COMENTARIO AL EVANGELIO

XV Domingo   durante el año

CICLO A

16 de julio de 2017

El sembrador-Van Gogh

El Sembrador de Van Gogh

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 13, 1-23

     Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

    Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

    Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

    Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

“Por más que oigan, no comprenderán,
por más que vean, no conocerán.
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,
tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,
para que sus ojos no vean,
y sus oídos no oigan,
y su corazón no comprenda,
y no se conviertan,
y yo no los sane”.

Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno». 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditamos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar,  pasa de la revelación íntima a una proclamación pública. Además, el número siete significa totalidad, plenitud; se trata de la revelación  pública del Reino.

Nos puede ayudar a comprender el texto  tener en claro dos cosas: qué es una parábola y qué se entiende por Reino de los Cielos.

Las parábolas son comparaciones que nos iluminan sobre un aspecto del Evangelio. No podemos pretender encontrar en ella toda la doctrina. Por eso, no se debe sacar una conclusión de cada una de las imágenes que nos presenta. Tenemos que captar cuál es el tema central sobre el cual la parábola nos quiere iluminar. La parábola implica siempre un esfuerzo interpretativo del que la escucha. Su comprensión dependerá, en gran medida, de la actitud que tiene el que la reciba.

Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Desde muy antiguo, el pueblo de Israel tenía conciencia que Dios era su Rey, interesado siempre en el bien y la paz de su pueblo. Muchas veces habían sido dominados por gobernantes que tenían planes y pensamientos muy diferentes a los de Dios. Otras veces, fueron dominados por pueblos y gobernantes extranjeros, como en el momento en que vivió Jesús o cuando se escribió el Evangelio según san Mateo. Ellos estaban esperando con ansias la venida de un reino en donde Dios mismo los gobernase y los llevase a una situación de paz y prosperidad. Muchos imaginaban este reino semejante a los otros reinos existentes; esperaban la restauración de la monarquía y un mesías con poder militar y político que, en nombre de Dios, los liberara de la dominación extranjera y les diera unidad, pureza en el cumplimiento de la ley y poderío. Jesús tiene una clara conciencia mesiánica; Él es el Mesías, pero  su mesianismo pasa por asumir la debilidad, el fracaso y la muerte, de la que siempre saca vida. No es el Mesías triunfalista, conforme a las expectativas políticas sino el Mesías misericordioso que viene a transformar, desde lo profundo, los corazones de los hombres y la vida de las sociedades. Por eso, para Jesús, era imprescindible aclarar en qué consistía en verdad el Reino por Él anunciado. Cada parábola, narrada en este capítulo trece, nos va a permitir comprender mejor las características  de ese Reino que Él viene a hacer presente.

En la segunda parte del texto, el autor inspirado, hace una aplicación de la parábola a las circunstancias que la Iglesia estaba viviendo en ese momento. Ya no insiste  en el tema de la tierra sino en el fracaso de muchos miembros de la comunidad. No está puesta la atención en la semilla sino en la actitud de las personas y en las situaciones adversas a la fecundidad de la Palabra: incomprensión, inconstancia, apego a las riquezas y a las preocupaciones cotidianas, persecución…

Sabemos que la Palabra de Dios es eficaz y que siempre realiza lo que dice. Esta es una parábola que los anima, ya que una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento. Además, de ese 10 por ciento, tenían que darle una buena suma a los dueños de los campos que vivían en la ciudad. Es una palabra que los invita a mantenerse fiel a pesar de las persecuciones y dificultades.

Esta parábola nos invita hoy, a nosotros,  a escuchar la Palabra con atención cada día. Nos puede ayudar a meditarla hacerlo en tres pasos.

  • En un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente  para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias  o a comentarios autorizados.
  • No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para mí. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiar la Palabra, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a los que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de toda una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra muchas veces nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.
  • En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.

Abramos nuestro corazón para que la Palabra, escuchada con atención, eche raíces en nosotros, ilumine nuestro camino, nos haga crecer en la Fe, nos anime en la Esperanza y nos fortalezca en el Amor. La Palabra no sólo nos ilumina, también realiza en nosotros aquellos que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55,10-11)  en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero….dice el Señor.

Nos preguntamos: ¿Leemos cotidianamente la Palabra? ¿La meditamos, es decir, dejamos que la Palabra ilumine nuestra vida? ¿Nos dejamos transformar por ella, encontrando la fortaleza en la misma Palabra?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL   Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)

R. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.

Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.

Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.

Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan. R.

 

XIV DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 11,25-30

       Jesús dijo:

    Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

    Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

    Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

En la sociedad en la que vivió Jesús, el prestigio estaba dado por el conocimiento de la Ley. Para muchos, los ignorantes de la Ley eran considerados malditos. La marginación de la mujer y de los grupos más sencillos, tenía que ver con la imposibilidad de formar parte de una escuela rabínica para el estudio de la Ley. Jesús alaba al Padre porque a través de su predicación, y la de los discípulos, los más sencillos de la sociedad, los ignorantes de la Ley, reciben con alegría la Buena Noticia. Él ha querido dar a conocer el amor del Padre a los excluidos y marginados de su tiempo.

La exclusión siempre genera agobio y tristeza. Jesús invita a los cansados y agobiados a descansar en Él y a cargar su yugo. En el Antiguo Testamento, el yugo era la Ley. Esta tenía tantas prescripciones y prohibiciones, era tan casuística y meticulosa que se hacía muy difícil y agobiante su cumplimiento. Además, si bien toda sociedad necesita de leyes, ella no tiene poder para salvarnos y darle significado a nuestra existencia. El mismo Jesús les reclamaba: ponen sobre los demás pesadas cargas. El apóstol San Pedro va a decir, refiriéndose a la Ley: ese yugo que ni nosotros ni nuestros padres pudimos soportar.

Jesús nos propone otro  yugo, el del amor. El amor es la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Esto nos produce un profundo gozo y descanso en Él. 

No se trata de buscar yugos sino de aceptar el suave yugo del amor como donación cotidiana de nuestros ser.

Nos preguntamos: ¿Qué yugo cargo en mi vida: el de la fría ley o el del amor, el del mero cumplimiento o el del Evangelio? ¿Descanso en el Señor?

¡Un bendecido domingo!

Come to me-Yongsung Kim

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XIV Domingo   durante el año

CICLO A

9 de julio de 2017

Jesús Misericordioso-Eugênio Kazimirowski

Jesús Misericordioso de Eugênio Kazimirowski.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        11, 25-30

     Jesús dijo:

    Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

    Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

    Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo se comprende con más profundidad ubicándolo en su contexto histórico cultural. En la sociedad judía en la que vivió Jesús, el prestigio estaba dado por el conocimiento de la Ley. Ese prestigio era usado muchas veces como forma de dominio sobre los demás. Para muchos, los ignorantes de la Ley eran considerados malditos. La marginación de la mujer y de los grupos más sencillos, tenía que ver con la imposibilidad de formar parte de una escuela rabínica para el estudio de la Ley. Era ese conocimiento el que hacía con que una persona formara parte importante y protagónica de la comunidad. Jesús alaba al Padre porque a través de su predicación, y la de los discípulos, los más sencillos de la sociedad, los ignorantes de la Ley, reciben con alegría la Buena Noticia. Él ha querido dar a conocer el amor del Padre a los excluidos y marginados de su tiempo.

En un segundo momento del Evangelio, Jesús invita a los cansados y agobiados a descansar en Él y a cargar su yugo. La exclusión siempre genera agobio y tristeza. El yugo es esa madera pesada que se coloca sobre la nuca de los animales para conducirlos, a forma de timón. Cuando siendo chico, escuchaba este Evangelio, me costaba entender cómo Jesús, por un lado, invitaba al descanso y, por otro lado, invitaba a cargar un yugo; me parecía contradictorio. Lo entendí cuando comprendí lo que significaba el yugo en el tiempo y la cultura de Jesús. El yugo era la Ley. Incluso, era una expresión corriente decir que “tal persona cargaba el yugo en la escuela de tal rabí”. Aprender la Ley, era cargar el yugo. Ese yugo se tornaba insoportable. La Ley tenía tantas prescripciones y prohibiciones, era tan casuística y meticulosa que se hacía muy difícil y agobiante su cumplimiento. Además, si bien toda sociedad necesita de leyes, y no hay grupo social que pueda vivir sin la existencia de ellas, la ley de por sí no carga de sentido nuestras vidas. La ley no tiene poder para salvarnos y darle significado a nuestra existencia. El mismo Jesús les reclamaba: ponen sobre los demás pesadas cargas. El apóstol San Pedro va a decir, refiriéndose a la Ley: ese yugo que ni nosotros ni nuestros padres pudimos soportar.

Ahora el yugo ya no es la Ley, es Cristo. Jesús nos propone otro  yugo, el del amor. Y ese yugo es suave y liviano porque, si bien implica nuestro esfuerzo, nos realiza profundamente como personas. Somos imagen y semejanza de Dios y Dios es amor. Nuestra existencia cobra sentido de vida cuando amamos con el amor del Señor. Este amor ilumina nuestra existencia y nos permite encontrar nuestro lugar en el mundo. Podemos amar con el amor de Dios porque Dios vive en nosotros. El amor es la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Esto nos produce un profundo gozo y descanso en Él.

Nosotros podemos reducir el cristianismo a la búsqueda de una perfección exterior y legal. Muchas veces lo que podemos buscar con esto es la autosatisfacción ególatra. Confundimos perfeccionismo con santidad. El santo es aquel que deja que el Espíritu Santo configure su vida a la vida de Cristo. La santidad parte siempre de un encuentro profundo y vivencial con el único santo que es Jesús. Por la acción del Espíritu Santo recorremos ese camino de creciente comunión con el Señor. Requiere nuestra libre aceptación y poner nuestra voluntad al servicio de la Gracia; pero es la Gracia de Dios la única capaz de hacernos santos. No se trata de buscar yugos sino de aceptar el suave yugo del amor como donación cotidiana de nuestro ser. La santidad implica siempre la búsqueda liberadora del sufrimiento, sobre todo de los pobres y excluidos. El santo es el que carga el yugo de Jesús, compartiendo la vida con el Maestro, discerniendo su voluntad y encontrando en Él, nuestro descanso. Él es nuestro modelo. Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana, dice el Señor.

 

Nos preguntamos: ¿Qué yugo cargo en mi vida: el de la fría ley o el del amor, el del mero cumplimiento o el del Evangelio? ¿Descanso en el Señor?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                Sal 144, 1-2. 8-11. 13c-14 (R.: cf. 1)

R. Bendeciré tu nombre eternamente.

Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey,
y bendeciré tu Nombre eternamente;
día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.

El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen
y endereza a los que están encorvados. R.

 

JUNTOS VIVIERON, JUNTOS MURIERON. HOY SON LUZ Y VIDA

Se cumplen cuarenta y un años de la entrega martirial de nuestros cinco Siervos de Dios: Pedro Dufau, Alfredo Leaden, Alfi Kelly, Salvador Barbeito, Emilio Barletti. 

Compartimos con ustedes párrafos de la homilía pronunciada en la misa de aniversario, en el año 2013.

En los años 60 y 70 vivimos un profundo espíritu de renovación en la Iglesia, un ambiente de primavera eclesial. El Concilio Vaticano II, los Documentos finales de Medellín (II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano), Juan XXIII, Pablo VI… Una Iglesia, pueblo de Dios, donde todos somos el cuerpo de Cristo, llamados a crecer en la santidad. Una Iglesia que renovó su forma de celebrar, que revalorizó la Palabra como fuente de vida, una Iglesia que profundizó el diálogo con la cultura, la política, el arte, la ciencia, el diálogo interreligioso, el ecumenismo. Un Concilio que nos habló de un Reino de Dios que se iba tejiendo en la historia de los hombres y sólo en la historia de los hombres; en donde el Evangelio aportaba una esperanza motora: la utopía de una sociedad basada en la justicia y en la inclusión de todos; el ideal del Reino que Cristo hizo presente en la historia de los hombres y que un día llevará a su plenitud. Una Iglesia despojada de todo aquello que históricamente en sus estructuras y vínculos entorpecía la frescura del Evangelio, la aventura apasionante de la Fe, el compromiso de un amor que se hace signo visible en el respeto a la vida de todos y en la protección de los más débiles. Una Iglesia que comenzó a beber en su Padres y en sus Santos, en una historia martirial y profética.

Nos dijo el Concilio en la Gaudium et Spes, uno de los documentos conciliares más iluminadores: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. …La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia… el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente…. Cuanto atenta contra la vida cuanto viola la integridad de la persona humana…cuanto ofende a la dignidad humana…es totalmente contrario al honor debido al Creador (Cfr, 1 y 27).

En este contexto y sólo en este contexto pos conciliar es que podemos entender la entrega martirial de nuestros cinco hermanos, Siervos de Dios. Descontextualizar, es vaciar de contenido. Ellos no murieron accidentalmente. Murieron porque en un momento en donde la vida no era respetada, en donde unos pocos se sentían dueños de la vida y de la verdad, dijeron con la palabra y los gestos: sólo Dios es el dueño de la vida. Animados e iluminados por el Magisterio Conciliar, por Medellín, por el Documento de San Miguel de la Conferencia Episcopal Argentina, animados por los vientos de primavera que se vivían en la Iglesia, comprometieron su vida de fe con la defensa de la vida humana, tornándose una voz profética.

Unos días antes de la masacre, tuvimos nuestra periódica reunión comunitaria. Era un día frío y lluvioso. Fue en el salón de la casa parroquial que da a la calle; biblioteca, en aquel entonces, de la comunidad. Comentamos lo que se comenzaba a percibir en el país: personas que desaparecían, detenciones clandestinas, torturas. Surgió una pregunta: ¿ante tal situación, tenemos que seguir en esta línea pastoral que señala y acentúa el valor de la vida y de la justicia como camino de respeto a la misma? Y la respuesta fue: Sí, porque debemos ser fieles a Dios antes que a los hombres, a los poderosos de este mundo. Sabían que esa respuesta podía traer consecuencias duras pero optaron por ser fieles a Cristo en la certeza de que quien da la vida, gana la vida en Él. Esto hace de esas muertes, muertes martiriales.  Y en el contexto de una Iglesia que iba descubriendo aquello que luego nuestros Obispos argentinos nos recuerdan, en Líneas pastorales para la Nueva Evangelización, cuando señalan que no hay anuncio de la Fe, no hay evangelización, donde no hay compromiso con la vida, con la dignidad humana. Nuestros cinco Siervos de Dios fueron testigos de la fe porque se comprometieron en la defensa de la vida.

Descontextualizar, encierra otro peligro: querer entender las respuestas a la luz del hoy y no a la luz del ayer. El Concilio y Medellín, nos sorprendió. Surgieron diferentes respuestas, fue un tiempo de búsqueda, de diálogo animoso, de discernimiento muchas veces marcado por el enfrentamiento, fue un tiempo de aprendizaje.

Lo cierto es que algo en común marcó la vida de los cinco, con personalidades y maneras de pensar diferentes: querer ser fiel a Jesucristo, defendiendo y promoviendo el valor de la vida.

¡Cuánto hemos aprendido de ellos, tanto aquellos que los conocimos personalmente como quienes los conocieron por el testimonio nuestro! ¡Cuántas veces nos ayudaron a iluminar realidades difíciles de superar! ¡Cuántas veces fueron para nosotros luz y ánimo en el camino de la vida! ¡Cuántas veces hicieron presente en nuestras vidas la Palabra de Dios! ¡Cuántas veces nos alimentaron con la Eucaristía y nos dieron la paz del perdón! De nada valdría una memoria, incluso agradecida, si no bebiéramos de la riqueza de sus vidas y de su entrega final.

Martires Palotinos

¿Qué nos dice hoy la vida y la entrega de ellos?

Esa paz casi sobrenatural que transmitía Alfredo Leaden, nos vuelve a decir que la única violencia válida es aquella que subvierte nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne, la violencia del Espíritu que nos vuelve al proyecto original del Padre y, por eso, nos trae la alegría y la paz de la conversión.

La búsqueda apasionada de la voluntad de Dios de Dios que caracterizaba fuertemente a Alfi Kelly, nos vuelve a decir que no hay misionalidad sin discipularidad, no hay compromiso con la vida sin la contemplación orante del Señor de la vida. En esos días previos, Alfi, pasó largas horas en el oratorio. Parecía que su fuerte temperamento se había transformado, gozaba y transmitía una serenidad significativa junto a la preocupación por la campaña difamatoria que se armaba en las tinieblas contra él. Pudo, en esa circunstancia difícil, subir a la montaña del Señor para escuchar la voz providente de Dios.

La evangélica humildad de Pedro nos habla hoy de una Iglesia que se ha de despojar de toda vanidad o autorrenferencialidad, como suele decir nuestro Papa Francisco, para poder ser servidora a ejemplo de Cristo servidor. El Papa, en la misa de inicio de su ministerio, al presentarnos a San José como custodio de la vida, nos decía: ¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende…

El amor a los jóvenes y la opción por una vida comunitaria fundada en Jesucristo que Salvador nos transmitió, nos hablan hoy de la necesidad de una conversión que nos permita superar los esquemas individualistas y negadores del mal. Fui testigo cercano de su deseo de santidad. Su anhelo por el ministerio sacerdotal es una voz que hoy le dice a muchos jóvenes: el sacerdocio y la consagración son caminos de plenitud humana cuando responden al llamado del Señor.

La sonrisa de Emilio hoy habla al corazón de los jóvenes y le dice que sólo poniendo la mirada en ideales que nos trascienden podemos vivir en plenitud la vida que nos Dios nos regaló. Que hay que darlo todo para ganar todo.

Decía el entonces Cardenal Bergoglio en la misa de la celebración de los veinticinco años del martirio: Quiero dar gracias a Dios porque todavía hoy, en medio de una ciudad turbulenta, llena de vida, de ansiedad, llena de fuerza, llena de esperanza, llena de problemas, llena de trabajo, quiso darnos una señal. Hay gente que todavía quiere vivir no para sí. Y el Señor permite que haya gente que en esa coherencia muera no para sí, sino para dar vida a otro.

Y decía en esa misma misa: 

Esta Parroquia ungida por la decisión de quienes juntos vivieron, ungida por la sangre de quienes juntos murieron, nos dice algo a esta ciudad, algo que cada uno tiene que recoger en su corazón y hacerse cargo. Despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó. Yo soy testigo, porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte de lo que era la vida de Alfie Kelly: Sólo pensaba en Dios. Y lo nombro a él porque soy testigo de su corazón, y en él a todos los demás.  Simplemente ruego para tener la gracia de la memoria, que nos haga agachar la cabeza y pedir perdón, usando las palabras de Jesús “porque no saben lo que hacen”, por quienes desgarraron esta ciudad con este hecho.

Queridos hermanos,  al contemplar la alfombra en donde entregaron sus vidas, testigo silenciosa de su entrega final, ungida por la sangre de los cinco, ellos nos dicen que tenemos que ser apasionados buscadores de la verdad. Sólo ella nos hace libres. Promotores constantes de la justicia. Sin ella una sociedad sucumbe. Por eso, desde el Evangelio denunciamos todo intento de impunidad, de un silencio cómplice de la muerte, de aquí no pasó nada, de esto no hablemos más… A la vez, le pedimos al Señor que nuestra búsqueda de la verdad y nuestro anhelo de justicia esté siempre movido por el amor que busca el bien de todos y, por eso, la conversión de todos.

San Vicente Pallotti nos dice que nadie ama al otro si no busca la salvación del otro. La justicia brota de un corazón sanado y redimido cuando busca el bien hasta de aquellos que nos hicieron mal. Sin esta dimensión de perdón, que no es negación de la verdad y de la justicia, no seremos fieles a ellos.

Las llagas que provocaron las balas en sus cuerpos, hoy son llagas gloriosas. Intentemos imaginar sus rostros gloriosos, llenos de la alegría del encuentro con el Señor.

Le pedimos al Señor que pronto la Iglesia los reconozca oficialmente como nuestros intercesores y modelos.

Ellos nos hablan hoy tanto por sus vidas como por su entrega final. Esta muerte es para la vida porque alimenta nuestra vida de fe. Ellos hoy son fuente de vida porque nos hacen presente que vale la pena entregar la vida, que sólo dándola se la recibe en plenitud. Que nadie se cuida si no cuida la vida del otro. Fuimos llamados a la vida para amar como Jesús nos ama.

Decía el Papa Francisco en la misa de inicio de su ministerio: para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Hoy, con los cinco, volvemos a proclamar la Palabra del Señor que en el libro del Génesis nos dice: no pongas tus manos sobre el niño, no pongas tus manos sobre tu hermano, sobre ninguno de tus hermanos.

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

 

 

XIII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 10, 37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

    El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Todo lo que somos y tenemos es un regalo de Dios. Todo lo hemos recibido de Dios, por Cristo: los seres queridos, nuestra familia y amigos y nuestra propia vida.

Hay una mirada concupiscente de la vida y una mirada sacramental de ella. Cuando absolutizo cada persona, acontecimiento, vínculo, etapa de la vida o actividad, como si ahí estuviera el sentido pleno de mi existencia, estoy absolutizando lo que no es absoluto; entonces, se produce en mí un profundo vacío. Le pido a las personas o a las cosas que sean Dios. Como no lo son, experimento la desazón y me vuelvo injusto demandante de los demás. Una mirada sacramental es disfrutar cada vínculo y etapa del camino como una presencia del amor de Dios que se hace visible en las personas  y en las experiencias cotidianas de la vida. El sacramento es siempre un signo detrás del cual Jesús actúa en nosotros. Los seres queridos son esos regalos amorosos de Dios que nos conducen a Él y que nos permiten gozar anticipadamente del encuentro definitivo con Él. Y porque Dios nos dio la vida, toda ella es para Él. Cuando se la entregamos totalmente, la ganamos. Fuimos creados a imagen de un Dios que es amor. Por eso, cuando damos la vida por amor, estamos encontrando la vida, su sentido más profundo y su dimensión de eternidad.

Nos preguntamos: ¿Es el amor a Dios lo que da sentido y orienta mi vida? ¿Lo amo en todo y en todos? ¿Tengo una mirada sacramental de la vida y de las personas?

¡Un bendecido domingo!

Cargando cruz

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO

Pedro y Pablo

Rezamos en el Prefacio de la misa de hoy:

Porque en los Apóstoles san Pedro y san Pablo
nos das un motivo de gran alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe,
Pablo, el insigne maestro que la interpretó;
aquél formó la primera Iglesia con el resto de Israel,
éste la extendió entre los paganos llamados a la fe.

Ambos congregaron, por diversos caminos,
a la única familia de Cristo
y, coronados por un mismo martirio,
son igualmente venerados por tu pueblo.

 

Pedro fue el primer Papa de la Iglesia. Su sucesor, Francisco, como Obispo de Roma, es el pastor de la Iglesia universal. Hoy rezamos especialmente por nuestro Papa. Que el Señor le conceda las gracias necesarias para animar a sus hermanos en la fe.

Pablo fue el gran evangelizador que llevó la Palabra más allá del pueblo de Israel.

Ambos fueron muy distintos. Pedro, un pescador en las orillas del lago de Galilea; Pablo era un gran conocedor de la Ley, nacido en Tarso, una importante ciudad en aquel tiempo. Pedro conoció a Jesús durante su vida terrenal, no así Pablo. Ambos entregaron su vida por Cristo, derramando la sangre por confesar su nombre.

Que por intercesión de ambos podamos vivir la alegría de ser Iglesia, pueblo de Dios, sacramento universal de salvación, llamados a vivir la misión evangelizadora que el Señor nos encomienda. Hoy, el Evangelio de Jesucristo llegará a la vida de los hombres si nosotros, como Pedro y Pablo, lo anunciamos con humildad, alegría y valentía.

¡Renovemos en este día nuestra misión evangelizadora!

COMENTARIO AL EVANGELIO

XIII Domingo   durante el año

CICLO A

2 de julio de 2017

La crucificción-Giotto

La Crucifixión. Giotto.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        10, 37-42

     Dijo Jesús a sus apóstoles:

    El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo es continuación del que escuchamos el domingo pasado, en donde Jesús nos advierte que todo aquel que quiere ser su discípulo deberá enfrentar incomprensiones y persecuciones. Inicia, haciendo referencia al amor de los hijos a sus padres y de los padres a sus hijos; dos dimensiones de amor muy intensas en la vida de una persona. Un padre o una madre darían la vida por su hijo. Un hijo no puede no amar a aquellos que le regalaron y cuidaron su vida. A partir de aquí Jesús nos dice que para ser su discípulo tenemos que tener por Él un amor más grande aún del que tenemos por un hijo o por nuestros padres. Va más lejos aún: habla de amar con un amor que nos lleve a entregar la propia vida, lo más valioso que tenemos, a entregarlo todo; un amor “crucificado”. La cruz era el peor castigo que una persona podía recibir; implicaba un sufrimiento muy grande y ser expuesto a una situación vergonzosa, en donde la persona era mostrada públicamente en su dolor hasta la muerte. Un ciudadano romano, nunca podía ser crucificado.

Todos amamos “ordenada” y “diferenciadamente” en la vida. No es lo mismo el amor a un hijo que el amor a un desconocido que sufre. No es lo mismo el amor expresado a nuestros padres que el amor de un novio a su novia. El amor adquiere formas diferentes y jerarquías diversas. La palabra amor siempre implica entrega, generosidad, servicio, pero todo esto se expresa en forma diversa e implica diversos tipos de vínculos. Son distintos sentimientos que se expresan y diferentes formas de compromiso vincular.

El propio Jesús, en consonancia con la ley que Dios transmitió su pueblo, nos llama a respetar y amar a nuestros padres y a cuidar la vida que hemos traído al mundo. Es más, Dios nos enseña a respetar el don de toda vida, de nuestra propia vida. Por eso, este Evangelio no es una invitación a no amar a las personas y a no tener un sano amor a nosotros mismos. Muy por el contrario, es un llamado a valorar la vida, dándole a la misma un sentido de existencia y una dimensión de eternidad; a ordenar toda nuestra existencia en función de crecer cotidianamente en el amor a Dios.

Todo lo que somos y tenemos es un regalo de Dios. Todo lo hemos recibido de Dios, por Cristo: los seres queridos, nuestra familia y amigos y nuestra propia vida. Amarlo a Él, sobre todas las cosas, responder con un amor pleno a Aquel de quien recibimos todo, carga de sentido nuestra existencia, plenifica nuestra vida y da sustento al amor que tenemos a aquellos que el Señor nos regaló como familiares y amigos. Es en el vínculo de amor a Dios que nuestra vida se realiza plenamente porque de Él procedemos y hacia Él vamos. Sólo Dios es el amor absoluto que carga de felicidad y honda paz nuestra existencia.

Hay una mirada concupiscente de la vida y una mirada sacramental de ella. Cuando absolutizo cada persona, acontecimiento, vínculo, etapa de la vida o actividad, como si ahí estuviera el sentido pleno de mi existencia, estoy absolutizando lo que no es absoluto; entonces, se produce en mí un profundo vacío. Le pido a las personas o a las cosas que sean Dios. Como no lo son, experimento la desazón y me vuelvo injusto demandante de los demás. Una mirada sacramental es disfrutar cada vínculo y etapa del camino como una presencia del amor de Dios que se hace visible en las personas  y en las experiencias cotidianas de la vida. El sacramento es siempre un signo detrás del cual Jesús actúa en nosotros. Los seres queridos son esos regalos amorosos de Dios que nos conducen a Él y que nos permiten gozar anticipadamente del encuentro definitivo con Él. Y porque Dios nos dio la vida, toda ella es para Él. Cuando se la entregamos totalmente, la ganamos. Fuimos creados a imagen de un Dios que es amor. Por eso, cuando damos la vida por amor, estamos encontrando la vida, su sentido más profundo y su dimensión de eternidad.

Ese amor a Dios nos lleva a recibirlo en cada persona que Dios pone en nuestro camino. Cada persona nos habla de Él. Toda vida humana es una profecía del amor de Dios. Acoger un discípulo del Señor es recibirlo a Él.

El amor implica poner nuestros sentimientos y emociones en función del ser amado. Pero el amor no se reduce a un sentimiento, es una opción de libre respuesta ante Aquel que me amó primero. Amar, entregarle toda la vida a Dios, le da sentido pleno a todo aquello que cotidianamente vivimos.

Amar a Dios como el fin último de nuestra existencia es dejar que ese amor sea la luz que orienta todas nuestras decisiones y opciones; es discernir lo que debo hacer en cada momento de mi vida en función de amarlo más a Él. El amor a Dios pasa por la obediencia a su voluntad, porque es el amor a Aquel que modeló mi existencia y sabe mejor que yo lo que es bueno para mí en cada etapa de la vida.

San Ireneo nos recuerda:  la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios.

 

Nos preguntamos: ¿Es el amor a Dios lo que da sentido y orienta mi vida? ¿Lo amo en todo y en todos? ¿Tengo una mirada sacramental de la vida y de las personas?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19 (R.: 2a)
R. Cantaré eternamente el amor del Señor.


Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque Tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo». R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre,
serán exaltados a causa de tu justicia. R.

Porque Tú eres su gloria y su fuerza;
con tu favor, acrecientas nuestro poder.
Sí, el Señor es nuestro escudo,
el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.