COMENTARIO AL EVANGELIO

XXXI  domingo durante el año

CICLO A

5 de noviembre  de 2017

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Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo        23, 1-12 

    “Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado».”

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

El auditorio al que Jesús se dirige, es similar al del discurso del monte (las bienaventuranzas), la multitud y sus discípulos, a los que previene sobre la actitud negativa de los escribas y fariseos, en una primera parte del discurso, para luego enfocar la atención sobre su comunidad, los que quieren ser sus discípulos.

Los escribas, o maestros de la Ley, en tiempos de Jesús, se especializaban en la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras, algunos pertenecían al partido religioso de los fariseos, éstos últimos eran un partido político religioso que había nacido en momentos difíciles del pueblo judío. En momentos de persecución religiosa con motivo de las invasiones de los griegos y los romanos, muchos miembros del pueblo se doblegaron y aceptaron la religión pagana, o permitieron que entraran costumbres e ideas del paganismo. Entre los que cedieron se contaba un buen número de sacerdotes. Frente a esta situación, los judíos más piadosos se agruparon e hicieron frente a esta infiltración del paganismo ya que significaba una amenaza para la religión y la identidad de Israel. Recordemos que las veces que el pueblo fue detrás de dioses paganos, rompió la Alianza, experimento grandes sufrimientos, como el exilio, por ejemplo. Este grupo recibió el nombre de fariseos, que significa “separados”, ya que se apartaron de los demás asumiendo una actitud de total intransigencia ante los invasores. El punto central de su práctica religiosa, era la estricta observancia de la Ley. Opuestos a los invasores paganos y a los sacerdotes que colaboraban con los dominadores. Se dedicaban al estudio de la Ley y la tradición día y noche para conocerlas mejor y así practicarlas sin defectos, llegando a una práctica, muchas veces, ostentosa como para que sirviera de reproche a aquellos que preferían acomodarse al imperio de turno. El problema está en que muchas veces, algunos de ellos caían en faltas graves cómo la ostentación y la jactancia, cuando sus prácticas tenían como objetivo sólo el ser vistos, llegando, incluso a lo que el Evangelio llama “hipocresía”, cuando sus prácticas de piedad eran sólo un barniz que no respondía sus convicciones interiores. Es a éstos que cuestiona Jesús, ya que, con otros, que no merecían este reproche, en varias oportunidades Jesús ha compartido la mesa.

Jesús reconoce que las enseñanzas de los fariseos son buenas, por eso manda hacer lo que ellos dicen, pero nos advierte de su ejemplo, no hacer nada de lo que ellos hacen. Desaprobando la exterioridad y la hipocresía. Esas cargas pesadas a las que se refiere, son las interpretaciones rígidas y severas de la Ley, que con el deseo de ser más observantes que los demás imponían su propia interpretación como absoluta pretendiendo obligar a los demás. De este modo la Ley era más un obstáculo para el hombre que camino para llegar a Dios. Los fariseos hipócritas eran muy estrictos para con los demás, pero ellos no eran así consigo mismos cuando nadie los veía.

Por eso para ser vistos, exageraban agrandando las filacterias, esas franjas con los textos de las escrituras que los judíos piadosos se atan en la frente y en las manos cuando tienen que rezar ciertas oraciones, para cumplir de manera simbólica, el precepto que dice que los mandamientos de Dios deben ser llevados como una atadura en las manos y como un colgante ante los ojos. El tema es que estos fariseos las llevaban también fuera de los momentos de culto. Lo mismo, la prescripción que dice que se hagan borlas o flecos en los bordes del manto, el mismo Jesús los usaba, un dato de esto lo tenemos en la escena de la mujer que se acerca a tocarle los flecos del manto para obtener la salud.

Lo mismo sucede con los primeros lugares en los banquetes y en las sinagogas, que se reservan para determinadas personas. La crítica de Jesús se dirige a los que buscan esos lugares simplemente para ponerse “por encima” de los demás, evidente acto de soberbia, lo mismo sucede con los saludos.

Al dirigirse a los discípulos, comienza con “no se hagan llamar…” esto Jesús no lo hace en nombre de ninguna ley, sino a partir de la nueva realidad que se vive en el Reino de Dios, él es nuestro único Maestro y Padre, Cristo el único Doctor, y entre nosotros somos hermanos, y si hay algo que en lo que podemos destacarnos y aspirar a ocupar el primer lugar es en el servicio desinteresado a los demás.

No es cuestión del uso de las palabras o títulos, sino de la actitud de búsqueda de esos títulos pretendiendo ponernos por encima de los demás. San Pablo no tiene problema en ser llamado Maestro, y el mismo enseña que hay muchos maestros.

Los títulos en la Iglesia, indican servicio, que debe conducir a descubrir la paternidad de Dios, y comprender las enseñanzas del único Maestro.

Para Jesús el mayor en la comunidad es el que se pone al servicio de los demás, es decir el que adquiere las mismas actitudes de Él.

Nada en los Evangelios está escrito porque sí, Mateo trae a la memoria de su comunidad estas palabras de Jesús porque seguramente que en ella habría aparecido esta tentación de dominio, y nos lo repite a nosotros porque estamos expuestos a la misma tentación, sacerdotes y laicos.

 

Nos preguntamos: ¿Mis prácticas religiosas son un reflejo de lo que llevo en mi corazón? ¿Cuándo realizo algún servicio, lo hago desinteresadamente, o busco los aplausos?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rubén J. Fuhr SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

 

SALMO RESPONSORIAL                              Sal 130, 1.2.3
R. Guarda mi alma en paz, junto a ti, Señor
Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad. R/.

Sino que acallo
y modero mis deseos,
como un niño
en brazos de su madre. R/.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre. R/.

 

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XXX DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 22,34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

    Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

La pregunta que este fariseo le hace a Jesús, responde a una necesidad que los maestros  tenían de poder sintetizar, de una manera realizable, el cumplimiento de la ley, ya que esta contenía 613 mandamientos. Conocer y practicar todos ellos era prácticamente imposible. Los especialistas de la ley se preguntaban cómo poder encontrar una síntesis que le permitiera ser fieles a Dios.

Jesús responde combinando dos mandamientos: el del amor a Dios (Dt 6,4-5) y el del amor al prójimo (Lv 19,18). Los presenta como la síntesis de toda la Escritura.

¿Qué es amar? El Papa Benedicto XVI nos ilumina enormemente, en este tema, en su primera Encíclica Deus Caritas est. Ahí nos señala dos dimensiones del amor:

  • El amor de eros o amor de complacencia. Por él gozamos la presencia del otro como un bien en nuestra vida. No amamos su utilidad sino el bien de su persona. Es el amor propio de los esposos, el amor que da inicio al camino de la amistad, el amor que nos mueve encontrarnos espontáneamente con alguien y disfrutar su presencia.
  • Una segunda dimensión, es el amor de ágape o de donación. Nuestra realización más profunda está en comprometer nuestra vida con el bien de los demás. Fuimos creados a imagen de Jesucristo quien vivió su vida en compromiso continuo con el bien de los otros. Cuando amamos con su mismo amor, nos realizamos profundamente como personas. Es la dimensión del perdón, del devolver bien por mal, de buscar para el otro el mismo bien que quiero para mí. Esta dimensión nos da la libertad de un amor no condicionado por la respuesta del otro o por la compensación recibida. Purifica el amor de todo egoísmo y nos lleva a una experiencia fuerte de identificación con Jesús.

Nosotros también podemos sentirnos abatidos y confundidos, como el pueblo judío, ante el peso de muchos compromisos y tareas; muchas veces podemos experimentarnos dispersos en muchas cosas. El hacerlo todo por amor a Dios y a los hermanos, le da sentido y  unidad a nuestra vida.

Nos preguntamos: ¿El amor a Dios y a los hermanos, unifica y da sentido, en lo cotidiano, a nuestra vida, tareas, compromisos y vínculos? 

¡Un bendecido domingo!

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COMENTARIO AL EVANGELIO

XXX domingo durante el año

CICLO A

29 de octubre de 2017

El Salvador. El Greco

El Salvador. El Greco

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo       22, 34-40 

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Este diálogo de Jesús con el doctor de la ley, está dentro del conjunto de discusiones que mantiene, en el templo, con diversos grupos del judaísmo y que vinimos escuchando en estos últimos domingos. La intención sigue siendo ponerlo a prueba. Este episodio hace referencia a un encuentro previo de Jesús con los saduceos que no es proclamado en los domingos de este ciclo y que se refiere al tema de la resurrección; en la cual, los saduceos, no creían.

La pregunta que le hacen a Jesús responde a una necesidad que los maestros tenían de poder sintetizar, de una manera realizable, el cumplimiento de la ley, ya que esta contenía 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 obligaciones a ser realizadas). Conocer y practicar todos ellos era prácticamente imposible. Los especialistas de la ley se preguntaban cómo poder encontrar una síntesis que le permitiera ser fieles a Dios.

Jesús responde combinando dos mandamientos: el del amor a Dios (Dt 6,4-5) y el del amor al prójimo (Lv 19,18). Los presenta como la síntesis de la ley y los profetas; es decir, de toda la Escritura. Podemos decir que toda la Palabra revelada se resume en ellos; todo otro mandamiento es una explicitación del único mandamiento del amor.

San Pablo enseña “Que la única deuda con los demás sea del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió la ley. .. el amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la ley”. (Rom 13,8-10). San Pablo dice, también que el amor es un camino: “Caminen en el amor (Ef. 5, 2). Ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía” (1Cor 12, 13) y a continuación escribe el himno a la caridad (1 Cor 13), en donde expresa que puedo entregar mi cuerpo a las llamas pero si no tengo amor de nada me sirve. Es el amor lo que da sentido profundo a todo lo que hacemos. No es un mandamiento que nos viene de fuera, está inscripto en nuestra naturaleza humana. Fuimos creados a imagen de Dios y Dios es amor. Sólo en el amor nuestra vida encuentra su sentido, su plena realización.

Podemos preguntarnos qué es amar. Hoy, esta palabra, se usa de tal manera que expresa realidades hasta opuestas entre sí.

El Papa Benedicto XVI nos ilumina enormemente, en este tema, en su primera Encíclica Deus Caritas est, promulgada el 25 de diciembre de 2005. Ahí nos señala dos dimensiones del amor:

  • El amor de eros o amor de complacencia. Por él gozamos la presencia del otro como un bien en nuestra vida. No amamos su utilidad sino el bien de su persona. Es el amor propio de los esposos, el amor que da inicio al camino de la amistad, el amor que nos mueve encontrarnos espontáneamente con alguien y disfrutar su presencia. Dios nos ama con un amor de complacencia y nosotros, también, somos invitados a gozar de su presencia en nuestras vidas.

  • Una segunda dimensión, es el amor de ágape o de donación. Nuestra realización más profunda está en comprometer nuestra vida con el bien de los demás. Fuimos creados a imagen de Jesucristo quien vivió su vida en compromiso continuo con el bien de los otros. Cuando amamos con su mismo amor, nos realizamos profundamente como personas. Nuestro verdadero bien es el compromiso con el bien de cada persona que Dios pone en nuestro camino. Es la dimensión del perdón, del devolver bien por mal, de buscar para el otro el mismo bien que quiero para mí. Esta dimensión nos da la libertad de un amor no condicionado por la respuesta del otro o por la compensación recibida. Purifica el amor de todo egoísmo y nos lleva a una experiencia fuerte de identificación con Jesús.

En su enunciado, Jesús enfrenta a sus adversarios no con dos textos legales, sino con la persona de Dios y con la del prójimo. Lo original del mensaje de Jesús es la vinculación indisoluble entre ambos. El amor a Dios es la raíz que alimenta el árbol del amor al prójimo, le da fundamento y lo hace posible. Sólo desde un vínculo profundo de amor con el Señor podemos vivir el verdadero amor al prójimo. Un amor a Dios que implica la entrega de todo nuestro ser a Él, poner toda nuestra vida a su servicio. Dios es raíz, fuente y origen del amor; bebiendo de esa fuente podemos amar a los demás con su mismo amor.

El amor a Dios se expresa en el amor al prójimo en quien Dios vive. El amor al prójimo como a sí mismo, comenta San Agustín, en la práctica, es el primero, porque amando a quien vemos purificamos nuestros ojos para que podamos amar a quien no vemos.

El Cardenal Pironio decía: No hay más que un modo de servir plenamente a los hombres, servir a Jesucristo. No hay más que un modo de servir plenamente a Jesucristo, servir a los hombres. Sólo por amor a Dios amamos verdaderamente al hermano con un amor de libertad y gratuidad. Quien no funda su vida en un vínculo de amor con Dios, empieza a demandar a los demás que sean como Dios, comienzan a exigir una plenitud de amor que sólo Dios nos puede dar. En Cristo, Dios y el hombre se han unido para siempre; no se puede amar a Dios sin amar al hombre.

Nosotros también podemos sentirnos abatidos y confundidos, como el pueblo judío, ante el peso de muchos compromisos y tareas; muchas veces podemos experimentarnos dispersos en muchas cosas. El hacerlo todo por amor a Dios y a los hermanos, le da sentido y unidad a nuestra vida.

Nos preguntamos: ¿El amor a Dios y a los hermanos, unifica y da sentido, en lo cotidiano, a nuestra vida, tareas, compromisos y vínculos? ¿Cómo expresamos, en lo concreto, nuestro amor a Dios y al prójimo?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

SALMO RESPONSORIAL                          Sal 17, 2-4. 47. 51ab (R.:2)    

R. Yo te amo, Señor, mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, mi fuerza,
Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador. 
R.

Mi Dios, el peñasco en que me refugio,
mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoqué al Señor, que es digno de alabanza
y quedé a salvo de mis enemigos. R.

¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca!
¡Glorificado sea el Dios de mi salvación.
Él concede grandes victorias a su rey
y trata con fidelidad a su Ungido. R.

 

 

 

XXIX DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 22,15-21 

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

    Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

    Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

    Le respondieron: «Del César».

    Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» 

¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también,  respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios.

Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

 ¡Un bendecido domingo!

Mateo 22,15-21 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXIX  domingo durante el año

CICLO A

22 de octubre  de 2017

La moneda del Cesar-Antonio Arias

La moneda del César. Antonio Arias. Museo del Prado     

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         22, 15-21 

    Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

    Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

    Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

    Le respondieron: «Del César».

    Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Es interesante observar que la pregunta es: ¿Está permitido pagar el impuesto…? ¿A qué se debe esa interrogación? En la época de Jesús, el reino de Judá estaba sometido al imperio romano. Un gobernador ejercía la autoridad en nombre del emperador que, en esa época, era Tiberio César. El emperador usaba títulos divinos y exigía actos de culto a su persona. Las monedas llevaban la figura del emperador en ese momento, Tiberio César Augusto, y una inscripción que decía hijo del divino Augusto; en el reverso llevaba la figura de una mujer portando los atributos de la diosa de la paz. Esto, a los judíos religiosos, les traía grandes conflictos; cómo le iban a rendir culto a un hombre que se ponía en lugar de Dios. Por otro lado, el imperio les exigía el pago de grandes sumas de dinero en calidad de impuesto, llevando al pueblo de Judá a una condición de gran pobreza. Esta situación los condujo, después de la muerte y resurrección del Señor, a una triste y violenta guerra. Todo esto nos aclara respecto el sentido de la pregunta.

Justamente van los fariseos junto a los herodianos para ponerlo a prueba; dos grupos que podemos considerar antagónicos en varios aspectos. Los fariseos eran hombres religiosos que intentaba cumplir y hacer cumplir la ley en toda su extensión, defensores de la independencia del pueblo de Israel, promovían la pureza del culto que sólo se puede rendir a Dios. Los herodianos, en cambio, era un grupo político que luchaban para que toda palestina estuviera bajo el gobierno de Herodes, un judío representante del Imperio y, por lo tanto, vasallo del mismo; no les interesaba mucho el tema religioso y eran considerados “entreguistas” al imperio dominante.

Ambos grupos, enfrentados entre sí, se juntan para tenderle una trampa a Jesús ¿En qué consiste la trampa? Si él responde que no paguen los impuestos, podía ser acusado, por los herodianos, de sublevarse a la autoridad del emperador, como sucedió cuando los sumos sacerdotes lo llevaron preso ante Pilatos. Si decía que pagaran los impuestos, podía ser acusado, por los fariseos, de traidor al pueblo y adorador del César.

Jesús, conociendo su malicia, los desenmascara. No les responde inmediatamente sino que les pide una moneda y les hace una pregunta a la que todos conocían su respuesta. ¿De quién es esa figura y esa inscripción? “Del César”, le respondieron. Entonces den al César lo que le corresponde al César y a Dios lo que le corresponde a Dios.

¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también, respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

Cuando una autoridad civil se hace dueña de las vidas de las personas, cercena sus derechos fundamentales o quiere imponer su pensamiento como el pensamiento único, no aceptando críticas o cuestionamientos, se coloca en lugar de Dios.

Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios. Cuando Dios no ocupa el lugar que tiene que ocupar en nuestras vidas comenzamos a idolatrar personas, objetos materiales, ideas, costumbres. Y esto nos lleva a un profundo vacío interior. Cuando Dios es el sentido último de nuestras vidas, todo lo que hacemos y tenemos lo ponemos a su servicio y al servicio de su Reino.

Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

Hay otro aspecto, en este Evangelio, que nos ayuda a mirar nuestras actitudes. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús para sorprenderlo en alguna contradicción. ¿Con qué actitud nos acercamos nosotros a los demás? Muchas veces podemos vernos tentados a buscar en primer lugar el defecto en el otro, lo que está mal, sus errores o contradicciones. Jesús nos invita a aproximarnos al otro con una actitud de ayuda y animación, como Él los hizo, buscando ayudar a nuestros hermanos a crecer en todo lo bueno que Dios puso en ellos, animándolos en el camino de la fe.

Que en la meditación de este Evangelio, el Señor convierta nuestro corazón, haciéndonos crecer en el amor verdadero que siempre es compromiso con el bien del otro. Cuando ayudamos a otro a crecer en el bien, crecemos nosotros.

 

Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                              Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac (R.: 7b)

R. Aclamen la gloria y el poder del Señor.

Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
pero el Señor hizo el cielo. R.

Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
aclamen la gloria y el poder del Señor;
aclamen la gloria del nombre del Señor.
Entren en sus atrios trayendo una ofrenda. R.

Adoren al Señor al manifestarse su santidad:
¡que toda la tierra tiemble ante Él!
Digan entre las naciones: «¡el Señor reina!
El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.

XXVIII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 22,1-14 

     Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

    De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

    Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

    Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

    Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?.” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

    Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.  

 

La imagen de la boda es muy usada en el Antiguo Testamento para señalar el encuentro del pueblo con su Dios. En el Nuevo Testamento, la imagen alude al Mesías esposo. Según una costumbre de la época, las invitaciones a una boda se hacían reiteradamente. Es interesante observar que el rechazo es por tener la vida comprometida en otras cosas: el dinero… el campo… los bienes materiales… la seguridad individual… las posesiones…  No sólo hay rechazo, algunos maltratan y matan a estos servidores; muchos de los profetas fueron perseguidos y muertos por haber sido fieles a la invitación hecha por Dios a su pueblo.

Nosotros también somos invitados a la fiesta del encuentro con Dios. La fiesta es una dimensión muy importante en nuestra vida. Nos habla de alegría y de celebración comunitaria, de familiaridad y amistad; de encuentros entre jóvenes y viejos; de diálogo y expresión artística.  El encuentro con Jesucristo implica todo esto. El cristiano está llamado a vivir, en comunión con sus hermanos, la alegría de la alianza de Dios con su pueblo. La fiesta mesiánica comienza en esta vida porque ya estamos en comunión con el Hijo por la acción del Espíritu Santo; y, en Jesús, estamos en comunión entre nosotros. Las bodas llegarán a su plenitud en la consumación de los tiempos. Cada banquete eucarístico es un anticipo y una preparación al banquete definitivo.

Nos preguntamos: ¿Vivo la vida en clave festiva, celebrativa? ¿Celebro el encuentro cotidiano con Cristo y con mis hermanos? ¿Me anima la esperanza del banquete definitivo? 

¡Un bendecido domingo!

Mateo 22, 1-14