III DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo B

Jn 1, 6-8. 19-28

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»

«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»

«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. 

Juan vino como testigo, para dar testimonio de la luz. El testigo es el que habla de lo que vio y oyó. La Iglesia está llena de testigos. Algunos de ellos derramaron su sangre por confesar a Jesús y dar testimonio de él, como Juan Bautista. El testigo es un hombre o una mujer que vive una profunda intimidad con Dios, habla de lo que conoció.

Esto nos lleva a reflexionar sobre cuál es nuestro lugar en el mundo. Muchas veces podemos caer en la tentación de sentirnos nosotros los salvadores del mundo, la luz que ilumina a los ignorantes. Es ahí cuando comenzamos a ocupar un lugar que no nos pertenece, el lugar de Jesús. Él es el salvador, Él es la luz, y nosotros somos testigos de esa luz. Nuestra misión es como la de Juan, mostrar la luz verdadera, hacerla presente, llevar a los hombres al encuentro con Jesús. Esto nos da una profunda paz y alegría. La alegría del testigo de la buena noticia.

En esta perspectiva, también podemos caer en el error de poner nuestra mirada en personas que “idolatramos” y no las vemos en relación a su misión de testigos del Señor. Identificamos su persona con la persona de Jesús y dejamos de ver su lugar de mediadores, no aceptando sus límites y debilidades. De esa manera le exigimos a los demás que sean Dios y no aceptamos que en su limitación humana son simples servidores, como nosotros, del verdadero Dios.

Esta Navidad va a ser luz para nuestras vidas si vivimos un profundo encuentro con el Señor y proclamamos alegre y humildemente su nombre a nuestros hermanos. 

Nos preguntamos:

¿Es Jesús la luz que ilumina lo cotidiano de mi vida? ¿Asumo con alegría ser un testigo humilde y valiente de Jesucristo? 

Un bendecido Adviento para todos

Adviento 4

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COMENTARIO AL EVANGELIO

III domingo de Adviento

CICLO B

17 de diciembre  de 2017

San Juan Bautista, Leonardo da Vinci

San Juan Bautista. Leonardo da Vinci

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan       1, 6-8. 19-28 

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»

«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»

«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

La figura de Juan Bautista aparece en dos de los cuatro domingos de Adviento. Es un personaje central en la historia de la salvación. Muchos, en su tiempo, lo confundían con el Mesías esperado; incluso, cuando se escribió el evangelio según san Juan, existían todavía discípulos de Juan Bautista que lo veneraban, sin reconocer a Jesús como el Salvador. Ante esta realidad, se hacía necesario aclarar cuál era su verdadero lugar; por eso, el evangelio de Juan, comparando a Juan Bautista con Jesús, insiste desde lo negativo: no es el Mesías, no es Elías que regresa, no es el profeta esperado como sucesor de Moisés, no es digno siquiera de desatar la correa de la sandalia del Mesías. De ahí que cuando Juan da su verdadera identidad lo hace alegando a Isaías, el profeta del destierro: Una voz grita en el desierto, preparen un camino al Señor; tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios (Is 40,3). El evangelio según san Juan lo va a presentar, en definitiva, como testigo de la luz.

El testigo es el que habla de lo que vio y oyó. La Iglesia está llena de testigos. Algunos de ellos derramaron su sangre por confesar a Jesús y dar testimonio de él, como Juan Bautista. El testigo es un hombre o una mujer que vive una profunda intimidad con Dios, habla de lo que conoció. El testigo define su identidad en función de Jesús; toda su vida cobra sentido a partir de ser testimonio vivo de su actuar en la historia. El testigo anuncia con humildad y valentía aquello que encontró. Es portador de una luz que no le pertenece, que lo supera. Esa luz es Jesucristo. El tema de la luz está muy presente en el evangelio según san Juan. Jesucristo se va a definir como la luz; recordemos que luego de devolverle la vista al ciego va a decir: yo soy la luz del mundo.

Esto nos lleva a reflexionar sobre cuál es nuestro lugar en el mundo. Muchas veces podemos caer en la tentación de sentirnos nosotros los salvadores del mundo, la luz que ilumina a los ignorantes. Es ahí cuando comenzamos a ocupar un lugar que no nos pertenece, el lugar de Jesús. Él es el salvador, Él es la luz, y nosotros somos testigos de esa luz. Nuestra misión es como la de Juan, mostrar la luz verdadera, hacerla presente, llevar a los hombres al encuentro con Jesús. Esto nos da una profunda paz porque cuando nos consideramos a nosotros mismos como los salvadores de los otros o del mundo, nos ubicamos en un lugar que nos supera y nos lleva a querer controlar lo que sólo Dios puede controlar. El testigo vive la serenidad del que sabe que anuncia a los otros a Aquel que es salvación para todos y, por eso, lo hace desde un lugar de verdadera humildad. Dejamos de ser verdaderos testigos cuando nos anunciamos a nosotros mismos o cuando pensamos que por ser anunciadores del Evangelio, somos mejores que los demás.

En esta perspectiva, también podemos caer en el error de poner nuestra mirada en personas que “idolatramos” y no las vemos en relación a su misión de testigos del Señor. Identificamos su persona con la persona de Jesús y dejamos de ver su lugar de mediadores, no aceptando sus límites y debilidades. De esa manera les exigimos a los demás que sean Dios y no aceptamos que en su limitación humana son simples servidores, como nosotros, del verdadero Dios. Cuando pretendemos que las personas sean la luz que iluminen nuestras vidas y no encontramos esa luz en el Señor, nos volvemos injustos demandantes de los demás.

No fuimos hechos para vivir en las tinieblas. Dios viene a nosotros para que  encontremos en Él la luz verdadera. Este encuentro nos convierte en testigos, ante el mundo. Este tiempo de la historia, tan marcado por realidades de oscuridad nos interpela a asumir con alegría la misión de testigos que el mismo Jesús nos confía. Esta Navidad va a ser luz para nuestras vidas si vivimos un profundo encuentro con el Señor y proclamamos serena y humildemente su nombre a nuestros hermanos.

 

Nos preguntamos: ¿Es Jesús la luz que ilumina lo cotidiano de mi vida? ¿Asumo con alegría ser un testigo humilde y valiente de Jesucristo?

Un bendecido Adviento para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                                      Lc 1, 46-50. 53-54

R. Mi alma se regocija en mi Dios.

Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. R.

Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia. R.

II DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo B

Mc 1,1-8 

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos, así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.» 

¿No estamos muchas veces saturados de malas noticias? El evangelio según san Marcos que proclamamos este domingo, ya en el primer versículo, nos dice: Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Jesucristo mismo es la buena noticia; todo el evangelio va a ser la revelación de esta buena nueva. Una buena noticia que no esconde las malas noticias, que no niega la realidad, sino que nos permite asumirlas de otra manera. Una buena noticia que ubica todo el acontecer humano en perspectiva salvífica y, por eso, en dimensión de esperanza. Adviento nos invita a mirar lo cotidiano con ojos de fe. 

Muchos grupos judíos aguardaban un Mesías juez y estaban angustiado porque esperaban que trajera la condenación. Juan Bautista, en cambio, proclama un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. El Mesías trae la conversión y el perdón. Esta es una buena noticia: queda tiempo para la conversión antes de la llegada del Juez. 

Todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Bautizar significa sumergir. Nuestros pecados son arrojados al agua que purifica. El bautismo de Juan es un bautismo sólo con agua, un signo exterior. Jesús viene a bautizar con el Espíritu Santo que penetra nuestro interior y nos transforma desde dentro. Bautismo de perdón y conversión. 

La liturgia no es sólo un recuerdo del pasado, es acción de Dios en el presente. Este Adviento es el tiempo propicio para abrirnos a la salvación y al perdón que Jesús nos trae. Digámosle al Señor, en este tiempo de Adviento: ven, Señor Jesús, ven a mi vida y habítame en plenitud. 

Nos preguntamos:

¿Me dispongo a vivir este Adviento en diálogo con el Señor, pidiéndole que se haga presente con más fuerza en lo cotidiano de mi vida? ¿Lo dejo entrar en todas las dimensiones de mi existencia: en mis vínculos, en mi sexualidad, en mi relación con el dinero y los bienes materiales, en mi mundo laboral, familiar, en mi ser vecino y ciudadano?  

Un bendecido Adviento para todos

Adviento 3

COMENTARIO AL EVANGELIO

Mañana celebraremos con toda la Iglesia la fiesta de la Inmaculada Concepción de Ssma. Virgen María. 
 
Compartimos con ustedes un comentario a esta fiesta y al Evangelio del día.
 
Una bendecida fiesta de la Virgen.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

 8 de diciembre  de 2017

Inmaculada Concepción. Murillo

Inmaculada Concepción. Murillo.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas           1, 26-38 

 En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

 El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

 Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Angel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.»

Y el Angel se alejó.

Palabra del Señor.

 

¿Cómo surgió esta fiesta de la Inmaculada Concepción?

Ya en el siglo VIII se celebraba en las iglesias de Siria la fiesta de la “Concepción de Santa Ana, cuando concibió a María, la Madre de Dios”. Pertenece a ese mismo siglo, un himno del monje San Andrés de Creta para la fiesta de la “concepción de Santa Ana”.

Tanto los padres de la Iglesia como muchos santos, hablan de la Virgen como la única inmaculada, la purísima. Pero no se ponían de acuerdo en qué momento la Virgen comenzó a serlo, en qué momento fue purificada de toda mancha de pecado.

En el siglo XIII, un teólogo franciscano, Duns Scoto, defendió que la Virgen fue purificada del pecado desde el momento mismo de la concepción. Enseñó esta doctrina de la Inmaculada Concepción fundado en el argumento de la conveniencia: era conveniente que aquella que llevaría en su seño al Hijo de Dios fuera desde su concepción preservada del pecado.

En el siglo XV, el Papa Sixto IV, también franciscano, introdujo en Roma la fiesta de la Inmaculada Concepción, con oficio y misa propia. No puso esta doctrina como dogma de fe, dejando en libertad de conciencia el creer en ella o no.

El Concilio de Trento, no se define pero aclara que cuando habla de pecado original, heredado por todos,  no incluye a la Virgen.

Siguió la discusión del tema hasta que en 1854, Pío IX, declara el dogma de la Inmaculada Concepción, expresando que María fue preservada de toda mancha del pecado original desde el momento mismo de su concepción en atención a los méritos de la muerte y resurrección de su Hijo, único Salvador. Y esta afirmación es muy importante: todo  hombre es liberado del pecado por los méritos de la muerte y resurrección del Señor: por Él y con Él morimos al pecado y renacemos a una vida nueva. El bautismo es la participación en este acontecimiento salvífico. María, anticipadamente, en atención a lo que fue la obra salvadora de su hijo, fue preservada desde el primer instante de su concepción. El dogma, también hace alusión a la doctrina de la conveniencia: convenía que fuese adornada con la santidad perfecta quien llevaría en su seno al mismo Dios.

La Virgen se constituye así en modelo singular de santidad.

Veamos qué nos dice el Evangelio propuesto por la Iglesia para este día.

Lucas establece con precisión las coordenadas históricas temporales. En un versículo anterior (1.5) va a decir que todo esto sucede en tiempos de Herodes. Se inicia el versículo 26 diciendo que la Palabra fue dirigida a María al sexto mes de embarazo de su prima Isabel. Ubica la escena en Nazaret. Se trata de una ciudad de la periferia, no es en Jerusalén, centro de la vida política y religiosa del pueblo. Se da el anuncio en una casa de una sencilla aldea. Está destinado a una mujer; recordemos el lugar de marginación de la mujer en aquellos tiempos y en aquellas culturas. Se trata de una mujer simple de pueblo, no a alguien perteneciente a la clase sacerdotal o a los notables del pueblo. Se trata de un acontecimiento históricamente ubicado y que se da en la sencillez de lo cotidiano.

María y José están en el período llamado desposorio: sus padres ya han arreglado todo pero todavía cada uno vive en su casa con obligación de fidelidad esperando el momento del matrimonio en donde se inicia la convivencia. Por eso, María dice que no convive con ningún hombre.

José pertenece a la familia de David. El Mesías esperado debería ser un descendiente de David capaz de ocupar su trono. En Jesús se cumple la promesa.

El ángel Gabriel es aquel que en el Antiguo Testamento anuncia los tiempos mesiánicos.

Muchas veces los profetas recurrieron a la imagen de la mujer joven para hablar de Israel, una mujer muchas veces infiel. Pero cuando hablan de los tiempos mesiánicos dicen que la mujer joven ya no merecerá reproches porque conservará su virginidad. Al hablar el texto de la mujer virgen está diciendo que ese nuevo pueblo ya tiene su origen. Comienzan los nuevos tiempos.

En las palabras del ángel, reconocemos el eco de varios textos del antiguo testamento que anuncian la venida del Mesías.

Cuando se dice que el ángel la saluda diciéndole llena de gracia se usa una palabra griega (kejaritomene) que no se usa en ninguna otra oportunidad. Esto indica que la gracia de Dios se hizo presente en María de una forma singular. Es la poseída por la Gracia, toda ella está llena de la Gracia de Dios.

En esta escena hay dos personajes: María y la Palabra. María es una mujer simple de pueblo, signo de la humanidad marginada del poder político religioso, abierta a lo divino y a la espera de liberación de Israel. La Palabra es pronunciada no en el centro del poder sino en la periferia. María escucha y está abierta a la Palabra.

Es interesante el contenido doctrinal de este texto. Jesús es hijo de David (de donde tenía que nacer el Mesías) y es hijo de Dios. Cuando los profetas hablan de que el Mesías recibirá el título de hijo de Dios, se refieren a una especial adopción de Dios. Aquí se nos dice algo más, se expresa que Jesús nace por obra del Espíritu Santo y, por eso, es en verdad el hijo de Dios. No es un mero título o una cuestión de adopción. Jesús es todo hombre y todo Dios.

Subrayemos la actitud de María, la mujer que escucha. El sí de María es fruto de un proceso que se da en diálogo con la Palabra. Oye, interroga, quiere saber, termina aceptando la autoridad y el poder de la Palabra. Pide que se cumpla en ella la Palabra.

Jesucristo es la Palabra. Adviento es tiempo de acoger la Palabra con toda su fuerza redentora. María es modelo de escucha. Es la mujer que se dejó conducir y animar por la Palabra. Dejó que la Palabra actuara en ella. Por esto también es modelo de santidad. 

 

Nos preguntamos:

¿Estamos viviendo este tiempo del Adviento como un tiempo de especial escucha de la Palabra? ¿Dejamos que sea la Palabra, Jesucristo, el que actúe en nosotros y a través nuestro?

Una bendecida fiesta de la Inmaculada para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                        Sal 97, 1-4

R. Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas.


Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.

 

 

COMENTARIO AL EVANGELIO

II domingo de Adviento

CICLO B

10 de diciembre  de 2017

San Juan Bautista, Caravaggio

San Juan Bautista, Caravaggio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Marcos   1, 1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos, así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.» 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

¿No estamos muchas veces saturados de malas noticias? El evangelio según san Marcos que proclamamos este domingo, ya en el primer versículo, nos dice: Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Jesucristo mismo es la buena noticia; todo el evangelio va a ser la revelación de esta buena nueva. Una buena noticia que no esconde las malas noticias, que no niega la realidad, sino que nos permite asumirlas de otra manera. Una buena noticia que ubica todo el acontecer humano en perspectiva salvífica y, por eso, en dimensión de esperanza. Adviento nos invita a mirar lo cotidiano con ojos de fe.

Todos los segundos domingos del Adviento, la Iglesia nos presenta la figura de Juan Bautista. Juan tiene todos los aspectos del profeta: es un hombre asceta, llama a la conversión, no se centra en su persona. Es el punto de enlace entre el Antiguo y Nuevo Testamento. No predica desde la plaza o el templo sino desde el desierto. Ese desierto que le recuerda al pueblo la Alianza y el encuentro con Dios; lugar del silencio y de la escucha. Juan es el profeta que prepara al pueblo de Israel para la pronta venida del Salvador. Ya los otros profetas (Malaquías, Isaías) habían anunciado la presencia de alguien que prepararía los caminos del Mesías. Con esta preparación se inicia el momento culminante en la historia de la Salvación. Por eso, se dice: comienzo de la Buena Noticia. Incluso, Isaías habla de un mensajero que trae buena noticia en la primera lectura que se proclama en este segundo domingo del Adviento, Is. 40, 1-5.9-11)

Muchos grupos judíos aguardaban un Mesías juez y estaban angustiados porque esperaban que trajera la condenación. Juan Bautista, en cambio, proclama un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. El Mesías trae la conversión y el perdón. Esta es una buena noticia: queda tiempo para la conversión antes de la llegada del Juez.

Todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Bautizar significa sumergir. Nuestros pecados son arrojados al agua que purifica. El bautismo de Juan es un bautismo sólo con agua, un signo exterior. Jesús viene a bautizar con el Espíritu Santo que penetra nuestro interior y nos transforma desde dentro. No existe otro bautismo que el que hemos recibido desde el comienzo: ese es el bautismo en el Espíritu Santo. Bautismo de perdón y conversión.

La liturgia no es sólo un recuerdo del pasado, es acción de Dios en el presente. Este Adviento es el tiempo propicio para abrirnos a la salvación y al perdón que Jesús nos trae. Es tiempo de conversión. Es tiempo de desear y construir, con la acción del Salvador en nosotros, una tierra nueva. No se trata de echarnos culpas unos a otros sino de reconocer nuestros pecados y comprometernos a construir una sociedad diferente, ser presencia del Reino que ya está presente entre nosotros. El hijo de Dios se hace hombre para llevar nuestra humanidad al encuentro con el Padre, para hacerse presente en lo cotidiano de nuestra vida y permitirnos vivir una vida fundada en el amor, una vida que nos realiza plenamente como personas y, por eso, nos llena de gozo y de paz.

Digámosle al Señor, en este tiempo de Adviento: ven, Señor Jesús, ven a mi vida y habítame en plenitud; que tu vida sea vida en mí. Adviento es tiempo de decirle al Señor que lo necesitamos y lo queremos, que sólo Él tiene palabra de Vida. 

 

Nos preguntamos:

¿Me dispongo a vivir este Adviento en diálogo con el Señor, pidiéndole que se haga presente con más fuerza en lo cotidiano de mi vida? ¿Lo dejo entrar en todas las dimensiones de mi existencia: en mis vínculos, en mi sexualidad, en mi relación con el dinero y los bienes materiales, en mi mundo laboral, familiar, en mi ser vecino y ciudadano?

Un bendecido Adviento para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                 Sal 84, 9ab. 10. 11-12. 13-14

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos.
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.