COMENTARIO AL EVANGELIO

XXV  domingo durante el año

CICLO A

24 de septiembre de 2017

La Trinidad-Masaccio, 1427

La Trinidad de Masaccio, 1427

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo    19, 30–20, 16 

    Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

    Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

    Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

    Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

    Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

    El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

    Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

  Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Decíamos, el domingo pasado, que la Palabra de Dios provoca una dulce violencia en nosotros. La violencia que implica cambiar nuestra manera de pensar y de ver. Dios tiene una lógica, muchas veces, diferente a la nuestra. Los pensamientos de ustedes no son los míos, dice el Señor en la primera lectura de la misa de este domingo (Is 55, 6-9). Esta violencia nos trae la dulzura de una vida nueva, renovada en el amor verdadero. Fuimos creados para amar como Dios ama y, por eso, cuando Dios convierte nuestro mirar y sentir, haciéndolo más semejante al suyo, nos regala el gozo de poder realizar el sentido más profundo de nuestra vida. Esta parábola nos motiva, por un lado, a contemplar el amor de Dios, manifestado en Jesús. Por otro lado, a conformar nuestra vida a su forma de amar.

El actuar de Dios no se reduce a la práctica de la justicia distributiva. Él obra movido por el amor gratuito y misericordioso. No nos da conforme a nuestros méritos sino a su gran bondad. El amor de Dios no está sujeto a nuestros merecimientos; es libre. Él nos da mucho más de lo que nos merecemos. La “recompensa”, como acción salvífica de Dios, es un acto libre de su amor. Ninguno de nosotros compra el amor de Dios, su bondad es gratuita y total. Por eso llamamos “gracia” (gratis) a su actuar en nuestras vidas.  El propietario, en la parábola, no falta a la justicia: paga conforme a lo convenido. A la vez, extiende sus beneficios a favor de todos, independientemente del tiempo trabajado. Al destacar la gratuidad del llamado y la igualdad de la recompensa, Jesús muestra que el amor misericordioso de Dios trasciende el concepto humano de justicia. Muchas veces, nuestro orgullo puede cerrarnos a todo aquello que Dios nos quiere dar y de lo cual no tenemos méritos. Dejarnos amar por Él nos ayuda a madurar en un amor fraterno de perdón y misericordia.

Es interesante observar que el mismo propietario sale a buscar a los trabajadores. Lo común era que lo hicieran los administradores o capataces. Dios mismo sale a nuestro encuentro en diferentes momentos y de forma insistente para invitarnos a trabajar en su viña. Dios quiere establecer con nosotros una relación personal.

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. Esta frase, da inicio al texto (último versículo del capítulo 19) y lo concluye (versículo 16 del capítulo 20). Para los fariseos, el cumplimiento de la ley era la medida de la perfección y quienes cumplían la ley ocupaban los primeros lugares. Los extranjeros, publicanos y pecadores se ubicaban en el último lugar. Incluso, existía una parábola, comentada en aquel tiempo, en donde los primeros eran especialmente retribuidos. Con esta parábola, el evangelista les recuerda a los discípulos de Jesús, provenientes del mundo judío, que el pueblo de Israel, a pesar de haber sido llamado en primer término, no debe sentirse celoso de la generosidad de Dios hacia los paganos. El amor de Dios es universal y, por eso, no tiene preferencias por motivo de nacionalidades, culturas, o perfecciones humanas. Dios no ama sólo a los buenos, ama a todos. La única preferencia de Dios, manifestada en la vida de Jesús, es por aquellos que más sufren. Es la preferencia propia de una madre o de un padre, ante el dolor de su hijo. La misericordia de Dios no excluye a nadie.

La lógica de Dios es la del amor gratuito y universal. Nuestra lógica está marcada, muchas veces, por una mentalidad mercantilista. La escala de valores del Reino de Dios es  diferente a la del mundo. La justicia es un valor que debemos buscar y promover. Ella alcanza su cumplimiento cuando está animada por el amor. Y el amor, según Dios, es siempre donación gratuita y universal. El amor da sin exigir nada a cambio, el amor es entrega a todos, sin dejar a nadie afuera. Estamos llamados a amar sin dejarnos condicionar por el mérito o la respuesta de los otros. Condicionar nuestro amor a la acción de los demás es perder la libertad. Es libre el que ama sin esperar recompensa por aquello que entregó.

Desde una perspectiva mercantilista, muchas veces, no toleramos que Dios sea bueno con todos ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Algunas veces nos cuesta aceptar que Él se muestre bondadoso con aquel que no lo merece. El Señor nos invita a alegrarnos del bien que nuestros hermanos reciben aunque no lo merezcan. Es propio  del amor alegrarse por el bien del otro.

Es la gracia de Dios la que nos permite superar las relaciones basadas sólo en una justicia distributiva y poder dar más de lo que la justicia nos exige. Jesús nos invita a superar nuestra relación mercantilista. La Palabra de Dios nos comunica, cada día, el sentir y el mirar de Dios. Y esto… ¡nos hace mucho bien!

Nos preguntamos: ¿Fundo mi fe en el amor gratuito de Dios o vivo con Él una relación mercantilista? ¿Dejo que mi justicia esté animada por un amor universal y gratuito? ¿Me alegro del bien de los demás?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                          Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)

 

R. El Señor está cerca de aquellos que lo invocan.

Día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar.
¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza:
su grandeza es insondable! R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquellos que lo invocan de verdad. R.

Anuncios

XXIV DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 18,21-35

Se adelantó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»

    Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecía de ti?” E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos»  

Jesús le responde a Pedro que tiene que perdonar setenta veces siete, lo que significa siempre. ¿Cómo hacerlo?

Lo primero es reconocer nuestro dolor y nuestro enojo.

En un segundo momento, reconocer nuestros pecados para poder entender al hermano que ha pecado y para poder hacer memoria del perdón de Dios. Perdonamos en la medida en que nos reconocemos seres perdonados

En tercer lugar, reconocer que ninguno de nosotros puede conocer la interioridad de otra persona, qué fue lo que la llevó a actuar de esa manera. Sólo Dios conoce el grado de libertad en que cada persona realiza sus acciones.

En cuarto lugar, qué importante es el poder descubrir por qué nos dolió tanto aquello que otra persona hizo o dejó de hacer por nosotros. Quizá removió una herida de nuestros primeros años de vida, o quizá tocó en algo nuestro orgullo o vanidad o quizá nos llevó a descubrir algo en nosotros que debe ser sanado. Muchas veces nos molesta del otro, aquello que cuestiona lo que está mal en nosotros.

El perdón nos da una honda libertad. El rencor y  el enojo nos esclavizan. Cuando tomamos distancia y perdonamos nos liberamos de esa “acidez espiritual” que no nos deja ser felices.

Nos preguntamos: ¿Dejo espacios orantes en mi vida para sanar heridas y elaborar procesos de perdón? ¿Valoro la libertad que me da el perdonar y la alegría de vivir la vida en clave de amor?

¡Un bendecido domingo!

Mateo 18, 21-22

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXIV  domingo durante el año

CICLO A

17 de septiembre de 2017

El regreso del hijo prodigo- Rembrandt

El regreso del hijo pródigo. Rembrandt.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        18, 21-35 

    Se adelantó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»

    Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecía de ti?” E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos»     

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Una vez perdono; dos, no. Ya estoy cansado de perdonar. No tiene perdón de Dios. Al final perdonás y te toman de tonto. Hay cosas que no se pueden perdonar. Sólo Dios perdona… Con cuánta frecuencia escuchamos o,  incluso, pronunciamos estas frases u otras similares a estas.

La Palabra nos hace nuevos. Por eso, abrirle el corazón al Evangelio es disponerse a que el Señor transforme nuestra mente y nuestro corazón. Hay miradas, actitudes, sentimientos que se nos van pegando en el camino de la vida, por diversas circunstancias. A veces responden a nuestra naturaleza herida por el pecado, a la influencia cultural, a reacciones espontáneamente humanas. La Palabra siempre ejerce una dulce violencia sobre nuestras vidas y, no sólo nos invita a cambiar, sino que también obra en nosotros ese cambio.

En el domingo anterior el Señor nos enseñó el camino de la corrección fraterna, hoy da un paso más y nos indica el camino del perdón. Jesús le responde a Pedro que tiene que perdonar setenta veces siete, lo que significa siempre.

¿Cómo hacerlo?

Lo primero es reconocer que nuestro corazón está herido, dolido, por la ofensa recibida. Reconocer nuestro dolor y nuestro enojo. No debemos sentir culpa por ello. Hay sentimientos que surgen espontáneamente en nosotros; nos hacen sentir mal pero no son en sí mismo pecados porque no interviene nuestra libre voluntad. Lo importante es que podamos hacer un camino de sanación para que el dolor y el enojo no nos hagan daño y no hagamos daño con ello. El perdón implica un camino que se inicia con el reconocimiento de aquello que nos lastima. Nadie sana una herida en su piel si no la identifica.

En un segundo momento, hacer memoria de aquellas veces en la que nosotros también pudimos haber ofendido a alguien o fuimos indiferentes ante el dolor del otro. Reconocer nuestro pecado nos hace bien para poder entender al hermano que ha pecado y para poder hacer memoria del perdón de Dios. En la parábola que Jesús nos presenta, el rey le perdona a su servidor una suma altísima, imposible de pagar. Diez mil talentos equivalían casi a cien millones de denarios. Diez denarios era lo equivalente a una jornada de trabajo. Se trataba de una cantidad fantástica. Nosotros somos grandes deudores del Señor. Todo lo hemos recibido de Él; por empezar, la propia vida. Y lo hemos recibido gratuitamente. Si Dios, quien no tiene ninguna obligación para con nosotros, nos perdona siempre, ya que no hay pecado por más grande que sea que escape a su perdón, cómo nosotros no vamos a perdonar las faltas de nuestros hermanos. Hacer memoria del amor misericordioso y gratuito de Dios mueve nuestro corazón al perdón. Este servidor que recibió un gran perdón, no fue capaz de perdonar a su semejante, una pequeña suma. Perdonamos en la medida en que nos reconocemos seres perdonados y, a la vez,  somos perdonados, en la medida en que perdonamos. Es lo que rezamos cotidianamente en el Padre Nuestro: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

En tercer lugar, nos mueve al perdón el reconocer que ninguno de nosotros puede conocer la interioridad de otra persona, qué fue lo que la llevó a actuar de esa manera, sus condicionamientos psicológicos, la influencia de su historia de vida, su salud. Por eso, podemos y debemos condenar el pecado, nunca al pecador. Sólo Dios conoce el grado de libertad en que cada persona realiza sus acciones. El pecado pasa siempre por un acto consciente y voluntario. El grado de conciencia y la libertad de voluntad para actuar sólo son conocidos por Dios.

En cuarto lugar qué importante es el poder descubrir por qué nos dolió tanto aquello que otra persona hizo o dejó de hacer por nosotros. Independientemente de la gravedad objetiva de la acción, nos ayuda el identificar qué fibra tocó en nuestra vida aquello que pasó. Quizá removió una herida de nuestros primeros años de vida, o quizá tocó en algo nuestro orgullo o vanidad o quizá nos llevó a descubrir algo en nosotros que debe ser sanado. Muchas veces nos molesta del otro, aquello que cuestiona lo que está mal en nosotros. Cuando algo nos enoja mucho es porque rozó una fibra de nuestro yo que está sensibilizado. Por eso, una ofensa recibida o una ayuda negada es siempre una oportunidad para crecer en el amor y para sanar antiguas heridas; una oportunidad para cambiar o madurar un aspecto de nuestra personalidad. Bendita la ofensa que nos mueve al perdón porque eso nos madura como personas.

Por último, qué bien nos hace comprender que el perdón nos da una honda libertad. El rencor y  el enojo nos esclavizan porque nos atan a lo sucedido. Cuando tomamos distancia y perdonamos nos liberamos de esa “acidez espiritual” que no nos deja ser felices.

Jesús nos propone participar de su Reino. Su Reino está fundado en el amor. Perdonar es la manifestación de la vida nueva en el amor. Esa vida que nos conduce siempre por caminos de paz, alegría interior, realización plena del sentido de nuestra existencia.

 

Nos preguntamos: ¿Dejo espacios orantes en mi vida para sanar heridas y elaborar procesos de perdón? ¿Valoro la libertad que me da el perdonar y la alegría de vivir la vida en clave de amor?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                               Sal 102, 1-4. 9-12 (R.: 8)

R. El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

No acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen;
cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados. R.

XXIII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A.

Mt 18,15-20

 Jesús dijo a sus discípulos:

    Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

    Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

    También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

 Jesús nos invita a comprometernos con el camino de salvación de nuestros hermanos. Este compromiso nos lleva a la práctica de la corrección fraterna. Hoy Jesús nos enseña cómo ha de ser esta corrección.

Una comunidad cristiana es tal cuando reconoce la presencia de Cristo en medio de ella. …donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. Sólo en la medida en que nuestro corazón y nuestro pensamiento, se unen al sentir y a la mirada de Jesús, podemos actuar en su nombre. La primera condición para que una corrección sea realmente fraterna es que le pidamos al Señor tener, con nuestros hermanos, las mismas actitudes y los mismos sentimientos que Él tiene.

Antes de la corrección debemos preguntarnos si lo que buscamos es el bien del otro o simplemente descargar nuestra ira o nuestro orgullo herido. No se trata sólo de decir las cosas con caridad sino de estar animado por la caridad que siempre busca el bien de la persona. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano, dice Jesús. Se trata precisamente de ganar el hermano y no de destruirlo. La corrección fraterna implica purificar nuestros sentimientos de toda sed de venganza, ira, envidia, celos, dominio sobre el otro, autorreferencialidad.

Sólo podemos corregir auténticamente cuando nos reconocemos nosotros también pecadores y necesitados de perdón. La bondad y la maldad están en todos nosotros.

 Nos preguntamos: ¿Me comprometo con el camino de salvación de mis hermanos? ¿Busco el bien de los demás como mí propio bien?

¡Un bendecido domingo!

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXIII  domingo durante el año

CICLO A

10 de septiembre de 2017

Pentecostes-El Greco2

Pentecostés. El Greco.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        18, 15-20 

    Jesús dijo a sus discípulos:

    Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

    Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

    También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.     

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

¿Cuando alguien nos ha negado su ayuda o nos ha hecho algún mal, cuál es nuestra actitud con esa persona? ¿Cómo reaccionamos ante la ofensa que recibimos? ¿Qué postura tomamos ante el pecado del otro?

Jesús nos invita, en primer lugar, a no ser indiferentes. En consonancia con la primera lectura de la misa de este domingo (Ez 33, 7-9), el Señor nos llama a comprometernos con el camino de salvación de nuestros hermanos. Este compromiso nos lleva a la práctica de la corrección fraterna. Hoy Jesús nos enseña cómo ha de ser esta corrección.

En primer lugar, le da un poder muy grande a la comunidad. Lo que en algún momento le dijo a Pedro, ahora se lo dice a todos los discípulos:… todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. Una comunidad cristiana es tal cuando reconoce la presencia de Cristo en medio de ella. …donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. Sólo en la medida en que nuestro corazón y nuestro pensamiento, se unen al sentir y a la mirada de Jesús, podemos actuar en su nombre, ser comunidad en Cristo. La primera condición para que una corrección sea realmente fraterna es que le pidamos al Señor tener, con nuestros hermanos, las mismas actitudes y los mismos sentimientos que Él tiene.

Esto implica estar movidos por el amor. En la segunda lectura de hoy leemos: Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley… El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley. (Rm 13, 8-10). Antes de la corrección debemos preguntarnos si lo que buscamos es el bien del otro o simplemente descargar nuestra ira o nuestro orgullo herido. No se trata sólo de decir las cosas con caridad sino de estar animado por la caridad que siempre busca el bien de la persona. Recordemos que el Evangelio según san Mateo está destinado a los cristianos que provienen del judaísmo. En el pueblo de Israel el pecador era duramente tratado. Jesús, en su esfuerzo por explicar en qué consiste el Reino de Dios, nos habla de la misericordia y el perdón. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano, dice Jesús. Se trata precisamente de ganar el hermano y no de destruirlo. La corrección fraterna implica purificar nuestros sentimientos de toda sed de venganza, ira, envidia, celos, dominio sobre el otro, autorreferencialidad.

Dentro de esta perspectiva es que el Señor nos invita en primer lugar a corregir en privado; luego, en privado pero con uno o dos testigos; recién, por último, hacerlo en comunidad.

Sólo podemos corregir auténticamente cuando nos reconocemos nosotros también pecadores y necesitados de perdón. La bondad y la maldad están en todos nosotros. Jesús pronuncia estas palabras después de decirles a sus discípulos que se tienen que hacer como niños, de indicarles el camino de la humildad. Recordemos lo que dice San Agustín: No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder… reconocer nuestras propias debilidades, abrazarnos al pecador, y llorar juntos la miseria de los dos.

En un momento en donde experimentamos tanta violencia en el ambiente social; en donde, muchas veces, nos polarizamos en posturas cerradas y agresivas, qué importante es que los cristianos podamos ser fermento en la sociedad de otra manera de relacionarnos. La luz y la paz llegan a nuestras vidas cuando nos comprometemos con el bien de los demás, superando la indiferencia y el individualismo. La verdad más profunda es la del amor. Buscar juntos la verdad, ayudarnos a asumir el camino del bien, apasionarnos por lo justo y lo honesto, ilumina nuestra existencia porque le da sentido a nuestras vidas. El bien de las personas es siempre más importante que el triunfo de una idea. El compromiso con ese bien, nos ubica en el camino de la salvación. Seguir a Jesús es abrirnos a ser comunidad, fundada en la Palabra. Sólo podemos ser comunidad cuando Jesucristo es el centro de nuestra vida, cuando dejamos que el Padre, por la acción del Espíritu Santo nos convierta cotidianamente a la caridad.

 

Nos preguntamos: ¿Me comprometo con el camino de salvación de mis hermanos? ¿Busco el bien de los demás como mi propio bien?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                 Sal 94, 1-2. 6-9 (R.: 7d-8a)

R. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta Él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque Él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras». R.

XXII DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo A. Mt 16,21-27

Mt 16,21-27

 Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

    Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

    Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

    Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

    ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

    Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras». 

Jesús no ama la cruz ni la muerte, ama a su Padre, ama a la humanidad, nos ama a cada uno de nosotros. Desde ese amor se compromete con el bien y denuncia el mal, abre las puertas a los marginados y excluidos y denuncia la injusticia y la violencia del poder. Por eso lo matan. Él acepta libremente la pasión y la cruz como el gran signo de su compromiso con el bien de la humanidad.

Ser discípulos del Señor, ir detrás de Él, implica realizar su misma opción por el amor, asumiendo sus consecuencias.  No se trata de buscar el dolor, sino de:

  • Asumir la muerte del egoísmo como camino de maduración en el amor.
  • Asumir la cruz que la vida nos presenta, no buscarla. Ella se carga de sentido cuando nos une a la cruz de Cristo y se hace camino de redención para toda la humanidad. Ella nos madura en el amor.
  • Aceptar el fracaso como lugar de aprendizaje y crecimiento en la libertad. Los fracasos parciales nos llevan a purificar nuestro corazón de toda vanidad y soberbia y nos mueven a reencontrarnos con aquellos deseos y sueños más profundos que Dios colocó en nuestro interior.

 Nos preguntamos: ¿Es el amor aquello que da sentido a mi vida?

¡Un bendecido domingo!

Mt 16,21-27

COMENTARIO AL EVANGELIO

XXII  Domingo   durante el año

CICLO A

3 de septiembre de 2017

Orden de Jesús a Pedro-Peter Paul Rubens

Orden de Jesús a Pedro. Peter Paul Rubens

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         16, 21-27 

    Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

    Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

    Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

    Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

    ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

    Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Jesús comienza el anuncio explícito de su camino mesiánico. Su compromiso de vida, fundado en el amor al Padre y a la humanidad, lo lleva a asumir la cruz, entregar la vida por amor y resucitar.

Jesús no ama la cruz ni la muerte, ama a su Padre, ama a la humanidad, nos ama a cada uno de nosotros. Su amor es eterno y absoluto, gratuito y misericordioso. Desde ese amor se compromete con el bien y denuncia el mal, abre las puertas a los marginados y excluidos y denuncia la injusticia y la violencia del poder. Por eso lo matan. Él acepta libremente la pasión y la cruz como el gran signo de su compromiso con el bien de la humanidad.

Pedro no podía entender este mesianismo. Quizá esperaba, como tantos otros judíos, un mesías “triunfador” que resistiera con poder a los enemigos del pueblo e instaurase el reino perdido; alguien que asumiera el dominio político y restaurará la independencia perdida. El fracaso no tenía lugar en su visión mesiánica.

Si leemos este texto, a continuación del que proclamamos el domingo pasado, vamos a ver como en un momento Jesús le dice a Pedro, cuando este lo confiesa como Mesías e Hijo de Dios: esto no te lo inspiró la carne ni la sangre, sino mi Padre; esto es inspiración divina. En el Evangelio de hoy, Jesús lo llama Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios. Hay inspiraciones que vienen del espíritu del bien y hay inspiraciones que vienen del espíritu del mal, aunque aparentemente busquen el bien. Pedro quería el bien de Jesús, no quería ni oír hablar de que iba a tener que sufrir y pasar por la muerte. Discernir es ver qué inspiraciones vienen de Dios y cuáles del espíritu del mal. Discernir es ver entre dos  bienes, imposibles de ser vividos juntos en el mismo momento, cuál de ellos Dios quiere para nosotros.

En la segunda lectura de la misa de hoy leemos: No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Rm 12,2

Ser discípulos de Jesús, implica ir detrás de él, asumir su mismo camino de amor: dar la vida cotidianamente. No se trata de buscar el dolor o la muerte sino de asumir las consecuencias de un amor que es compromiso con el bien del otro. Este camino es de salvación porque nos lleva a vivir el sentido más profundo de toda vida humana, creada a imagen  y semejanza de aquel que es la plenitud del amor. El camino de un amor creciente nos lleva al encuentro de aquel que nos dará mucho más de lo que hemos dado. 

No tomen como modelo a este mundo. Un mundo que muchas veces nos habla de pensar sólo en nosotros, de usar a los demás en un supuesto beneficio propio; un mundo marcado por la indiferencia ante el dolor del otro. Una cultura muy signada por la autorreferencialidad, por la búsqueda del placer en la satisfacción genital sin referencia a una sexualidad encuadrada en la vocación al amor, por la adición al consumo, por el triunfalismo egocéntrico. Un mundo en donde la economía está divorciada del bien común, la política de los ideales y lo laboral de la participación en la creación. Un mundo en donde crece la marginación y la exclusión y en donde vamos levantando muros cada vez más difíciles de atravesar. Un mundo que nos habla de buscar nuestro bienestar sin abrirnos a la dimensión comunitaria de nuestra existencia. Ciertamente en nuestra cultura actual también hay valores que nos hablan de generosidad, compromiso social, lucha por la verdad y la justicia. Discernir es no dejarse manejar por la cultura dominante que se nos imponen desde mensajes cargados de mentiras y error. Discernir es no dejar que la información interesada y parcial maneje nuestra vida. Discernir es saber optar por lo verdadero, lo bueno y lo bello; es no dejar que el discurso dominante maneje nuestra manera de pensar y hasta nuestros sentimientos más profundos. Es no dejarse llevar por lo que la moda nos impone o los discursos vacíos de contenidos consiguen de nosotros al manipular nuestras emociones. Discernir es ver la realidad con ojos de fe y no la realidad que los medios muchas veces nos presentan.

Este discernimiento que nos lleva siempre a una renovada opción por el amor, implica cargar la cruz. No se trata de buscar el dolor, sino de:

  • Asumir la muerte del egoísmo como camino de maduración en el amor. Encauzar nuestro poder en dimensión de entrega generosa y no de dominio. Poner nuestra existencia en clave de servicio gratuito y libre de la aspiración de todo reconocimiento. Amar desde el silencio, dejando que sólo Jesús conozca nuestra entrega.
  • Asumir la cruz que la vida nos presenta no desde la mera aceptación pasiva sino desde el sentido redentor que el dolor adquiere cuando nos lleva a buscar los verdaderos bienes y a ser solidarios con el dolor de la humanidad. La cruz se carga de sentido cuando nos une a la cruz de Cristo y se hace camino de redención para toda la humanidad.
  • Aceptar el fracaso como lugar de aprendizaje y maduración en la libertad. Los fracasos parciales muchas veces nos llevan purificar nuestro corazón de toda vanidad y soberbia; nos mueven a reencontrarnos con aquellos deseos y sueños más profundos que Dios colocó en nuestro interior, a no dejarnos deslumbrar por triunfos parciales que nos impiden caminar con prisa hacia el triunfo final de la resurrección y la vida para siempre.

Ser discípulos, ir detrás del Señor, implica seguir su camino de amor, discerniendo cada día cuál es su voluntad para nosotros.

 

Nos preguntamos: ¿Es el amor aquello que da sentido a mi vida? ¿Soy persona de discernimiento, creciendo en libertad ante lo que la cultura dominante me impone? ¿Asumo el dolor en clave redentora?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                      Sal 62, 2-6. 8-9 (R.: 2b)

R. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

Señor, tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.

Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Mi alma está unida a ti,
tu mano me sostiene. R