COMENTARIO AL EVANGELIO

Transfiguración del Señor

CICLO A

30 de julio de 2017

La Transfiguración-G. Bellini

La Transfiguración de G. Bellini

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo          17, 1-9 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» 

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Esta escena, conocida como la Transfiguración, tiene una gran importancia para los evangelistas, ya que aparece en los tres sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La tiene también para nosotros, porque nos señala el rumbo de nuestra vida cristiana.

Jesús toma la iniciativa y los lleva a un monte elevado, lugar del encuentro con Dios. El único que se transfigura, llenándose de luz, es Él: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz… una nube luminosa los cubrió. En el Antiguo Testamento, la gloria de Dios la vemos manifestarse, generalmente, de forma luminosa. También, en el Antiguo Testamento, la nube está presente, como aquí, en las diversas teofanías (manifestaciones de Dios).

Aparecen Moisés y Elías, figuras que representan la Ley y los Profetas; los dos caminos por los cuales Dios se fue comunicando con su pueblo. Los dos habían subido a la montaña del Horeb-Sinaí para hablar con el Señor.

La expresión de Pedro, ¡qué bien estamos aquí!, manifiesta el gozo de la experiencia vivida. Una alegría tan grande que hace con que Pedro quiera quedarse ahí: levantaré aquí mismo tres carpas.

¡Qué experiencia fuerte para Santiago, Juan y Pedro!

Todos hemos tenido en nuestras vidas momentos de luz, de serenidad, de paz. Momentos en los cuales quisimos quedarnos para siempre, armar la carpa para permanecer. Momentos en los que sentimos gozo profundo, alegría verdadera. Esta visión que tienen los tres discípulos revela una experiencia divina, difícil de traducir en palabras. Todo habla de un anticipo de la resurrección y de la manifestación gloriosa del Señor. La Transfiguración del Señor sucede días después del anuncio de la pasión a sus discípulos. Los tres apóstoles, que lo acompañan en esta experiencia, lo acompañarán, también, la última noche, en la angustiosa oración del Monte de los Olivos. Es importante la coincidencia entre estas escenas; la Transfiguración nos recuerda que la muerte no es la última palabra sino que es camino a la Gloria. Es interesante observar que Pedro lo llama a Jesús con el nombre de “Señor”, el mismo que usan los primeros cristianos para hablar de Cristo resucitado.

Pedro los equipara a los tres, a Jesús, Moisés y Elías; quiere hacer tres carpas. El Padre, en cambio, concentra la atención en Jesús. Se escucha su voz que dice: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.” En ese momento desaparecen Moisés y Elías. Ahora el Padre nos habla a través de Cristo. La Ley y la Profecía llegan a su plenitud en Él. En Cristo está todo lo que el Padre tiene para decirnos. La alianza del Sinaí llega a su plenitud en Cristo, nueva y eterna alianza.

La fiesta de la Transfiguración nos invita a contemplar cotidianamente la Palabra de Dios; Jesucristo es la Palabra hecha carne, es la visibilidad del amor absoluto del Padre por cada uno de nosotros.

Cuando le abrimos el corazón a la Palabra y contemplamos a Cristo en sus gestos y mensajes, en su presencia real en medio de nosotros, nuestra vida se ilumina y hacemos la experiencia anticipada de la resurrección.

Así como la vida tiene momentos de luz y gozo, también lo tiene de tiniebla y dolor. La Palabra ilumina las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, dando sentido a lo que cotidianamente vivimos. Es la Palabra que nos toca con ternura y nos dice: ánimo, levántate, camina. La experiencia auténtica de la contemplación nos pone en movimiento y nos permite caminar en medio del dolor y de las dificultades, animados por la esperanza. El Señor es fiel a su promesa. Un día, todos participaremos de su resurrección gloriosa, un día todo será plenitud de alegría y paz.

Necesitamos momentos para estar a solas con el Señor, para escuchar la voz del Padre que se manifiesta en Él. Esto, como en Jesús, nos permite encontrar a Dios en cada hermano. La contemplación de la Palabra nos lleva al encuentro de nuestros hermanos con un renovado espíritu de amor y de entrega; nos permite ver a Dios en todo y en todos; especialmente, en los que más sufren. La experiencia de Dios nos permite poder tocarlos con la ternura de Jesús y decirles también a ellos: “Levántense, no tengan miedo.”

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos tiempo para subir al monte y encontrarnos con Jesús? ¿Contemplamos la gloria de Dios, viendo en ella lo que un día será la plenitud de nuestra vida? ¿El encuentro con Dios nos lleva a salir al encuentro de los que sufren?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                       Sal 96, 1-2. 5-6. 9 (R.: Cf. 1a y 9a)

R. El Señor reina, altísimo por encima de toda la tierra.

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,
regocíjense las islas incontables.
Nubes y Tinieblas lo rodean,
la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.

Las montañas se derriten como cera
delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú, Señor, eres el Altísimo:
estás por encima de toda la tierra,
mucho más alto que todos los dioses. R.

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