COMENTARIO AL EVANGELIO

III domingo

durante el año

CICLO  B

21 de enero de 2018

La vocación... Caravaggio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos          1, 14-20

    Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

    Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

    Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

 Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Con este versículo, finaliza la introducción del Evangelio según san Marcos, dando inicio a la segunda parte del mismo, en donde se nos presenta el inicio de una intensa actividad desarrollada por Jesús en Galilea; la misma comienza, precisamente, cuando finaliza la de Juan. Ahora el centro del evangelio se desplaza de Juan a Jesús.

Al inicio de la proclamación de la Buena Nueva, Jesús hace un anuncio: El Reino de Dios está cerca. Hace, también, un llamado: Conviértanse y crean en la Buena Noticia.

El Reino de Dios, no es un lugar físico o una mera estructura social. Es una forma de vida fundada en el amor absoluto y desbordante del Padre que, en Cristo, nos hace hijos de Él y hermanos entre nosotros. Es la vida de amor que el Padre nos comunica en Cristo por la acción del Espíritu Santo. Ahí donde se vive en la verdad y en el amor, ahí donde se trabaja por la justicia y la paz, se hace presente el Reino de Dios. Reino fundado en la misericordia y que genera gozo y paz en el corazón de los hombres. La vida de Jesús se identifica con el Reino, Él lo hace presente en medio nuestro. La conversión, precisamente, consiste en abrirle el corazón a Él y dejarlo vivir en nosotros.

La experiencia del Reino se funda en el seguimiento de Jesús. Tradicionalmente, en el pueblo de Israel, los discípulos elegían al maestro. Aquí es Jesús el que los llama. Al llamarlos, los hace partícipes de su misión, usando una imagen muy entendible para ellos: yo los haré pescadores de hombres. Por un lado, Jesús concibe la misión de una forma comunitaria, dando participación a sus discípulos en ella. Por otro lado, sólo siendo comunidad cristiana, cuerpo de Cristo, es que podemos realizar con Él y desde Él, la misión encomendada. Por eso, es imposible compartir su misión sin ser sus discípulos; así como no seríamos auténticos discípulos si no respondemos a su envío misionero. Este envío significa asumir la misión de testimoniar su amor, anunciar el Evangelio como camino de salvación, celebrar y testimoniar la acción salvadora de Dios.

Ellos inmediatamente lo siguen, dejando su lugar, su trabajo, su familia. Toda opción por algo en la vida nos implica dejar otras cosas. El seguimiento de Jesús implica dejar toda opción y estilo de vida que no esté fundado en su propia vida. Pero no sólo eso, implica dejar cosas que moralmente son buenas, que constituyen un verdadero bien pero que nos impiden estar libres para seguir por el camino por el cual Él nos quiera conducir. El seguimiento de Jesús compromete nuestro camino vocacional. La palabra vocación significa llamado. Seguirlo a Él, implica responder a sus diferentes llamadas a lo largo de nuestra vida. No seguimos una ideología, un mero proyecto, ni siquiera un conjunto de valores. Seguimos la persona de Jesús. Esto implica entregarle nuestra vida para que Él disponga de nosotros; sabiendo que su voluntad es siempre nuestro mayor bien. En su amor desbordante y misericordioso por nosotros, nos regala la posibilidad de realizar aquello para lo cual fuimos llamados desde antes de nuestra concepción. Fuimos creados para ocupar un lugar en el Reino y, desde ahí, hacer el bien que Él quiere realizar a través de cada uno de nosotros.

Démosle gracias al Señor porque nos llama cada día a crecer en la intimidad con Él y, al hacernos partícipes de su misión, llena de sentido nuestras vidas.

 

Nos preguntamos: ¿Vivo en actitud de escucha, atento cada día a la llamada del Señor? ¿Dejo que Jesús sea el camino que me conduce a la plenitud de la vida? ¿Asumo con alegría la misión que me encomienda?

Un bendecido domingo para todos,

Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                          Sal 24, 4-5b. 6. 7b-9

Muéstrame, Señor, tus caminos.

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi salvador. R.

Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
Por tu bondad, Señor,
acuérdate de mí según tu fidelidad. R.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
Él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres. R.

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SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO. Ciclo B.

Jn 1, 35-42

Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

    Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»

    Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

    «Vengan y lo verán», les dijo.

    Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

    Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

    Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

Finalizado el tiempo de Navidad, comenzamos con toda la Iglesia el tiempo litúrgico llamado durante el año. En este domingo iniciamos la segunda semana de este tiempo.

Jesús les pregunta a los dos discípulos que lo siguen: ¿Qué quieren? Ellos les responden reconociéndolo como maestro (Rabí) y queriendo saber dónde vivía. Jesús no les da datos, indicaciones, conceptos, definiciones. Los invita a ir con él: Vengan y lo verán. Luego de pasar un día con Él, ya no lo llaman Maestro sino Mesías. 

¿Qué queremos nosotros de Jesús?

Como ellos, nosotros somos invitados a entrar en la intimidad con Él. Es la vivencia de comunión con Jesús la que nos permite conocerlo cada vez más.

Él siempre toma la iniciativa. Llega a nosotros a través de testigos de la fe. Juan dio testimonio del Señor ante los dos primeros discípulos; Andrés lo hizo ante su hermano Simón. Es por el testimonio que nos dan otras personas que podemos seguir al Señor. Es por nuestro testimonio que muchos podrán seguirlo.

El encuentro con Jesús los llena de alegría; la palabra griega que se utiliza para expresar el encuentro es: «eurekamen»: «¡Lo hemos encontrado!» Es una expresión de gozo, de felicidad. Encontrar al Señor y vivir con Él es la mayor alegría que podemos experimentar. En Jesús encontramos la salvación porque en Él encontramos sentido a la vida. Hoy Jesús nos vuelve a llamar para que compartamos su vida y seamos sus discípulos misioneros. 

Un bendecido domingo

Juan 1,35-42

COMENTARIO AL EVANGELIO

II domingo

durante el año

CICLO B

14 de enero de 2018

El Salvador. El Greco

El Salvador. El Greco.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 35-42 

    Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

    Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»

    Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

    «Vengan y lo verán», les dijo.

    Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

    Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

    Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro. 

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Finalizado el tiempo de Navidad, comenzamos con toda la Iglesia el tiempo litúrgico llamado durante el año. En este domingo iniciamos la segunda semana de este tiempo.

Los invito a que fijemos nuestra atención en la escena del Evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo. Está Juan Bautista, con dos de sus discípulos, mirando a Jesús. Cuando este pasa, Juan Bautista lo señala y ellos lo dejan y siguen a Jesús. De esta forma, se muestra la superioridad de Jesús sobre Juan. A partir de aquí, el centro del Evangelio se desplaza hacia el Señor.

Juan, el día anterior, según nos transmite el mismo evangelista, dijo de Jesús que era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora se los señala a ellos como ese Cordero del que les había hablado. El Cordero representaba muchas cosas para el pueblo de Israel: era el animal que se ofrecía diariamente en el templo, a la mañana y al tarde, implorando la expiación de los pecados; representaba la imagen, brindada por Isaías, del manso servidor del Señor que se ofreció en sacrificio por los pecados; recordaba el animal que fue ofrecido en sacrificio en lugar de Isaac; era, también, el animal sacrificado al salir de Egipto, cuya sangre los salvó de la muerte y que se sacrificaba y  comía en cada pascua. Lo cierto es que, ahora, este cordero, tiene el poder de quitar el pecado. Ya no solamente se ofrece mansamente por los pecados, sino que su mansa obediencia lo lleva a quitar el pecado del mundo.

Jesús les pregunta a los dos discípulos que lo siguen: ¿Qué quieren? Ellos les responden reconociéndolo como maestro (Rabí) y queriendo saber dónde vivía. Conocer la casa de una persona es conocer su intimidad, es saber quién es, cómo vive. Lo interesante es que Jesús no les responde con datos, indicaciones, conceptos, definiciones. Los invita a ir con él: Vengan y lo verán. Luego de pasar un día con Él, ya no lo llaman Maestro sino Mesías.

¿Qué queremos nosotros de Jesús?

Como ellos, nosotros somos invitados a entrar en la intimidad de Jesús. Es la vivencia de comunión con Él lo que nos permite conocerlo cada vez más. Cuando se escribió este Evangelio, había una corriente de pensamiento que acentuaba el conocimiento intelectual de Jesús como el camino para crecer en la fe. Es necesario conocer su mensaje, saber aquello que nos revela, conocer las verdades de nuestra fe; pero esto no basta. La fe implica una relación personal, íntima y creciente con el Señor. Dejar que cada día Él entre en nuestra intimidad y entrar nosotros, cada día más, en su intimidad. La fe implica un conocimiento vivencial; hacer la experiencia cotidiana y creciente del amor de Jesús

Como en el Evangelio de hoy, Él siempre toma la iniciativa. Llega a nosotros a través de testigos de la fe. Juan dio testimonio del Señor ante los dos primeros discípulos; Andrés lo hizo ante su hermano Simón. Es por el testimonio que nos dan otras personas que podemos seguir al Señor. Es por nuestro testimonio que muchos podrán seguirlo.

El encuentro con Jesús los llena de alegría, la palabra griega que se utiliza para expresar el encuentro es: «eurekamen»: «¡Lo hemos encontrado!» Es una expresión de alegría, de felicidad.

Encontrar el Señor y vivir con Él es la mayor alegría que podemos experimentar. En Jesús encontramos la salvación porque en Él encontramos el sentido a la vida, en Él hallamos luz y fortaleza, en Él descubrimos la eternidad de nuestra existencia. Hoy Jesús nos vuelve a llamar para que compartamos su vida y seamos sus discípulos.

A esta altura del año, en la que se alternan momentos de trabajo y de descanso, qué importante es que nos planteemos el sentido cotidiano de nuestra vida. Muchas veces volvemos de las vacaciones con mal humor porque hay que retomar la tarea cotidiana. Muchas veces queremos que llegue el fin de semana y la rutina laborable se nos vuelve una pesada carga. Otras veces, hasta el descanso nos agobia. Es cierto que son muchos los inconvenientes que enfrentamos en nuestro diario vivir. También es cierto que todo cambia de color y de ánimo cuando nos damos cuenta que nuestra vida tiene un sentido nuevo cuando todo lo que hacemos, lo hacemos como discípulos del Señor, partícipes de su misión salvadora. Como a Pedro, el Señor nos da un lugar en su reino para que compartamos su misión redentora. En la comunión con Jesús encontramos nuestro lugar en el mundo. El hacerlo todo por amor a Él y a nuestros hermanos cambia el sentido cotidiano de nuestra vida. El esfuerzo del trabajo, los inconvenientes diarios, todo lo que nos toca vivir, se llena de sentido cuando nuestra vida es seguimiento del Señor; desde la certeza absoluta de saber que cuando Él nos invita a seguirlo nos da todo lo necesario para que podamos serle fiel en el  camino que nos traza. 

 

Nos preguntamos: ¿Mantengo con Jesús una relación cotidiana y creciente de amistad? ¿Me descubro llamado por Él a compartir su vida y a ser su discípulo? ¿Voy descubriendo, en el diálogo con Él, cuál es mi misión en el mundo?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                                        Sal 39, 2. 4ab. 7-10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor:
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.

 

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Adoración de los magos-El Bosco

Adoración de los magos. El Bosco

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     (2, 1-12) 

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.»

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,

ciertamente no eres la menor

entre las principales ciudades de Judá,

porque de ti surgirá un jefe

que será el Pastor de mi pueblo, Israel”.»

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje.»

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. 

Palabra del Señor.

 

La fiesta de la Epifanía no se reduce al episodio del encuentro de los tres magos con Jesús. La Epifanía es la celebración de la manifestación de Dios al mundo, es celebrar la alegría de un Dios que, en Jesús de Nazaret, se hace visible a los hombres hasta el extremo de asumir nuestra humanidad. Celebramos al Dios hecho hombre para que los hombres podamos ver y conocer profundamente a Dios.

Tres acontecimientos, referidos a la manifestación de Dios, señala la Iglesia, y recoge la liturgia,  en los inicios de la vida y misión del Señor:

  • El que hoy nos relata el Evangelio: el encuentro y adoración de los magos de oriente.
  • El bautismo de Jesús, que celebraremos el próximo domingo y con el cual finaliza el tiempo de Navidad: el Padre nos lo presenta como su Hijo predilecto.
  • El primer signo, narrado en el Evangelio de Juan: las bodas de Caná, en donde se manifiesta el poder de un Dios de amor salvífico.

Es interesante ver cómo en oriente se comenzó a celebrar la fiesta de la Epifanía, antes que en occidente se estableciera la fiesta de Navidad. Es más, en occidente, en algún momento, tuvo mucha más fuerza esta fiesta de lo que lo tiene ahora. Es que toda la vida de Jesús estuvo marcada por esta dimensión epifánica. Él vino al mundo para manifestar al mundo la misericordia del Padre.

Esta fiesta de la Epifanía está contextualizada por una tradición popular y muy ligada a los niños: los tres “reyes” magos, los camellos, el agua y el pasto para esperarlos, los regalos y hasta los nombres de estos reyes: Melchor, Gaspar y Baltasar. Muchas expresiones del arte, recogen estas tradiciones.

Sin dejar de ver la expresión de fe que subyace en estas costumbres, es importante que nos atengamos al relato bíblico. En el mismo, en ningún momento se habla de que son reyes, no se dicen sus nombres ni del país del que viene, ni cuántos son. Se nos dicen que eran magos de oriente que se presentaron en Jerusalén para adorar al rey de los judíos, movidos por una estrella. Los magos eran estudiosos de la relación de los astros con la vida de los hombres y la naturaleza. Estos magos vienen de un pueblo que no compartía la misma fe que los judíos, no pertenecían al pueblo elegido. Como se trataba de un rey, van a Jerusalén, lugar en donde residía el rey. Ahí se encuentran con este personaje temible de Herodes, un perverso del poder. Cuenta la historia que no dudó en matar a familiares, incluso a alguno de sus hijos, por miedo a que le quitaran su dominio. No era judío pero, con intrigas palaciegas, se hizo nombrar rey de los judíos. Como era de suponer, tenía que eliminar a este otro supuesto rey, del que hablaban los magos, porque podía competir con su poder; por eso, les pide que al regresar le informen dónde se encuentra este posible adversario, poniendo como excusa su deseo de adorarlo. Los magos, inspirados por Dios, toman otro camino de regreso. Esto trae como consecuencia el posterior asesinato de los niños inocentes: la orden fue matar a todo niño que estuviera en el margen de edad del llamado “rey de los judíos”.

Esto evidencia como el apetito desordenado de poder siempre genera muerte. Todos tenemos algún grado de poder, todos tenemos capacidades, habilidades con las que podemos hacer cosas, todos tenemos cierto grado de influencia en la vida de los demás, quizá en algún momento nos toca ejercer lugares de autoridad. La pregunta es cómo ejercemos ese poder. Podemos vivirlo en actitud de servicio o vivirlo en actitud de dominio. San Vicente Pallotti nos recordaba que el espíritu de domino es la peste que enferma la comunidad.

Cuando en el ejercicio del poder buscamos la voluntad de Dios y el bien de nuestros hermanos, cuando nuestro cotidiano vivir está motivado por la búsqueda del bien de los demás, ese poder se torna servicio. Cuando ejercemos el poder de forma autorreferencial, al servicio de una falsa satisfacción de nuestro yo, de nuestra imagen o lugar social, colocándonos en el centro de todo acontecimiento, ese poder se torna dominio.

Cuando damos y nos damos sin demandar compensaciones de ningún tipo, cuando encontramos la alegría en el hecho de amar, ahí el poder es servicio. Cuando buscamos el aplauso, la devolución, el reconocimiento, cuando hacemos el bien sólo al que nos hace bien; ese poder es dominio.

Cuando respetamos la libertad del otro, lo valoramos en sus talentos y capacidades, nos abrimos a la reciprocidad y al trabajo en equipo, a la vida en comunidad, ese poder se expresa en servicio. Cuando nos hacemos dueños de las obras, de las tareas, de los cargos, de las instituciones y nos atornillamos en un puesto o servicio, ese poder se hace dominio.

Cuando valoramos lo que Dios quiere hacer a través nuestro y de nuestros hermanos, cuando agradecemos la obra de Dios, fuente de todo bien, ese poder es servicio. Cuando nos asaltan las envidias, los celos, las falsas competencias, necesariamente caemos en el dominio.

Es interesante ver cómo en ese reino del dominio, generador de muerte, simbolizado en Herodes, Dios interviene y cambia sus planes. Dios siempre interviene, transformando la muerte en vida, llevándonos por caminos de adoración al único Dios. Dios irrumpe en nuestras vidas transformando nuestras egolatrías en caminos de servicio a Dios y a la  humanidad. Con la egolatría no sólo destruimos, nos destruimos. Dios interviene porque quiere que tengamos vida y vida en abundancia.

Nuestro Dios quiere manifestarse a todos los pueblos y naciones, a todo hombre y a toda mujer, a toda realidad cultural. La adoración de los magos de oriente simboliza esa manifestación universal de Dios.

Que permitamos que Dios siempre se manifieste en nuestra vida, para hacer de nuestra vida una vida vivida en el servicio y, por eso, una vida profundamente feliz. Que el Señor intervenga en nuestras vidas y en la vida de nuestros pueblos para llevarnos por caminos de vida y no de muerte.

Una bendecida fiesta de la Epifanía para todos

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

Mc 1, 7-11

Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad.

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido. Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria.

Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades.

Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. 

Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor

Marcos 1,6

COMENTARIO AL EVANGELIO

EL BAUTISMO DEL SEÑOR.

CICLO B

7 de enero de 2018

El Bautismo de Cristo-Verrocchio

El bautismo de Cristo. Verrocchio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos    1, 7-11

Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.» 

Palabra del Señor

 

Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. La liturgia toma tres acontecimientos como la manifestación (la epifanía) del Dios hecho hombre al mundo: la visita de los magos de oriente (Dios se manifiesta a todos los pueblos), el bautismo del Señor (el Padre lo presenta como su hijo amado y el Espíritu Santo desciende sobre Él) y las bodas de Caná (primer signo).

Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado; por eso, el signo del bautismo de agua como ritual penitencial y de purificación. No surgían profetas. Resonaba fuertemente en ellos la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por todo esto es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.

Tratemos de imaginarnos qué experiencia fuerte habrá sido para Jesús. El Padre se dirige a él llamándolo su hijo y diciendo que tiene puesta en Él, toda su predilección; a ninguna otra persona, Dios llamó de esta manera. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación. Es el aliento de Dios que da vida y hace de Jesús un servidor de la vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). De hecho, a partir del bautismo, Jesús inicia su misión profética de anuncio y comienza el camino hacia el momento culminante de la salvación. Tuvo que haber sido para Jesús una vivencia muy fuerte de su filialidad y de la acción del Espíritu Santo en Él.

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.

Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Podemos decir, sin lugar a duda, que por el bautismo estamos en Dios, en la intimidad de la comunión divina y que la divinidad está presente en nosotros para siempre. Nuestra humanidad es divinizada en el bautismo y comienza a participar de la vida divina. Por eso somos bautizados en el nombre de la trinidad. Nosotros también, viviendo en Cristo y participando de la vida trinitaria, podemos llamar a Dios de Abba, término cariñoso que expresa nuestra real filialidad.

El bautismo nos revela un padre que nos ama con amor eterno y nos sostiene en todos los momentos de nuestra vida. Un padre que no excluye a nadie de su amor; no es el padre de un pueblo o de determinado número de personas, es padre de todos. Un padre que nos hace hermanos entre nosotros. Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades.

Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Por el bautismo somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Por el bautismo somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. Jesús, luego de ser bautizado no volvió a su casa de Nazaret ni se quedó con los discípulos de Juan, fue a anunciar el amor del Padre y hacer presente con signos concretos la misericordia de Dios en el mundo.

En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.

Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL                           Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6

R. Sacarán agua con alegría
de las fuentes de la salvación.

Este es el Dios de mi salvación:
yo tengo confianza y no temo,
porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación. R.

Den gracias al Señor,
invoquen su Nombre,
anuncien entre los pueblos sus proezas,
proclamen qué sublime es su Nombre. R.

Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
¡que sea conocido en toda la tierra!
¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R.

 

Un bendecido año nuevo

Junto a nuestros deseos de un bendecido año nuevo, les enviamos el saludo de nuestro Rector General.
Que la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José,  que celebraremos mañana, nos motive a seguir creciendo en comunión y misión.
 

CENTRO DE ESPIRITUALIDAD PALOTINA

Cuba 2981

Misas:
31 de diciembre: fiesta de la Sagrada Familia, misa 11 hs.
1 de enero: Santa María, Madre de Dios. Jornada mundial de la paz, misa 11 hs.
Todos los domingos a las 11 hs.

Saludos Rector General

Queridos hermanos y hermanas,

“Solo a partir del amor la familia puede manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin el amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos”. (Carta del Santo Padre Francisco para el IX Encuentro Mundial de las Familias sobre el tema: “El Evangelio de la Familia: Alegría para el mundo” Dublín, 21-26 de agosto de 2018)

San Vicente Pallotti ha escrito: “Todos aquellos que son y serán miembros de la Congregación de la pía Sociedad (…), imaginándose como si se encontrasen en la Casa de Nazaret haciendo parte de la sagrada Familia del Hombre-Dios, deben comprometerse a vivir con humildad, sumisión y simplicidad como (…) si realmente se encontrasen viviendo con Jesús, María y José (OOCC II, 104). Inspirándonos en nuestro santo Fundador, en la contemplación de la Sagrada Familia, deseo que tengamos estos sentimientos y formas de ser, para que nuestras comunidades sean “pequeñas Nazareth”, ejemplos de vida comunitaria y de viva comprensión.

El nacimiento de Jesús, el Salvador, sea un regalo de Dios para toda la familia palotina y para todas las familias. Que a todos nos conceda un corazón atento, capaz de reconocer los signos de su Reino en la vida de todos nuestros hermanos. Que el Niño Jesus haga de nuestros corazones un pesebre donde nace la luz que ilumina nuestros pasos.

Les deseo una Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo 2018

P. Jacob Nampudakam, SAC
Rector General de la Sociedad del Apostolado Católico. Padres y Hermanos palotinos