dios, se refieren a una especial adopción de Dios. Aquí se nos dice algo más todavía, se expresa que Jesús nace por obra del Espíritu Santo y, por eso, es en verdad el hijo de Dios. No es un mero título o una cuestión de adopción. Jesús es todo hombre y todo Dios. En Jesús se da nuestro encuentro definitivo con Dios; vivimos en Dios y Él vive en nosotros. En cada Navidad celebramos el acontecimiento que cambia para siempre nuestra historia. Ya nada podrá separarnos de Dios. Asumida nuestra humanidad por el hijo de Dios somos partícipes eternos de la vida trinitaria.

En esta escena hay dos personajes: María y la Palabra. Como mujer de Fe, reconociendo las imposibilidades humanas para que suceda lo anunciado, María confía plenamente en el actuar de Dios y se entrega al cumplimiento de su voluntad. El sí de María es fruto de un proceso que se da en diálogo con la Palabra. Oye, interroga, quiere saber, termina aceptando la autoridad y el poder de la Palabra. Pide que se cumpla en ella la Palabra. Este es el camino de la Fe. La fe nos lleva por un rumbo en donde, muchas veces, las posibilidades humanas nos hablan de imposibilidad. Desde la fe es posible contemplar la vida que surge en la misma muerte, el bien que nace hasta del mismo mal, la buena nueva que anuncia lo que humanamente se presenta como irrealizable.

 

Nos preguntamos: ¿Vivo mi vida desde la Fe, dejando que el Señor me conduzca por sus caminos y abandonándome a su actuar amoroso? ¿Pongo mi confianza en Dios, en el don de su Gracia?

Un bendecido Adviento para todos,

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                       Sl 88, 2-5. 27. 29

R. Cantaré eternamente el amor del Señor

Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo.» R.

Yo sellé una alianza con mi elegido,
hice este juramento a David, mi servidor:
«Estableceré tu descendencia para siempre,
mantendré tu trono por todas las generaciones.» R.

El me dirá: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le aseguraré mi amor eternamente,
y mi alianza será estable para él. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

III domingo de Adviento

CICLO B

17 de diciembre  de 2017

San Juan Bautista, Leonardo da Vinci

San Juan Bautista. Leonardo da Vinci

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan       1, 6-8. 19-28 

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»

«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»

«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

La figura de Juan Bautista aparece en dos de los cuatro domingos de Adviento. Es un personaje central en la historia de la salvación. Muchos, en su tiempo, lo confundían con el Mesías esperado; incluso, cuando se escribió el evangelio según san Juan, existían todavía discípulos de Juan Bautista que lo veneraban, sin reconocer a Jesús como el Salvador. Ante esta realidad, se hacía necesario aclarar cuál era su verdadero lugar; por eso, el evangelio de Juan, comparando a Juan Bautista con Jesús, insiste desde lo negativo: no es el Mesías, no es Elías que regresa, no es el profeta esperado como sucesor de Moisés, no es digno siquiera de desatar la correa de la sandalia del Mesías. De ahí que cuando Juan da su verdadera identidad lo hace alegando a Isaías, el profeta del destierro: Una voz grita en el desierto, preparen un camino al Señor; tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios (Is 40,3). El evangelio según san Juan lo va a presentar, en definitiva, como testigo de la luz.

El testigo es el que habla de lo que vio y oyó. La Iglesia está llena de testigos. Algunos de ellos derramaron su sangre por confesar a Jesús y dar testimonio de él, como Juan Bautista. El testigo es un hombre o una mujer que vive una profunda intimidad con Dios, habla de lo que conoció. El testigo define su identidad en función de Jesús; toda su vida cobra sentido a partir de ser testimonio vivo de su actuar en la historia. El testigo anuncia con humildad y valentía aquello que encontró. Es portador de una luz que no le pertenece, que lo supera. Esa luz es Jesucristo. El tema de la luz está muy presente en el evangelio según san Juan. Jesucristo se va a definir como la luz; recordemos que luego de devolverle la vista al ciego va a decir: yo soy la luz del mundo.

Esto nos lleva a reflexionar sobre cuál es nuestro lugar en el mundo. Muchas veces podemos caer en la tentación de sentirnos nosotros los salvadores del mundo, la luz que ilumina a los ignorantes. Es ahí cuando comenzamos a ocupar un lugar que no nos pertenece, el lugar de Jesús. Él es el salvador, Él es la luz, y nosotros somos testigos de esa luz. Nuestra misión es como la de Juan, mostrar la luz verdadera, hacerla presente, llevar a los hombres al encuentro con Jesús. Esto nos da una profunda paz porque cuando nos consideramos a nosotros mismos como los salvadores de los otros o del mundo, nos ubicamos en un lugar que nos supera y nos lleva a querer controlar lo que sólo Dios puede controlar. El testigo vive la serenidad del que sabe que anuncia a los otros a Aquel que es salvación para todos y, por eso, lo hace desde un lugar de verdadera humildad. Dejamos de ser verdaderos testigos cuando nos anunciamos a nosotros mismos o cuando pensamos que por ser anunciadores del Evangelio, somos mejores que los demás.

En esta perspectiva, también podemos caer en el error de poner nuestra mirada en personas que “idolatramos” y no las vemos en relación a su misión de testigos del Señor. Identificamos su persona con la persona de Jesús y dejamos de ver su lugar de mediadores, no aceptando sus límites y debilidades. De esa manera les exigimos a los demás que sean Dios y no aceptamos que en su limitación humana son simples servidores, como nosotros, del verdadero Dios. Cuando pretendemos que las personas sean la luz que iluminen nuestras vidas y no encontramos esa luz en el Señor, nos volvemos injustos demandantes de los demás.

No fuimos hechos para vivir en las tinieblas. Dios viene a nosotros para que  encontremos en Él la luz verdadera. Este encuentro nos convierte en testigos, ante el mundo. Este tiempo de la historia, tan marcado por realidades de oscuridad nos interpela a asumir con alegría la misión de testigos que el mismo Jesús nos confía. Esta Navidad va a ser luz para nuestras vidas si vivimos un profundo encuentro con el Señor y proclamamos serena y humildemente su nombre a nuestros hermanos.

 

Nos preguntamos: ¿Es Jesús la luz que ilumina lo cotidiano de mi vida? ¿Asumo con alegría ser un testigo humilde y valiente de Jesucristo?

Un bendecido Adviento para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                      Lc 1, 46-50. 53-54

R. Mi alma se regocija en mi Dios.

Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.

Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia. R.