COMENTARIO AL EVANGELIO

XXI  Domingo   durante el año

CICLO A

27 de agosto de 2017

Entrega de las llaves a San Pedro-Pietro Perugino

Entrega de las llaves a San Pedro, de Pietro Perugino

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        16, 13-20 

    Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

    Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

    «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

    Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

    Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

    Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Qué razón tiene el tango cuando dice: la gente siempre habla. Lo que ocurre hoy, ocurría también en la época de Jesús; la gente hablaba de Él. Este diálogo nos presenta tres visiones de Jesús: la de la gente en general, la de los discípulos, que se expresan en Pedro, y la del mismo Jesús.

La opinión de la gente sobre quien era Jesús, cuando dicen: “Juan Bautista…Elías…Jeremías o alguno de los profetas”, no estaba fuera de lugar. Muchos en Israel estaban esperando el retorno de algunos de los profetas que prepararía la venida inmediata del Mesías.  La vuelta de los profetas indicaba la proximidad de la era mesiánica.

Pedro da una respuesta diferente. «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Jesús le dice que esto no se lo reveló ni la carne ni la sangre. “La carne” y “la sangre” designaban al hombre completo en la debilidad de su condición terrena. Esto, Simón, hijo de Jonás, un ser humano como todo ser humano, no lo sacaste de tu débil condición de hombre. Esto te lo reveló mi Padre.

Jesús confirma esta respuesta de Pedro y agrega su señorío sobre la humanidad. Luego que Simón, inspirado por Dios, revela la auténtica identidad de Jesús, Jesús le revela su misión. Simón recibe el nombre de “Pedro” (“Cefas”), que significa “roca”. No era un nombre común en aquel tiempo; quizá hasta provocó risas en los demás discípulos. Este cambio de nombre, simboliza la misión que Jesús le confía. Dios elige a Pedro, hombre con virtudes y también con debilidades, muchas veces arrebatado y descontrolado, tres veces negó a Jesús; sin embargo, lo elige para que sea la piedra fundante de la Iglesia.

El encuentro personal con el Señor, en donde lo reconocemos como el verdadero hijo de Dios, el Mesías y el Señor de nuestras vidas, siempre nos lleva a madurar tres dimensiones de nuestras vidas:

  • Nuestra propia identidad.

Dios es el autor de nuestra vida. Existimos por su voluntad amorosa. En la gratuidad y plenitud de su amor, nos dio vida, a través de nuestros padres. Él es el origen de nuestra existencia. Nuestro ser es un ser “vocacionado”. Somos llamados por Dios a la vida y a ser en ella una presencia única e irrepetible; todos nosotros somos seres únicos e irrepetibles. Dios regala a la humanidad, a través nuestro, un don original. Somos llamados a poner nuestros carismas al servicio de los demás y a hacer de nuestras vidas, vidas ministeriales, al servicio de la comunidad y del Reino. El Señor nos llama a una vocación específica: el matrimonio, el celibato en la vida consagrada, el ministerio sacerdotal o diaconal, el laicado, la soltería y la viudez asumida y hecha don para la humanidad. Somos llamados a servicios específicos y a asumir ministerios diversos en la vida de la Iglesia. Y aquí se nos revela la segunda dimensión.

  • Nuestro ser Iglesia

“Iglesia” proviene de una palabra griega que significa “asamblea”. La palabra hebrea equivalente designaba, en el Antiguo Testamento, la comunidad del pueblo judío. Jesús va a usar muchas imágenes para significar la Iglesia: su viña, su rebaño, su esposa… La Iglesia es como un edificio en donde todas sus partes están bien ensambladas y Pedro es la roca que la sostiene. El edificio es un signo visible de lo que en realidad es la Iglesia: el nuevo pueblo de Dios, fundado en Cristo, nueva y eterna alianza. La Iglesia no es una mera realidad sociológica. Está fundada en Cristo. Él es la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia. Esta Iglesia encuentra su comunión, su unidad, en el sucesor de Pedro, vicario de Cristo. Pedro puede ejercer su misión porque la piedra verdadera es Cristo; del Señor, Pedro recibe la gracia necesaria para cumplir su misión en la Iglesia. “Atar” y “desatar”, en el lenguaje de los rabinos, significaba declarar con autoridad lo que estaba prohibido o permitido. Esto implicaba el poder de excluir y reincorporar en la comunidad religiosa. Jesús le confía a Pedro la misión de definir aquello que constituye el contenido de nuestra fe y la misión de pastorear la Iglesia en su universalidad. Él nos indica a los cristianos que es lo conveniente o lo perjudicial, lo correcto o incorrecto. Su autoridad se funda en Jesús.

  • En la Esperanza.

“…el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”. Literalmente, “las puertas del Infierno” o “del Abismo”. El “Abismo” era la morada de los muertos, y aquí se refiere a las fuerzas del mal que se oponen a la acción de Dios en el mundo y llevan a los hombres a la muerte eterna. El poder de Jesucristo, manifestado en su Iglesia es superior a cualquier otro poder. La Iglesia llegará a su plenitud de vida y comunión con la venida definitiva de Cristo. Nuestra esperanza se funda en la promesa del Señor. El mal será definitivamente vencido y viviremos eternamente en la plenitud del bien.

Si hoy el Señor nos preguntara quién soy yo para vos, ¿qué le responderíamos? No una respuesta dada desde nuestro conocimiento intelectual sino desde lo concreto de nuestra vida. ¿Qué lugar ocupa Jesús en lo cotidianos de nuestra existencia? Si cada día le decimos al Señor: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», Él cada día nos revelará  nuestra identidad, nos confirmará en nuestro ser Iglesia y nos animará en la Esperanza

Nos preguntamos: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Quién soy yo para Él?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

  

SALMO RESPONSORIAL                               Sal 137, 1-3. 6. 8bc (R.: 8bc)

R. Tu amor es eterno, Señor,

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo
y daré gracias a tu Nombre. R.

Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma. R.

El Señor está en las alturas,
pero se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos! R.

 

 

RECORDAMOS A SAN VICENTE PALLOTTI

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Su fiesta litúrgica es el 22 de enero. Cada día 22 le damos gracias a Dios por su vida. A través de él hemos recibido un carisma que enriquece a todo el pueblo de Dios.

San Vicente sostenía que Jesús nos dejó el precepto del amor como el más importante y el que sintetiza todos los mandamientos. El amor nos mueve a buscar el bien de los demás como nuestro propio bien. El don más grande que tenemos es la Fe. Amar implica, por lo tanto, comunicar este don precioso a los demás. Porque para nosotros es nuestro bien mayor, tenemos que compartirlo, ofrecerlo, anunciarlo. Esto es lo que llamamos apostolado. Fundados en el mandamiento del amor, todos tenemos el deber y el derecho del apostolado.

Por el bautismo, que nos unió a Cristo para siempre, todos participamos de la misión evangelizadora de Cristo y de la Iglesia.

Que, por intercesión de San Vicente Pallotti, el Señor nos regale la alegría de una vida comprometida con la misión evangelizadora de toda la Iglesia, para que cuanto antes llegue ese momento tan deseado de la unidad, en el que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

XX DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 15,21-28 

        Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.

    Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

    Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

    Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»

    Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».

    Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»

    Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana. 

La escena concluye con la alabanza de Jesús a esta mujer pagana por la fe que posee y con el deseo cumplido: su hija quedó sana. De esta manera, el Señor abre las puertas a la universalidad de la salvación.

Este Evangelio, nos invita a meditar sobre la fe; don de Dios que todos hemos recibido y que le da una nueva perspectiva a nuestra vida.

Hay dos actitudes que sobresalen en esta mujer de fe:

  • La perseverancia en su pedido que demuestra su confianza en aquel que confiesa como: Señor, hijo de David. La perseverancia de la fe se funda en la confianza en el poder y en el amor de Dios.
  • La humildad que no consiste en desvalorizarnos sino en aceptar que sólo Dios es Dios. Vive la humildad de la fe el que funda su pedido no en el mérito personal sino en la bondad de Dios. 

Nos preguntamos: ¿Dejo que Dios sea Dios en mi vida? ¿Le entrego mi vida en una actitud confiante en su amor  y su poder? ¿Alimento la Fe?

¡Un bendecido domingo!

cananea ruega a jesus

COMENTARIO AL EVANGELIO

XX  Domingo   durante el año

CICLO A

20 de agosto de 2017

Cristo y la mujer cananea-Juan de Flandes y M. Sittow

Cristo y la mujer cananea. Juan de Flandes y M. Sittow

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        15, 21-28 

    Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.

    Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

    Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

    Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»

    Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».

    Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»

    Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana. 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Nos ayuda, para entender mejor este Evangelio, ubicarlo en su contexto histórico cultural.

El pueblo de Israel tenía una conciencia clara de ser el pueblo elegido por Dios. Una larga historia de salvación se tejió entre Dios y ellos. Hubo momentos en donde el pueblo le fue fiel y, también, etapas de infidelidad. En muchas ocasiones experimentaron el amor del Señor manifestado en el perdón, la fortaleza y las alianzas. El plan salvífico, destinado a toda la humanidad, se manifestó partiendo del actuar de Dios en el pueblo elegido.

Esta conciencia, junto a la intencionalidad de mantener una pureza legalista y el haber sufrido, a lo largo de su historia, los ataques de otros pueblos más poderosos, hizo que los israelitas tuvieran serios conflictos con los habitantes de esos otros pueblos, llamados paganos. Con los cananeos, antiguos habitantes del territorio en donde vivían los judíos, habían existido fuertes enfrentamientos.

No estaba bien visto que un judío dialogara con un pagano, no podían sentarse a la mesa juntos y no podía, un judío, entrar en la casa de un pagano. Esta mujer cananea, con la que se encuentra Jesús, era considerada impura y excluida para la mentalidad religiosa judía. La escena se desarrolla cuando Jesús está en dirección a tierra pagana (Tiro, Sidón) o, quizá, cuando ya llegó a ella.

Las objeciones de Jesús ponen de manifiesto el pensamiento de muchos judíos que, incluso, siguió en varios de ellos, convertidos al cristianismo, ante la aparición de paganos que querían seguir a Jesús.

Ante el pedido de la mujer, Jesús no responde, hace silencio. Los discípulos le piden que la atienda. Los entendidos dicen que en la lengua griega, la expresión de los discípulos expresa el deseo de que la despida, como traducen algunas biblias. Quieren sacársela de encima, que los dejen tranquilos. Entonces, Jesús pronuncia una frase que, a nosotros nos puede escandalizar: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros». No resultaba escandalosa en su época porque era un refrán muy usado en aquel tiempo. Incluso, Jesús, no usa la palabra perro, como  se utilizaba, sino cachorro. La mujer responde con otro refrán: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»

La escena concluye con la alabanza de Jesús a esta mujer por la fe que posee y con el deseo cumplido: su hija quedó sana. De esta manera, el Señor abre las puertas a la universalidad de la salvación.

Este Evangelio, nos invita, en continuidad con el del domingo pasado, a meditar sobre la fe; don de Dios que todos hemos recibido y que le da una nueva perspectiva a nuestra vida.

Hay dos actitudes en esta mujer de fe y una certeza:

  • Manifiesta una perseverancia en su pedido que demuestra su confianza en aquel que confiesa como: Señor, hijo de David, el Mesías, en nuestra lectura cristiana. Muchas mujeres en la Biblia son ejemplos de perseverancia. La perseverancia de la fe no se funda en una actitud simplemente voluntarista u obsesiva, no es una técnica de la voluntad para alcanzar algo sino en la confianza en el poder y en el amor de Dios. Tener fe y madurar en ella es vivir la relación fundante con un Dios que todo lo puede y que nos ama con un amor absoluto y eterno, la convicción de que todo lo que hace o permite es para nuestro bien. Por eso, no debemos dejar de pedirle todo lo que necesitamos, desde la libertad de aceptar que Él nos dé sólo aquello que es bueno para nosotros en cada momento de nuestra vida, aunque en ese momento no lo entendamos. Creer es abandonarse en sus manos aunque no siempre entendamos su camino.
  • Esta perseverancia se funda en una actitud de vida más profunda: la humildad. Ella no consiste en desvalorizarnos sino en aceptar que sólo Dios es Dios. Vive la humildad de la fe el que funda su pedido no en el mérito personal sino en la bondad de Dios. Esta mujer ni siquiera pretende ocupar el lugar de hija, no “saca chapa” de sus méritos; sabe que Dios actúa con libertad y gratuidad.
  • Esta mujer tiene una certeza, confirmada por el Señor: los bienes de Dios no se pierden cuando se los comparte, al contrario, aumentan. El pan alcanza para todos, para los hijos y para los cachorros. Por un lado, Dios quiere compartir el don de la fe y la salvación con todos; por otro lado, cuanto más se comparte, más crece, cuánto más damos, más recibimos.

Que la Fe madure en nuestras vidas porque ella es el fundamento de nuestra existencia. Esa fe que es encuentro y vínculo de amor con Jesucristo. Que esa Fe nos lleve a dejar que sea Él quien conduzca nuestra vida. Que esa Fe la podamos compartir y testimoniar con alegría. Cuando la transmitimos, ella crece en nosotros.

Nos preguntamos: ¿Dejo que Dios sea Dios en mi vida? ¿Le entrego mi vida en una actitud confiante en su amor  y su poder? ¿Alimento la Fe? ¿La transmito con entusiasmo?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                    Sal 66, 2-3. 5-6. 8 (R.: 4)
R. ¡Que los pueblos te den gracias, Señor!

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio, y su victoria entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga, y lo teman todos los confines de la tierra. R.

XIX DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 14,22-33 

    Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

    La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

    Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».

    Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».

    «Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

    En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». 

Todos, en la vida, pasamos por momentos de dificultades, desánimos y temores. Nosotros, también, somos sacudidos por el viento. El miedo está en todos nosotros. Hay un miedo que responde a causas reales y hace que nos tornemos prudentes frente a situaciones que encierran peligro. Hay miedos que no responden realmente a peligros reales; situaciones de fobia, angustia, melancolía. El miedo puede paralizarnos e impedirnos vivir satisfactoriamente nuestra vida.

Como con sus discípulos, el Señor sale a nuestro encuentro en los momentos de dificultad y miedo y nos comunica la Palabra que nos devuelve a la serena confianza en su poder.

Observemos las tres frases que Jesús pronuncia: “ánimo”, “yo soy”, “no tengan miedo”. Les infunde confianza y les recuerda que Él es y está ahí. Su presencia genera la calma. La Fe se funda en la experiencia de ser sostenidos por el Señor. Cuando somos capaces, como Pedro, de decirle «Señor, sálvame», mira que me hundo, que tengo miedos, desánimos, es cuando el Señor nos sostiene con su mano.

 Nos preguntamos: ¿Salimos al encuentro del Señor? ¿Nos dejamos sostener por Él?

¡Un bendecido domingo!

Mt 14,22-Speicher Wilhelm

COMENTARIO AL EVANGELIO

XIX  Domingo   durante el año

CICLO A

13 de agosto de 2017

Mateo 14, 22-33

Sagrada Biblia. Universidad de Navarra.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         14, 22-33 

    Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

    La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

    Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».

    Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».

    «Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

    En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Es interesante contemplar las dos escenas. Jesús, orando solo en la montaña y los discípulos solos, en la barca, lejos de la orilla, en la inseguridad del mar y sacudidos por el viento. De repente, a la madrugada, con el cansancio y la oscuridad de la noche, ven un aparente fantasma. Se llenan de temor y, como si fueran niños, se ponen a gritar.

Cuando el evangelista escribe este evangelio, los cristianos estaban atravesando una situación difícil. Habían perdido el fervor de los primeros tiempos y comenzaba a ponerse muy dificultosa la relación con sus hermanos judíos. Fueron expulsados de las sinagogas y comenzaron grandes tensiones. Ellos también estaban sacudidos por el viento. Necesitaban descubrir la presencia de Jesús en medio de ellos.

Todos, en la vida, pasamos por momentos de dificultades, desánimos y temores. Nosotros, también, somos sacudidos por el viento. El miedo está en todos nosotros. Hay un miedo que responde a causas reales y hace que nos tornemos prudentes frente a situaciones que encierran peligro. Nos genera miedo la inseguridad, la violencia, el futuro y tantas otras cosas. Hay miedos que no responden realmente a peligros reales; situaciones de fobia, angustia, melancolía. El miedo puede paralizarnos e impedirnos vivir satisfactoriamente nuestra vida.

Como con sus discípulos, el Señor sale a nuestro encuentro en los momentos de dificultad y miedo y nos comunica la Palabra que nos devuelve a la serena confianza en su poder.

Observemos las tres frases que Jesús pronuncia: “ánimo”, “yo soy”, “no tengan miedo”. Les infunde confianza y les recuerda que Él es y está ahí. “Soy yo” es el nombre de Dios (Ex 3,14) Su presencia genera la calma; en cuanto se subió a la barca, el viento se calmó.

En medio de la tempestad, Pedro va a su encuentro. En un momento comienza a hundirse. El comentarista de este pasaje, en la Biblia del Peregrino, dice que Pedro no teme porque se hunde, se hunde porque teme. En ese momento, el Señor le tiende la mano y lo salva.

Es este el camino de la Fe. En un momento de nuestra vida percibimos la presencia del Señor, quizá confusamente; pero como, en nuestro corazón, hay un anhelo de estar con Él, salimos a su encuentro. La Fe es un camino de encuentro con Jesús. El Papa Benedicto XVI nos dice: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (DCE 1). Esa Persona es Jesucristo. En ese camino de encuentro con Él, muchas veces nos asaltan los miedos, las dudas, las dificultades; es ahí cuando el Señor nos tiende la mano y nos salva. La Fe se funda en la experiencia de ser sostenidos por el Señor. Cuando somos capaces, como Pedro, de decirle «Señor, sálvame», mira que me hundo, que tengo miedos, desánimos, mira que te necesito, es cuando el Señor nos sostiene con su mano. A partir de esa experiencia, los discípulos se postraron ante Él y Pedro pudo decir: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios», tu eres el Salvador. Es a partir de la experiencia personal de encuentro con Jesucristo que nuestra Fe madura y, como Pedro, podemos afirmar con nuestra vida: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios». Decir esto con todo nuestro ser nos devuelva la serenidad y la paz.

«El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6). 

Nos preguntamos: ¿Salimos al encuentro del Señor? ¿Nos dejamos sostener por Él? ¿Depositamos nuestra confianza sólo en nuestras fuerzas? ¿Lo reconocemos como el Salvador en lo cotidiano de nuestra vida?

Un bendecido domingo para todos,

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                            Sal 84, 9-14 (R.: 8)

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación.

Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos.
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de Él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Ciclo A

Mt 17, 1-9 

   Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Se escucha voz del Padre que dice: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.” En ese momento desaparecen Moisés y Elías. Ahora el Padre nos habla a través de Cristo. La Ley y la Profecía llegan a su plenitud en Él. En Cristo está todo lo que el Padre tiene para decirnos. La alianza del Sinaí llega a su plenitud en Cristo, nueva y eterna alianza.

La fiesta de la Transfiguración nos invita a contemplar cotidianamente la Palabra de Dios; Jesucristo es la Palabra hecha carne, es la visibilidad del amor absoluto del Padre por cada uno de nosotros. Cuando le abrimos el corazón a la Palabra y contemplamos a Cristo, nuestra vida se ilumina y hacemos la experiencia anticipada de la resurrección.

Así como la vida tiene momentos de luz y gozo, también lo tiene de tiniebla y dolor. La Palabra ilumina las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, dando sentido a lo que cotidianamente vivimos. Es la Palabra que nos toca con ternura y nos dice: ánimo, levántate, camina.

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos tiempo para subir al monte y encontrarnos con Jesús? ¿Contemplamos la gloria de Dios, viendo en ella lo que un día será la plenitud de nuestra vida?

¡Un bendecido domingo!

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