COMENTARIO AL EVANGELIO

XXIX  domingo durante el año

CICLO A

22 de octubre  de 2017

La moneda del Cesar-Antonio Arias

La moneda del César. Antonio Arias. Museo del Prado     

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         22, 15-21 

    Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

    Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

    Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

    Le respondieron: «Del César».

    Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Es interesante observar que la pregunta es: ¿Está permitido pagar el impuesto…? ¿A qué se debe esa interrogación? En la época de Jesús, el reino de Judá estaba sometido al imperio romano. Un gobernador ejercía la autoridad en nombre del emperador que, en esa época, era Tiberio César. El emperador usaba títulos divinos y exigía actos de culto a su persona. Las monedas llevaban la figura del emperador en ese momento, Tiberio César Augusto, y una inscripción que decía hijo del divino Augusto; en el reverso llevaba la figura de una mujer portando los atributos de la diosa de la paz. Esto, a los judíos religiosos, les traía grandes conflictos; cómo le iban a rendir culto a un hombre que se ponía en lugar de Dios. Por otro lado, el imperio les exigía el pago de grandes sumas de dinero en calidad de impuesto, llevando al pueblo de Judá a una condición de gran pobreza. Esta situación los condujo, después de la muerte y resurrección del Señor, a una triste y violenta guerra. Todo esto nos aclara respecto el sentido de la pregunta.

Justamente van los fariseos junto a los herodianos para ponerlo a prueba; dos grupos que podemos considerar antagónicos en varios aspectos. Los fariseos eran hombres religiosos que intentaba cumplir y hacer cumplir la ley en toda su extensión, defensores de la independencia del pueblo de Israel, promovían la pureza del culto que sólo se puede rendir a Dios. Los herodianos, en cambio, era un grupo político que luchaban para que toda palestina estuviera bajo el gobierno de Herodes, un judío representante del Imperio y, por lo tanto, vasallo del mismo; no les interesaba mucho el tema religioso y eran considerados “entreguistas” al imperio dominante.

Ambos grupos, enfrentados entre sí, se juntan para tenderle una trampa a Jesús ¿En qué consiste la trampa? Si él responde que no paguen los impuestos, podía ser acusado, por los herodianos, de sublevarse a la autoridad del emperador, como sucedió cuando los sumos sacerdotes lo llevaron preso ante Pilatos. Si decía que pagaran los impuestos, podía ser acusado, por los fariseos, de traidor al pueblo y adorador del César.

Jesús, conociendo su malicia, los desenmascara. No les responde inmediatamente sino que les pide una moneda y les hace una pregunta a la que todos conocían su respuesta. ¿De quién es esa figura y esa inscripción? “Del César”, le respondieron. Entonces den al César lo que le corresponde al César y a Dios lo que le corresponde a Dios.

¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también, respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

Cuando una autoridad civil se hace dueña de las vidas de las personas, cercena sus derechos fundamentales o quiere imponer su pensamiento como el pensamiento único, no aceptando críticas o cuestionamientos, se coloca en lugar de Dios.

Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios. Cuando Dios no ocupa el lugar que tiene que ocupar en nuestras vidas comenzamos a idolatrar personas, objetos materiales, ideas, costumbres. Y esto nos lleva a un profundo vacío interior. Cuando Dios es el sentido último de nuestras vidas, todo lo que hacemos y tenemos lo ponemos a su servicio y al servicio de su Reino.

Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

Hay otro aspecto, en este Evangelio, que nos ayuda a mirar nuestras actitudes. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús para sorprenderlo en alguna contradicción. ¿Con qué actitud nos acercamos nosotros a los demás? Muchas veces podemos vernos tentados a buscar en primer lugar el defecto en el otro, lo que está mal, sus errores o contradicciones. Jesús nos invita a aproximarnos al otro con una actitud de ayuda y animación, como Él los hizo, buscando ayudar a nuestros hermanos a crecer en todo lo bueno que Dios puso en ellos, animándolos en el camino de la fe.

Que en la meditación de este Evangelio, el Señor convierta nuestro corazón, haciéndonos crecer en el amor verdadero que siempre es compromiso con el bien del otro. Cuando ayudamos a otro a crecer en el bien, crecemos nosotros.

 

Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                              Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac (R.: 7b)

R. Aclamen la gloria y el poder del Señor.

Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
pero el Señor hizo el cielo. R.

Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
aclamen la gloria y el poder del Señor;
aclamen la gloria del nombre del Señor.
Entren en sus atrios trayendo una ofrenda. R.

Adoren al Señor al manifestarse su santidad:
¡que toda la tierra tiemble ante Él!
Digan entre las naciones: «¡el Señor reina!
El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.

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XXVIII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 22,1-14 

     Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

    De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

    Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

    Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

    Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?.” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

    Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.  

 

La imagen de la boda es muy usada en el Antiguo Testamento para señalar el encuentro del pueblo con su Dios. En el Nuevo Testamento, la imagen alude al Mesías esposo. Según una costumbre de la época, las invitaciones a una boda se hacían reiteradamente. Es interesante observar que el rechazo es por tener la vida comprometida en otras cosas: el dinero… el campo… los bienes materiales… la seguridad individual… las posesiones…  No sólo hay rechazo, algunos maltratan y matan a estos servidores; muchos de los profetas fueron perseguidos y muertos por haber sido fieles a la invitación hecha por Dios a su pueblo.

Nosotros también somos invitados a la fiesta del encuentro con Dios. La fiesta es una dimensión muy importante en nuestra vida. Nos habla de alegría y de celebración comunitaria, de familiaridad y amistad; de encuentros entre jóvenes y viejos; de diálogo y expresión artística.  El encuentro con Jesucristo implica todo esto. El cristiano está llamado a vivir, en comunión con sus hermanos, la alegría de la alianza de Dios con su pueblo. La fiesta mesiánica comienza en esta vida porque ya estamos en comunión con el Hijo por la acción del Espíritu Santo; y, en Jesús, estamos en comunión entre nosotros. Las bodas llegarán a su plenitud en la consumación de los tiempos. Cada banquete eucarístico es un anticipo y una preparación al banquete definitivo.

Nos preguntamos: ¿Vivo la vida en clave festiva, celebrativa? ¿Celebro el encuentro cotidiano con Cristo y con mis hermanos? ¿Me anima la esperanza del banquete definitivo? 

¡Un bendecido domingo!

Mateo 22, 1-14

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXVIII  domingo durante el año

CICLO A

15 de octubre  de 2017

Pantocrátor. Catedral de Cefalú. Palermo

Pantocrátor. Catedral de Cefalú. Palermo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         22, 1-14  

    Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

    De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

    Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

    Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

    Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

    Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.   

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Esta parábola está a continuación de las proclamadas en los domingos anteriores. Se trata del mismo escenario y está dirigida a las mismas personas: los sumos sacerdotes y fariseos, las autoridades judías. Recordemos que, en el Evangelio del domingo anterior, se dice que los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. Jesús no se deja intimidar y sigue proclamando con absoluta libertad interior el mensaje de salvación.

La imagen tomada en esta parábola no es, como en las anteriores, referidas a la viña sino a la boda, imagen e muy usada en el Antiguo Testamento para señalar el encuentro del pueblo con su Dios. En el Nuevo Testamento, la imagen alude al Mesías esposo.

Según una costumbre de la época, las invitaciones a una boda se hacían reiteradamente; primero, con bastante anticipación, luego se enviaba una segunda invitación más próxima a la fiesta, y por último, una en el mismo día. El rey es el Padre Dios que nos invita a la fiesta mesiánica, a la celebración de las bodas de Dios con su pueblo realizada en su Hijo. Dios envía a sus servidores, los profetas y los apóstoles, para invitar a celebrar esta alianza de amor. Los primeros en recibir la invitación la rechazan. Se hace una referencia concreta al pueblo de la primera alianza, sobre todo a sus autoridades. Es interesante observar que el rechazo es por tener la vida comprometida en otras cosas: el dinero… el campo… los bienes materiales… la seguridad individual… las posesiones… No sólo hay rechazo, algunos maltratan y matan a estos servidores; muchos de los profetas fueron perseguidos y muertos por haber sido fieles a la invitación hecha por Dios a su pueblo. Se habla de la destrucción y el incendio de la ciudad, en clara alusión a la caída y destrucción de la ciudad de Jerusalén.

Se realiza una última invitación y los mensajeros son enviados a los caminos a invitar a todos, buenos y malos. Hay aquí una clara alusión a los paganos cuando se habla de los que están fuera de la ciudad. No somos invitados conforme a nuestros méritos sino a la bondad infinita de Dios.

Mateo, a diferencia de Lucas, agrega unos versículos a esta parábola, referido a la condición puesta para participar de la fiesta: tener el traje adecuado. Muy posiblemente se trate de otra parábola de Jesús que Mateo prefirió insertarla aquí. Quizá, el evangelista, tenga la intención de aclarar las cosas. Si bien todos somos invitados, la participación en la fiesta exige ciertas condiciones; es necesario tener el vestido adecuado. La vestimenta habla de la persona, de sus estilos y costumbres, de su manera de vivir. Para participar de la fiesta mesiánica, es necesario revestirse de Cristo, dejarse transformar por Él. Se trata de la vestidura del hombre nuevo.

Nosotros también somos invitados a la fiesta del encuentro con Dios. La fiesta es una dimensión muy importante en nuestra vida.

Quizás antes las fiestas eran diferentes. No había música que aturdiera, se podía dialogar, contar anécdotas, transmitir la historia familiar a las nuevas generaciones, hacer memoria de los que nos precedieron y alentar a los jóvenes a formar una familia. Había menos electrónica y comidas sofisticadas y más calidez. Hoy, las fiestas son, muchas veces, momentos de aturdimiento y gala de vanas superficialidades; todo está programado por la empresa que la organiza para poder vendernos sus productos. Se perdió, en parte, lo espontáneo, lo comunicacional, la alegría de lo simple, sencillo y cotidiano; lo elaborado por las propias manos para compartir, la música hecha en casa, el cuento y el humor sano, el baile familiar.

La fiesta nos habla de alegría y de celebración comunitaria, nos habla de familiaridad y amistad; de encuentros entre jóvenes y viejos; de diálogo y expresión artística. El encuentro con Jesucristo implica todo esto. El cristiano está llamado a vivir, en comunión con sus hermanos, la alegría de la alianza de Dios con su pueblo.

La fiesta mesiánica comienza en esta vida porque ya estamos en comunión con el Hijo por la acción del Espíritu Santo; y, en Jesús, estamos en comunión entre nosotros. Las bodas llegarán a su plenitud en la consumación de los tiempos. Cada banquete eucarístico es un anticipo y una preparación al banquete definitivo. Somos invitados a recuperar esta dimensión de fiesta que celebra y alimenta nuestra fe.

 

Nos preguntamos: ¿Vivo la vida en clave festiva, celebrativa? ¿Celebro el encuentro cotidiano con Cristo y con mis hermanos? ¿Me anima la esperanza del banquete definitivo?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                          Sal 22, 1-6 (R.: 6cd)

R. El Señor nos prepara una mesa.

El señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.

XXVII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A

Mt 21,33-46 

 

     Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

    «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

    Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

    Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

    Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

    Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

    Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras:

        “La piedra que los constructores rechazaron

        ha llegado a ser la piedra angular:

        esta es la obra del Señor,

        admirable a nuestros ojos?”

    Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

    Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

 

En el Antiguo Testamento, la imagen de la viña representa al pueblo elegido por Dios. El pueblo de Israel es la viña amada de Dios. Jesús retoma esta imagen, refiriéndose a la actitud de los arrendadores que roban los frutos e intentan hacerse dueño de la viña.

 

Como pueblo de Dios, somos su propiedad. Esto implica una actitud de verdadero servicio de parte nuestra. No somos dueños de la historia, de las personas, de la vida, de la Iglesia, de las comunidades a las cuales pertenecemos. Somos simples servidores. El servidor es fiel a su Señor y todo lo hace conforme a su voluntad. Esta actitud nos da una profunda libertad y paz, fruto de la confianza en Aquel que dirige los tiempos y la historia. Cuando nos hacemos dueños no sólo caemos en actitudes de dominio sino, también, al ocupar un lugar que no nos corresponde, nos vemos superados por la realidad.

Encontramos también, en esta parábola, una invitación a dar frutos y a saber que estos les pertenecen a Dios. Los frutos evangélicos son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad.

Nos preguntamos: ¿Nos experimentamos servidores o algunas veces nos asalta el espíritu de dominio? ¿Es Cristo la piedra angular de nuestra vida, a partir de la cual construimos el bien?

¡Un bendecido domingo!

Mateo 21, 33-46

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXVII  domingo durante el año

CICLO A

8 de octubre  de 2017

La parábola de los obreros de la viña. Catedral de Zamora.

Tapiz Flamenco. Serie: La parábola de los obreros de la viña. Catedral de Zamora.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        21, 33-46 

    Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

    «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

    Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

    Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

    Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

    Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

    Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras:

        “La piedra que los constructores rechazaron

        ha llegado a ser la piedra angular:

        esta es la obra del Señor,

        admirable a nuestros ojos?”

    Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

    Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Continuamos meditando parábolas de Jesús que hacen referencia a la viña. Hace dos domingos proclamamos la referida al salario de los trabajadores; el domingo pasado, a la actitud asumida por dos hijos ante el pedido de su padre para que fueran a trabajar a su viña. Hoy, se nos invita a meditar respecto a la propiedad de los frutos.

En las tierras habitadas por el pueblo de Israel, cuidar una viña implicaba mucho esfuerzo. Se trataba de un terreno muy pedregoso; esto implicaba sacar las piedras, plantar con dificultad, cavar para conseguir agua, cercarla y vigilarla ante el peligro de los animales salvajes.

En el Antiguo Testamento, la imagen de la viña representa al pueblo elegido por Dios. El pueblo de Israel es la viña amada de Dios, quien le dedica todo su cuidado. En la primera lectura de la misa de este domingo (Is 5, 1-7) se proclama el amor del viñador por su viña, su preocupación por cuidarla y como, a pesar de tantos cuidados, la viña termina dando frutos agrios.

Jesús retoma esta imagen pero no se refiere a la calidad de los frutos sino a la actitud de los arrendadores que roban esos frutos e intentan hacerse dueños de la viña. El tema de los frutos es muy fuerte en el Evangelio según san Mateo. Es clara la imagen del hijo, como el heredero, aludiendo a Él mismo.  Este hijo es arrojado fuera de la viña; Jesús muere fuera de la ciudad de Jerusalén. Según el derecho existente, se podría interpretar que, al no haber herederos y morir el dueño, la viña pasa  a ser propiedad de los arrendatarios. Los sumos sacerdotes y fariseos, comprenden que esta parábola se refiere a ellos y buscan la manera de detenerlo.

Encontramos, en esta parábola, algunos aspectos que no sólo los podemos leer respecto al pueblo de Israel sino, también, en relación a la Iglesia y a cada uno de nosotros.

En primer lugar, el tema de la propiedad. Como Iglesia, como pueblo de Dios, somos su propiedad. Esto implica, por un lado, una actitud de verdadero servicio de parte nuestra. No somos dueños de la historia, de las personas, de la vida,  de la Iglesia, de las comunidades a las cuales pertenecemos. Somos simples servidores. El servidor es fiel a su Señor y todo lo hace conforme a su voluntad. Esta actitud de servicio, además de hacernos atentos a la voluntad de Dios, nos da una profunda libertad y paz, fruto de la confianza en Aquel que dirige los tiempos y la historia. Cuando nos hacemos dueños no sólo caemos en actitudes de dominio sino, también, al ocupar un lugar que no nos corresponde, nos vemos superados por la realidad. Cuando nos ponemos en lugar de Dios queremos controlarlo todo, dominar todo, y de esa manera perdemos el gozo interior y la paz. Saber que el Señor nos ama con amor infinito, que nos cuida con ternura y que obra en cada uno de nosotros, nos invita a poner todo en sus manos y, sin eludir nuestra responsabilidad, confiar en su actuar en la historia. Sabernos servidores nos lleva a confiar en su luz y fortaleza; esto siempre nos descansa y nos vuelve a la paz. Poder decirle al Señor: esta persona, que está atravesando una dificultad, te pertenece,  es tuya, ponerla en sus manos. Dejar en manos de Dios aquellas situaciones difíciles de resolver,  poniendo, a la vez, lo mejor de nuestra parte para resolverla. La actitud del servidor es la de aquel que se deja conducir y que no se hace dueño.

Encontramos también, en esta parábola, una invitación a dar frutos y a saber que estos les pertenecen a Dios. Con facilidad confundimos el dar fruto con el tener éxito. Y no es lo mismo. Dar fruto es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por lo aparente y reconocido. El fruto, muchas veces pasa por el fracaso. El grano de trigo tiene que morir para dar frutos. Dar frutos es ser fecundos en dar vida. Los frutos evangélicos son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad. Somos invitados a entregarle en cada eucaristía estos frutos al Señor porque Él hace posible nuestra fecundidad, a Él le pertenece todo porque todo lo hemos recibido de Él. Él es la piedra angular desde la cual se construye todo. Sólo da frutos verdaderos aquel que reconoce en lo vital de cada día que sin el actuar amoroso de Dios en nuestra vidas, nuestros frutos serían muy pobres y escasos.

Que podamos cuidar la viña que Él nos confió, cuidar  la vida de cada uno de nuestros hermanos, como Él cuida la nuestra, poniendo nuestra confianza en Él y entregándole todo lo que de Él hemos recibido.

Nos preguntamos: ¿Nos experimentamos servidores o algunas veces nos asalta el espíritu de dominio? ¿Es Cristo la piedra angular de nuestra vida, a partir de la cual construimos el bien?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                 Sal 79, 9. 12-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

R. La viña del Señor es su pueblo.

Tú sacaste de Egipto una vid,
expulsaste a los paganos y la plantaste;
extendió sus sarmientos hasta el mar
y sus retoños hasta el Río. R.

¿Por qué has derribado sus cercos
para que puedan saquearla todos los que pasan?
Los jabalíes del bosque la devastan
y se la comen los animales del campo. R.

Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso. R.

Nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
que brille tu rostro y seremos salvados! R.