COMENTARIO AL EVANGELIO

XVI  Domingo   durante el año

CICLO A

23 de julio de 2017

La cosecha-Vela Zanetti

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         13, 24-43

     Jesús propuso a la gente otra parábola: 

    «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

    Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.

    Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

    “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».

    También les propuso otra parábola:

    «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas».

    Después les dijo esta otra parábola:

    «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

    Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:

        «Hablaré en parábolas

        anunciaré cosas que estaban ocultas

        desde la creación del mundo».

    Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».

    Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

    Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.

    ¡El que tenga oídos, que oiga!» 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Recordemos que en el capítulo trece, Mateo reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. También recordemos que cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra.  Cada una de estas parábolas toma un aspecto del mismo. Hoy meditaremos tres de ellas.  Como en el caso de la parábola de la semilla, proclamada el domingo anterior, Jesús expone abiertamente, estas tres parábolas, al pueblo.

Las imágenes usadas por Jesús: trigo, cizaña, semilla de mostaza, árbol, levadura, son perfectamente comprensibles para quienes lo escuchan porque formaban parte de sus vidas cotidianas.

Estas tres parábolas nos llevan a preguntarnos cómo se relaciona el bien con el mal, en el Reino de los Cielos.

  • EL BIEN Y EL MAL EXISTEN EN TODOS NOSOTROS

Nos cuesta aceptar que exista el mal en el mundo y en nuestras vidas. Todos nos preguntamos sobre la existencia del mal. Es importante tener en claro que ninguna persona se identifica plenamente con el bien o plenamente con el mal. Tanto uno como el otro están presentes en todo corazón humano; aunque haya personas especialmente tomadas por el mal. Si quisiéramos eliminar al “malo” de una comunidad o de la sociedad, no quedaría ninguno, ya que en todos está el mal, también en nosotros. No nos toca a nosotros pronunciar sentencia sobre las personas y su tiempo de conversión. Nos toca, distinguir entre el bien y el mal, alimentar el bien, ayudarnos unos a otros a crecer en él y entusiasmarnos con la alegría de pertenecer al Reino de Dios. Somos responsables de ayudar a nuestros hermanos a crecer en el bien y de crecer nosotros también en él. Corregir, no es sinónimo de condenar. La corrección tiene que estar siempre motivada por la búsqueda del bien del otro y el reconocimiento de nuestro ser pecador. Somos invitados a la paciencia porque en todo corazón humano existe el bien y todos podemos cambiar en algún momento. No nos corresponde a nosotros poner los tiempos; estos son de Dios. Entre la siembra y la cosecha hay un largo  tiempo, en el cual conviven el bien con el mal; en ese tiempo debemos animarnos en el bien unos a otros.

  • EL REINO NOS LLAMA A SER HOMBRES Y MUJERES DE DISCERNIMIENTO.

Es interesante observar que el brote de la cizaña es muy parecido al brote del trigo; al comienzo cuesta distinguirlos. Recién cuando la cizaña crece se la puede identificar. A veces, no es fácil distinguir entre lo bueno y lo malo. Decisiones y opciones, aparentemente buenas pueden tener una intención oculta o pueden causar daño, aún sin quererlo; pueden, también, no responder a la voluntad de Dios. Estamos llamados a ser hombres y mujeres de discernimiento;  en donde, a la luz de la Palabra, podamos distinguir en cada momento de nuestras vidas por dónde pasa el bien y por dónde pasa el mal, qué es lo que el Señor quiere de nosotros. Muchas veces hay cosas moralmente buenas pero que el Señor no quiere que la realicemos en ese momento de nuestra vida; o puede darse la posibilidad de optar por dos cosas moralmente buenas pero imposibles de ser realizadas a la vez. El discernimiento nos permite ver qué es lo que Dios quiere para cada uno de nosotros en un momento concreto de nuestra existencia. El verdadero bien consiste en hacer la voluntad del Padre. El discernimiento nos permite no arrancar el bien al querer eliminar el mal. Esto necesita de tiempo y oración, diálogo con la Palabra, dejarnos ayudar en el discernimiento, escucha desde la Fe, vida sacramental.

  • EL REINO SE DESARROLLO DESDE LO PEQUEÑO Y OCULTO DE CADA DÍA

Tanto en la imagen de la semilla de mostaza como en la levadura, aparece el Reino como algo pequeño y oculto al comienzo. Hay una valoración de lo pequeño. De lo pequeño surge la vida. Una vida que tiene que acoger a todos de tal manera que los pájaros del cielo vayan a cobijarse en sus ramas; en el Reino de Dios, todos tienen que encontrar cobijo. La Iglesia, como signo del Reino, tiene que acoger cordialmente a todos. El fermento está oculto en la masa. El Reino tiene que hacerse presente en la sociedad sin buscar lugares de exhibición, privilegio o poder. Trabaja desde el interior de los corazones y de las estructuras. Es interesante notar que no somos los cristianos los que tenemos que ser levadura sino que el Reino es el fermento. Nosotros somos  anunciadores y servidores de ese Reino. Este se hace visible a través nuestro pero no somos nosotros los que transformamos la sociedad; es el Reino de Dios el único capaz de transformar la vida de los hombres. Nosotros estamos al servicio de él.

Es importante ver en las tres parábolas la dimensión dinámica del Reino: se desarrolla en el tiempo. En el juicio final, el mal será definitivamente vencido y podremos disfrutar eternamente del bien. Este es el fundamento de nuestra esperanza. 

Nos preguntamos: ¿Soy  hombre o mujer de discernimiento? ¿Comprometo mi vida al servicio del bien? ¿Ayudo a crecer a los otros en el bien? ¿Hago presente el Reino de Dios en la sociedad?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                         Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno e indulgente.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica! R.
Todas las naciones que has creado vendrán a postrarse delante de  ti,
y glorificarán tu Nombre, Señor,
porque Tú eres grande, Dios mío,
y eres el único que hace maravillas. R.

Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso,
lento para enojarte, rico en amor y fidelidad,
vuelve hacia mí tu rostro
y ten piedad de mí. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

XV Domingo   durante el año

CICLO A

16 de julio de 2017

El sembrador-Van Gogh

El Sembrador de Van Gogh

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 13, 1-23

     Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

    Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

    Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

    Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

“Por más que oigan, no comprenderán,
por más que vean, no conocerán.
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,
tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,
para que sus ojos no vean,
y sus oídos no oigan,
y su corazón no comprenda,
y no se conviertan,
y yo no los sane”.

Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno». 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditamos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar,  pasa de la revelación íntima a una proclamación pública. Además, el número siete significa totalidad, plenitud; se trata de la revelación  pública del Reino.

Nos puede ayudar a comprender el texto  tener en claro dos cosas: qué es una parábola y qué se entiende por Reino de los Cielos.

Las parábolas son comparaciones que nos iluminan sobre un aspecto del Evangelio. No podemos pretender encontrar en ella toda la doctrina. Por eso, no se debe sacar una conclusión de cada una de las imágenes que nos presenta. Tenemos que captar cuál es el tema central sobre el cual la parábola nos quiere iluminar. La parábola implica siempre un esfuerzo interpretativo del que la escucha. Su comprensión dependerá, en gran medida, de la actitud que tiene el que la reciba.

Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Desde muy antiguo, el pueblo de Israel tenía conciencia que Dios era su Rey, interesado siempre en el bien y la paz de su pueblo. Muchas veces habían sido dominados por gobernantes que tenían planes y pensamientos muy diferentes a los de Dios. Otras veces, fueron dominados por pueblos y gobernantes extranjeros, como en el momento en que vivió Jesús o cuando se escribió el Evangelio según san Mateo. Ellos estaban esperando con ansias la venida de un reino en donde Dios mismo los gobernase y los llevase a una situación de paz y prosperidad. Muchos imaginaban este reino semejante a los otros reinos existentes; esperaban la restauración de la monarquía y un mesías con poder militar y político que, en nombre de Dios, los liberara de la dominación extranjera y les diera unidad, pureza en el cumplimiento de la ley y poderío. Jesús tiene una clara conciencia mesiánica; Él es el Mesías, pero  su mesianismo pasa por asumir la debilidad, el fracaso y la muerte, de la que siempre saca vida. No es el Mesías triunfalista, conforme a las expectativas políticas sino el Mesías misericordioso que viene a transformar, desde lo profundo, los corazones de los hombres y la vida de las sociedades. Por eso, para Jesús, era imprescindible aclarar en qué consistía en verdad el Reino por Él anunciado. Cada parábola, narrada en este capítulo trece, nos va a permitir comprender mejor las características  de ese Reino que Él viene a hacer presente.

En la segunda parte del texto, el autor inspirado, hace una aplicación de la parábola a las circunstancias que la Iglesia estaba viviendo en ese momento. Ya no insiste  en el tema de la tierra sino en el fracaso de muchos miembros de la comunidad. No está puesta la atención en la semilla sino en la actitud de las personas y en las situaciones adversas a la fecundidad de la Palabra: incomprensión, inconstancia, apego a las riquezas y a las preocupaciones cotidianas, persecución…

Sabemos que la Palabra de Dios es eficaz y que siempre realiza lo que dice. Esta es una parábola que los anima, ya que una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento. Además, de ese 10 por ciento, tenían que darle una buena suma a los dueños de los campos que vivían en la ciudad. Es una palabra que los invita a mantenerse fiel a pesar de las persecuciones y dificultades.

Esta parábola nos invita hoy, a nosotros,  a escuchar la Palabra con atención cada día. Nos puede ayudar a meditarla hacerlo en tres pasos.

  • En un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente  para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias  o a comentarios autorizados.
  • No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para mí. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiar la Palabra, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a los que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de toda una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra muchas veces nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.
  • En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.

Abramos nuestro corazón para que la Palabra, escuchada con atención, eche raíces en nosotros, ilumine nuestro camino, nos haga crecer en la Fe, nos anime en la Esperanza y nos fortalezca en el Amor. La Palabra no sólo nos ilumina, también realiza en nosotros aquellos que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55,10-11)  en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero….dice el Señor.

Nos preguntamos: ¿Leemos cotidianamente la Palabra? ¿La meditamos, es decir, dejamos que la Palabra ilumine nuestra vida? ¿Nos dejamos transformar por ella, encontrando la fortaleza en la misma Palabra?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL   Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)

R. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.

Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.

Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.

Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan. R.

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XIV Domingo   durante el año

CICLO A

9 de julio de 2017

Jesús Misericordioso-Eugênio Kazimirowski

Jesús Misericordioso de Eugênio Kazimirowski.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        11, 25-30

     Jesús dijo:

    Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

    Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

    Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo se comprende con más profundidad ubicándolo en su contexto histórico cultural. En la sociedad judía en la que vivió Jesús, el prestigio estaba dado por el conocimiento de la Ley. Ese prestigio era usado muchas veces como forma de dominio sobre los demás. Para muchos, los ignorantes de la Ley eran considerados malditos. La marginación de la mujer y de los grupos más sencillos, tenía que ver con la imposibilidad de formar parte de una escuela rabínica para el estudio de la Ley. Era ese conocimiento el que hacía con que una persona formara parte importante y protagónica de la comunidad. Jesús alaba al Padre porque a través de su predicación, y la de los discípulos, los más sencillos de la sociedad, los ignorantes de la Ley, reciben con alegría la Buena Noticia. Él ha querido dar a conocer el amor del Padre a los excluidos y marginados de su tiempo.

En un segundo momento del Evangelio, Jesús invita a los cansados y agobiados a descansar en Él y a cargar su yugo. La exclusión siempre genera agobio y tristeza. El yugo es esa madera pesada que se coloca sobre la nuca de los animales para conducirlos, a forma de timón. Cuando siendo chico, escuchaba este Evangelio, me costaba entender cómo Jesús, por un lado, invitaba al descanso y, por otro lado, invitaba a cargar un yugo; me parecía contradictorio. Lo entendí cuando comprendí lo que significaba el yugo en el tiempo y la cultura de Jesús. El yugo era la Ley. Incluso, era una expresión corriente decir que “tal persona cargaba el yugo en la escuela de tal rabí”. Aprender la Ley, era cargar el yugo. Ese yugo se tornaba insoportable. La Ley tenía tantas prescripciones y prohibiciones, era tan casuística y meticulosa que se hacía muy difícil y agobiante su cumplimiento. Además, si bien toda sociedad necesita de leyes, y no hay grupo social que pueda vivir sin la existencia de ellas, la ley de por sí no carga de sentido nuestras vidas. La ley no tiene poder para salvarnos y darle significado a nuestra existencia. El mismo Jesús les reclamaba: ponen sobre los demás pesadas cargas. El apóstol San Pedro va a decir, refiriéndose a la Ley: ese yugo que ni nosotros ni nuestros padres pudimos soportar.

Ahora el yugo ya no es la Ley, es Cristo. Jesús nos propone otro  yugo, el del amor. Y ese yugo es suave y liviano porque, si bien implica nuestro esfuerzo, nos realiza profundamente como personas. Somos imagen y semejanza de Dios y Dios es amor. Nuestra existencia cobra sentido de vida cuando amamos con el amor del Señor. Este amor ilumina nuestra existencia y nos permite encontrar nuestro lugar en el mundo. Podemos amar con el amor de Dios porque Dios vive en nosotros. El amor es la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Esto nos produce un profundo gozo y descanso en Él.

Nosotros podemos reducir el cristianismo a la búsqueda de una perfección exterior y legal. Muchas veces lo que podemos buscar con esto es la autosatisfacción ególatra. Confundimos perfeccionismo con santidad. El santo es aquel que deja que el Espíritu Santo configure su vida a la vida de Cristo. La santidad parte siempre de un encuentro profundo y vivencial con el único santo que es Jesús. Por la acción del Espíritu Santo recorremos ese camino de creciente comunión con el Señor. Requiere nuestra libre aceptación y poner nuestra voluntad al servicio de la Gracia; pero es la Gracia de Dios la única capaz de hacernos santos. No se trata de buscar yugos sino de aceptar el suave yugo del amor como donación cotidiana de nuestro ser. La santidad implica siempre la búsqueda liberadora del sufrimiento, sobre todo de los pobres y excluidos. El santo es el que carga el yugo de Jesús, compartiendo la vida con el Maestro, discerniendo su voluntad y encontrando en Él, nuestro descanso. Él es nuestro modelo. Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana, dice el Señor.

 

Nos preguntamos: ¿Qué yugo cargo en mi vida: el de la fría ley o el del amor, el del mero cumplimiento o el del Evangelio? ¿Descanso en el Señor?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                Sal 144, 1-2. 8-11. 13c-14 (R.: cf. 1)

R. Bendeciré tu nombre eternamente.

Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey,
y bendeciré tu Nombre eternamente;
día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.

El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen
y endereza a los que están encorvados. R.

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XIII Domingo   durante el año

CICLO A

2 de julio de 2017

La crucificción-Giotto

La Crucifixión. Giotto.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        10, 37-42

     Dijo Jesús a sus apóstoles:

    El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo es continuación del que escuchamos el domingo pasado, en donde Jesús nos advierte que todo aquel que quiere ser su discípulo deberá enfrentar incomprensiones y persecuciones. Inicia, haciendo referencia al amor de los hijos a sus padres y de los padres a sus hijos; dos dimensiones de amor muy intensas en la vida de una persona. Un padre o una madre darían la vida por su hijo. Un hijo no puede no amar a aquellos que le regalaron y cuidaron su vida. A partir de aquí Jesús nos dice que para ser su discípulo tenemos que tener por Él un amor más grande aún del que tenemos por un hijo o por nuestros padres. Va más lejos aún: habla de amar con un amor que nos lleve a entregar la propia vida, lo más valioso que tenemos, a entregarlo todo; un amor “crucificado”. La cruz era el peor castigo que una persona podía recibir; implicaba un sufrimiento muy grande y ser expuesto a una situación vergonzosa, en donde la persona era mostrada públicamente en su dolor hasta la muerte. Un ciudadano romano, nunca podía ser crucificado.

Todos amamos “ordenada” y “diferenciadamente” en la vida. No es lo mismo el amor a un hijo que el amor a un desconocido que sufre. No es lo mismo el amor expresado a nuestros padres que el amor de un novio a su novia. El amor adquiere formas diferentes y jerarquías diversas. La palabra amor siempre implica entrega, generosidad, servicio, pero todo esto se expresa en forma diversa e implica diversos tipos de vínculos. Son distintos sentimientos que se expresan y diferentes formas de compromiso vincular.

El propio Jesús, en consonancia con la ley que Dios transmitió su pueblo, nos llama a respetar y amar a nuestros padres y a cuidar la vida que hemos traído al mundo. Es más, Dios nos enseña a respetar el don de toda vida, de nuestra propia vida. Por eso, este Evangelio no es una invitación a no amar a las personas y a no tener un sano amor a nosotros mismos. Muy por el contrario, es un llamado a valorar la vida, dándole a la misma un sentido de existencia y una dimensión de eternidad; a ordenar toda nuestra existencia en función de crecer cotidianamente en el amor a Dios.

Todo lo que somos y tenemos es un regalo de Dios. Todo lo hemos recibido de Dios, por Cristo: los seres queridos, nuestra familia y amigos y nuestra propia vida. Amarlo a Él, sobre todas las cosas, responder con un amor pleno a Aquel de quien recibimos todo, carga de sentido nuestra existencia, plenifica nuestra vida y da sustento al amor que tenemos a aquellos que el Señor nos regaló como familiares y amigos. Es en el vínculo de amor a Dios que nuestra vida se realiza plenamente porque de Él procedemos y hacia Él vamos. Sólo Dios es el amor absoluto que carga de felicidad y honda paz nuestra existencia.

Hay una mirada concupiscente de la vida y una mirada sacramental de ella. Cuando absolutizo cada persona, acontecimiento, vínculo, etapa de la vida o actividad, como si ahí estuviera el sentido pleno de mi existencia, estoy absolutizando lo que no es absoluto; entonces, se produce en mí un profundo vacío. Le pido a las personas o a las cosas que sean Dios. Como no lo son, experimento la desazón y me vuelvo injusto demandante de los demás. Una mirada sacramental es disfrutar cada vínculo y etapa del camino como una presencia del amor de Dios que se hace visible en las personas  y en las experiencias cotidianas de la vida. El sacramento es siempre un signo detrás del cual Jesús actúa en nosotros. Los seres queridos son esos regalos amorosos de Dios que nos conducen a Él y que nos permiten gozar anticipadamente del encuentro definitivo con Él. Y porque Dios nos dio la vida, toda ella es para Él. Cuando se la entregamos totalmente, la ganamos. Fuimos creados a imagen de un Dios que es amor. Por eso, cuando damos la vida por amor, estamos encontrando la vida, su sentido más profundo y su dimensión de eternidad.

Ese amor a Dios nos lleva a recibirlo en cada persona que Dios pone en nuestro camino. Cada persona nos habla de Él. Toda vida humana es una profecía del amor de Dios. Acoger un discípulo del Señor es recibirlo a Él.

El amor implica poner nuestros sentimientos y emociones en función del ser amado. Pero el amor no se reduce a un sentimiento, es una opción de libre respuesta ante Aquel que me amó primero. Amar, entregarle toda la vida a Dios, le da sentido pleno a todo aquello que cotidianamente vivimos.

Amar a Dios como el fin último de nuestra existencia es dejar que ese amor sea la luz que orienta todas nuestras decisiones y opciones; es discernir lo que debo hacer en cada momento de mi vida en función de amarlo más a Él. El amor a Dios pasa por la obediencia a su voluntad, porque es el amor a Aquel que modeló mi existencia y sabe mejor que yo lo que es bueno para mí en cada etapa de la vida.

San Ireneo nos recuerda:  la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios.

 

Nos preguntamos: ¿Es el amor a Dios lo que da sentido y orienta mi vida? ¿Lo amo en todo y en todos? ¿Tengo una mirada sacramental de la vida y de las personas?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19 (R.: 2a)
R. Cantaré eternamente el amor del Señor.


Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque Tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo». R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre,
serán exaltados a causa de tu justicia. R.

Porque Tú eres su gloria y su fuerza;
con tu favor, acrecientas nuestro poder.
Sí, el Señor es nuestro escudo,
el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

XII Domingo   durante el año

CICLO A

25 de junio de 2017

Las antorchas de Neron

Antorchas de Nerón (1877), pintura de Henryk Siemiradzki 
que representa la persecución de cristianos por Nerón

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     10, 26-33

     Jesús dijo a sus apóstoles:

    No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

    No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

    ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

    Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En el inicio del capítulo diez del Evangelio según san Mateo, el evangelista  narra el llamado y el envío de los doce. Jesús les advierte sobre los sufrimientos y persecuciones por las que tendrán que pasar. E inmediatamente los invita a superar el temor, dando inicio así a los versículos proclamados en este domingo. Por otro lado, es importante recordar que, cuando se escribe este Evangelio, los cristianos, llamados nazarenos, son formalmente expulsados de las sinagogas y viven atisbos de incomprensión y persecución. Esta persecución se intensifica luego de la destrucción del templo de Jerusalén, cuando la sociedad judía, monopolizada por el grupo de los fariseos, establece una religiosidad fuertemente normativa, cerrándose a todo aquello que cuestionara la tradición legal.

En este contexto es donde  el evangelista nos transmite la invitación de Jesús a no tener miedo y a proclamar abiertamente el Reino. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. Jesús tuvo que transmitir su mensaje en forma velada porque no podían entenderlo. Luego de su muerte y resurrección, los discípulos debemos proclamarlo sin temor alguno. Si Cristo fue perseguido por anunciar el Reino, incluso fue asesinado, esto también le puede pasar al discípulo del Señor. El Reino cuestiona muchas veces criterios y mentalidades sustentadoras de actitudes y sistemas injustos, denunciando la injusticia existente en el corazón de los hombres y en muchas estructuras sociales, políticas y económicas. Por esto,   es muchas veces resistido y combatido. Muchos cristianos sufrieron y sufren hoy persecución a causa de su compromiso con la misión evangelizadora. Reconocer a Jesús es no callar ante la injusticia, no ser cómplices de la mentira y la corrupción, siendo artífices de justicia, paz  y reconciliación, amando con gratuidad y misericordia.

Puede haber un anuncio implícito de Jesús a través de  nuestras actitudes y opciones de vida. Es necesario también un anuncio explícito, comunicando a Jesucristo y al Evangelio como el sentido último de nuestra existencia.

Si lo reconocemos abiertamente ante los hombres, Él nos reconocerá ante el Padre. Reconocerlo implica jugarnos por el bien de las personas, especialmente de los más débiles y excluidos de la sociedad, con libertad de espíritu ante las consecuencias negativas que nos pueda traer.

Tres veces nos dice Jesús en este texto: no teman:

  • No teman a los hombres: no se paralicen ni se acomplejen: Él nos envía y nos da la gracia necesaria para realizar la misión; lo hacemos en su nombre y con su Gracia; hemos recibido su Espíritu, que nos ilumina y fortalece.
  • No teman a los que matan el cuerpo. Nos podrán matar el cuerpo nunca, la persona. Nada ni nadie podrá privarnos de participar del Reino eterno de Dios.
  • No teman… valen más que muchos pájaros. Si Dios cuida de los pájaros, cuánto más cuidará de nosotros. La providencia de Dios actúa siempre en nuestras vidas.

Jesús nos invita a la confianza. La superación del temor no es fruto de un optimismo superficial o ingenuo, negador de la realidad y de los riesgos que implica una vida testimonial. Tampoco es fruto de un optimismo voluntarista. El temor es una sensación normal en todo aquel que tiene conciencia de las consecuencias que muchas veces puede tener el jugarse por la verdad. El cristiano puede superarlo desde una actitud de confianza en el actuar de Dios. Él siempre nos concede aquello que nos pide. Dios nunca nos niega las gracias necesarias para que podamos proclamar la Palabra que libera y da sentido a la vida. Jugar la vida por Él, es encontrar la vida verdadera.

 

Nos preguntamos: ¿Me juego por la verdad y la justicia? ¿Soy libre para anunciar a Cristo o me dejo condicionar por el miedo al qué dirán, a la incomprensión o intolerancia de los demás? ¿Qué debemos profundizar en este momento de la historia para que el Reino sea anunciado?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                 Sal 68, 8-10. 14y 17. 33-35(R.: 14c)
 

R. Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Por ti he soportado afrentas
y la vergüenza cubrió mi rostro;
me convertí en un extraño para mis hermanos,
fui un extranjero para los hijos de mi madre:
porque el celo de tu Casa me devora,
y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian. R.

Pero mi oración sube hasta ti, Señor,
en el momento favorable:
respóndeme, Dios mío, por tu gran amor,
sálvame, por tu fidelidad.
Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor,
por tu gran compasión vuélvete a mí. R.

Que lo vean los humildes y se alegren,
que vivan los que buscan al Señor:
porque el Señor escucha a los pobres
y no desprecia a sus cautivos.
Que lo alaben el cielo, la tierra y el mar,
y todos los seres que se mueven en ellos. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

Solemnidad del

Ssmo. CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

TIEMPO DURANTE EL AÑO.

CICLO A.

La ultima cena-Da Vinci

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan                6, 51-58

 Jesús dijo a los judíos:

 «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

¿Quién de nosotros no desea vivir eternamente? Todos amamos la vida como el primer don de Dios.

En el Evangelio de Juan, cada milagro de Jesús es un signo que nos revela su persona. En cada uno de ellos, Él explicita su identidad. Cuando le devuelve la vida a Lázaro, Él se presenta como la resurrección y la vida. Cuando le devuelve la vista al ciego, se presenta como la luz verdadera. Y así, en cada signo. En el Evangelio de hoy vemos como, luego de la multiplicación de los panes, se presenta diciendo: Yo soy el pan vivo. El que coma de este pan vivirá eternamente. Esta es una referencia a Gn 3,22: …tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre. Jesús es el verdadero árbol de la vida del que Adán había sido privado.

Este Pan de Vida, realiza la comunión, obra la salvación en nosotros y nos abre las puertas de la eternidad.

REALIZA LA  COMUNIÓN

El pan simboliza todo aquello que necesitamos para vivir. Cuando le pedimos a Dios el pan, le estamos pidiendo todo lo necesario para la vida. Jesús es el alimento que nos da la vida eterna; esta, no es una prolongación indefinida de la actual. Cuando decimos vida eterna hablamos de la plenitud de la vida, en donde recibiremos todos los bienes esperados y en donde no existirá ningún mal. Al recibir a Jesús, ya participamos de esa vida que no es otra cosa que vida en el amor, síntesis de todos los bienes.  Un día, esa vida, de la que ya participamos, llegará a su plenitud en nosotros. Por eso, la eucaristía es la comunión, en Cristo, de los hombres entre sí y de los hombres con el Padre; y es anticipo de la plenitud del encuentro definitivo. Leemos en la segunda lectura de la misa de hoy (1Cor 10, 16-18): Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.

OBRA LA SALVACIÓN

Nos puede escandalizar, como escandalizó a los judíos, que alguien nos proponga comer su carne. La carne simboliza toda la persona, no se trata solamente del cuerpo material. El cuerpo y la sangre es el signo del nuevo cordero, imagen expiatoria para el pueblo elegido. Ya no es el cuerpo y la sangre de un animal lo que nos salva. Ahora Jesús es el Salvador, la nueva y eterna Alianza. La carne del Hijo del hombre no es la carne de un cadáver. Se trata del cuerpo de Jesús glorificado. Permanecer en él, es el camino de la salvación. Esta es una insistencia propia del Evangelio según san Juan. Dice Santo Tomás: ¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios? No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales. Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

NOS ABRE A LA ETERNIDAD

Cuando comemos el Cuerpo de Cristo y bebemos su Sangre, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección. Celebrar la Eucaristía es celebrar la Pascua, el triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. En la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, adoramos la presencia real del Señor y celebramos el misterio central de nuestra fe, el misterio pascual. Esta fiesta nos invita a adorar la presencia real de Jesús en el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre, y a contemplar, en Él, el amor infinito del Señor que dio la vida para que nosotros tengamos vida eterna.

En un mundo tan herido por tantos signos de muerte, que este alimento de vida, mueva nuestros corazones para que se haga pasión en nosotros el cuidado de la vida. Él vino para que tengamos vida en abundancia.  Entregar la vida para que el otro tenga vida es encontrar la vida verdadera. Sólo desde una profunda comunión con Cristo podemos vivir esta dimensión del amor que le da sentido pleno a nuestra existencia. La vida está en amar como Jesús; por eso sólo en Él está la vida verdadera.

 

Nos preguntamos:

¿Encuentro en Jesús la fuente de mi vida? ¿Cuido mi vida y la vida de mis hermanos?

Una gozosa fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                            147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)
R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

¡Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión!
El reforzó los cerrojos de tus puertas
y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.

El asegura la paz en tus fronteras
y te sacia con lo mejor del trigo.
Envía su mensaje a la tierra,
su palabra corre velozmente. R.

Revela su palabra a Jacob,
sus preceptos y mandatos a Israel:
a ningún otro pueblo trató así
ni le dio a conocer sus mandamientos. R.

COMENTARIO AL EVANGELIO

Solemnidad de

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

TIEMPO DURANTE EL AÑO

CICLO A.

La Trinidad-El Greco

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan                      3, 16-18

 Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Celebrar la fiesta de la Trinidad es contemplar a nuestro Dios en su perfecta unidad. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

En todos nosotros hay un deseo profundo de unidad. Cuando en nuestras familias y ciudades, respiramos un clima de concordia, entendimiento y generosidad, experimentamos gozo en nuestro corazón. En cambio, cuando nos encontramos con situaciones de ruptura, indiferencia y agresividad, nos invade la tristeza. Fuimos creados para la comunión porque somos imagen y semejanza de un Dios que es comunión de personas. El creador, que nos hizo semejantes a Él, nos hizo para la unidad. La oración de Jesús, antes de partir, en el momento culminante de su vida y de la historia fue un ruego al Padre para que seamos uno como Él y el Padre son uno.

Siempre experimenté esta fiesta de la Trinidad como el gran signo vocacional. Al contemplar al Dios Uno y Trino, contemplamos nuestra vocación más honda. Fuimos llamados a participar de la comunión trinitaria. Cuando el Hijo de Dios se hace hombre y une a la humanidad a Él, cuando sella en la cruz una Alianza nueva y eterna, nos hace partícipes para siempre de su vida. En Cristo está la humanidad y, por eso, la humanidad está en Dios. Nosotros formamos parte de esa vida de comunión trinitaria. Este es el maravilloso misterio que da sentido a nuestro vivir cotidiano. Cuando decimos misterio no decimos oscuridad sino exceso de luz. Se trata de una verdad tan grande que el ser humano no puede contener en plenitud con su limitada inteligencia y capacidad de comprensión. Por eso, la ausencia de unidad nos hace tanto daño; en el fondo, es una renuncia a vivir el sentido más profundo de nuestra existencia. La oración  y  el compromiso en la construcción de la unidad, nos realiza como personas porque fuimos creados por Dios para vivir en comunión.

Una unidad que no es anulación de la persona sino su plena realización. Las tres personas trinitarias son diferentes entre sí y llegan a ser un solo Dios porque viven en la plenitud del amor. Se definen por su relación de amor. Al Padre lo llamamos así porque es todo para el Hijo; el Hijo es todo para el Padre; ambos viviendo un amor absoluto y eterno que se hace eternamente persona en el Espíritu Santo. Nosotros, podemos vivir en comunión porque siendo diferentes nos descubrimos necesitado unos de otros. La unidad es posible cuando, teniendo mirada diferentes nos abrimos a la búsqueda de la verdad, no absolutizando nuestra opinión como si fuera la verdad absoluta. En toda persona hay algo de verdad. Decía el poeta Atahualpa Yupanqui que hasta un reloj descompuesto, cuyas agujas no se mueven, dos veces al día coincide con la verdad. Sólo Jesucristo es la Verdad. Nosotros somos buscadores y poseedores limitados y parciales de ella. Podemos vivir en comunión cuando entendemos nuestras diferencias en reciprocidad de amor. El amor significa entregar a los demás este ser único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y valorar el original regalo que Dios nos hace en cada persona que pone en nuestro camino ¡Qué diferente sería nuestra vida si lo primero que vemos en el otro es aquello que Dios nos quiere regalar a través de él! Incluso en la indiferencia y la maldad del otro, Dios algo me está regalando, al provocar el perdón en nosotros; porque cuando perdonamos, Él se hace presente en nuestras vidas. La unidad es fruto de la justicia y la verdad, también lo es del perdón.

El amor de Dios trasciende la intimidad trinitaria. Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. El Padre nos entrega a su propio Hijo porque nos quiere amar como a su propio Hijo. Dice un pensador: Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, Dios Padre ya no puede mirar a su Hijo sin dejarnos de mirar a nosotros en Él. Somos uno en el Hijo y, por eso, ese amor absoluto que el Padre tiene por su Hijo, lo tiene por cada uno de nosotros que vivimos en Él. Ese acto de amor de Dios es el que da vida a nuestro amor fraterno. Siendo uno en el Hijo, somos hermanos entre nosotros e hijos de un mismo Padre. Esa vida de comunión, en el Hijo, con el Padre y entre nosotros, se hace presente, en nuestras vidas, por la acción del Espíritu Santo. Por eso, celebrar esta fiesta de la Trinidad, en el domingo siguiente a Pentecostés, nos invita a disponernos a la acción del Espíritu, para que Él uniéndonos a Cristo, nos haga uno entre nosotros y con el Padre. La unidad es posible cuando nuestro corazón se abre al don de Dios. Don que Dios nos confía. Es la oración y el compromiso en construir la unidad lo que nos lleva a encontrar el sentido más profundo de nuestras vidas, hallando así la paz y la alegría interior que todos anhelamos.

Creer en el nombre del Hijo único de Dios, es creer que en Cristo es posible la unidad.

 

Nos preguntamos:

¿Invoco el don de la unidad, fruto de la acción del  Espíritu Santo? ¿Acojo ese don y me comprometo a entregar la vida para que crecer en él? ¿Alimento mi amor en el amor del Padre manifestado en Cristo?

Una gozosa fiesta de la Trinidad,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                      Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56

R. A ti, eternamente, gloria y honor.

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres,
alabado y exaltado eternamente.
Bendito sea tu santo y glorioso Nombre,
alabado y exaltado eternamente.R.

Bendito seas en el Templo de tu santa gloria,
aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el trono de tu reino.
aclamado por encima de todo y exaltado eternamente. R. 

Bendito seas Tú, que sondeas los abismos
y te sientas sobre los querubines,
alabado y exaltado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el firmamento del cielo,
aclamado y glorificado eternamente. R.